Buitres carroñeros: el equipo de limpieza del Serengeti

Los carroñeros del Serengeti devoran un ñu en cuarenta minutos y reducen el riesgo de rabia, cólera y ántrax con sus jugos gástricos. El diclofenaco y el Furadan han empujado al 70% de sus especies africanas hacia la extinción.

Al anochecer el ñu está sentenciado a muerte. Enfermo o herido, se ha distanciado varios kilómetros de su manada en la llanura del Serengeti, en Tanzania. Cuando amanece, aparece muerto en medio de una turbamulta de buitres: una cuarentena de aves que pugna por acceder a sus entrañas. Algunas aguardan con paciencia, los ojos clavados en la presa. La mayoría se mide en un combate de gladiadores. Las garras prestas, se engallan y cargan, atacan y sortean al enemigo. Uno se abalanza sobre otro, monta a su rival, que se sacude y se empina. El grupo se separa y se apiña en un mar de ondulantes pescuezos pardinegros, de picos que apuñalan y alas que restallan.

Del cielo desciende un flujo incesante de nuevos comensales, cabizbajos, agitados, atropellados en su ansia por sumarse al tumulto. ¿Por qué tanta competencia por unos despojos de tamaño considerable? La explicación es sencilla: el ñu tiene la piel gruesa y no ha sucumbido en las fauces de un carnívoro, de modo que su cuerpo no presenta una abertura suficiente para ofrecer un banquete multitudinario. Los buitres más aguerridos compiten en feroz combate por acceder a él. En medio de los graznidos y cacareos, un buitre dorsiblanco africano hunde la cabeza en la cuenca ocular del ñu y, valiéndose de su lengua acanalada, sorbe con gula todo cuanto puede antes de que le disputen el puesto en la mesa. Otro dorsiblanco se introduce en una fosa nasal mientras un buitre moteado ataca por el extremo contrario.

La escena, registrada por el fotógrafo Charlie Hamilton James en el Parque Nacional del Serengeti, condensa la paradoja que envuelve a estas aves. Su voracidad aparente esconde un servicio ecosistémico tan eficaz como silencioso: la limpieza y el reciclaje rápido de los animales muertos. Los buitres no son simples carroñeros ocasionales, sino el equipo de limpieza del Serengeti, una pieza que evita la propagación de enfermedades y mantiene el equilibrio de la sabana africana.

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Un festín de proporciones desmesuradas

El amanecer en la llanura revela la magnitud de la competencia. Cuarenta aves voraces se disputan cinco orificios del tamaño de una pelota de golf. En el aire vuelan gotas de sangre y de moco; penden vísceras de los picos; dos aves se enzarzan en un tira y afloja con tres metros de intestino bañado en tierra y heces. Un buitre moteado se apropia de una cebra muerta mientras otros miembros de su especie y buitres dorsiblancos africanos se acercan para sacar tajada. En unos minutos pueden dejar limpio el esqueleto.

La jerarquía del banquete responde a la anatomía. Dos buitres orejudos pasan a la acción. Estos animales superan el metro de estatura y rondan los tres metros de envergadura. Los nidos que arman en las copas de los árboles alcanzan el tamaño de una cama de matrimonio extragrande. Su rostro es de color rosa, tienen el pico grande y muy arqueado, y un musculoso cuello cubierto de piel rosada y arrugada, orlado por una aparatosa gorguera parda. Mientras uno agujerea un hombro del ñu, el otro escarba en las interioridades de un seno nasal. Rasgan pieles y nervios. Un buitre dorsiblanco introduce entonces la cabeza en la garganta del ñu y arranca veinte centímetros de tráquea. Antes de empezar a degustarla, un marabú africano de 1,20 metros de alto, que llevaba un rato acechando con disimulo, se la arrebata de repente y la engulle de golpe.

Gracias a la labor de los buitres orejudos, que prefieren el tendón al músculo, el ñu queda abierto de par en par. A medida que la presa desaparece, el círculo de aves saciadas que reposan en la hierba baja se expande. Con el buche abultado, los buitres apoyan la cabeza sobre las alas plegadas y cierran las membranas nictitantes. Cesa el ruido, cesa la furia. Con la placidez de los patos de un parque urbano, descansan reconciliados con el mundo.

El ave más denostada del planeta

El buitre quizá sea el ave más denostada del planeta, una metáfora viviente de avidez y voracidad. En el diario que Charles Darwin redactó a bordo del Beagle en 1835, el naturalista calificaba a los buitres de aves «repugnantes» cuyas cabezas peladas «se formaron para ahondar en la putridez». Entre sus múltiples adaptaciones se cuenta la capacidad de vomitar el contenido íntegro de su estómago cuando se ven amenazados, para levantar así el vuelo con más celeridad.

Sin embargo, la biología desmiente la caricatura. Los buitres son amantes y luchadores. Probablemente se emparejan para toda la vida, que en estado salvaje puede prolongarse treinta años, y son atentos con su consorte. Nunca, o casi nunca, matan otros animales. Es probable que sean monógamos y consta que comparten con la pareja los cuidados de la prole. Holgazanean y se remojan en grandes grupos bien avenidos. Y lo más importante, desempeñan en sus ecosistemas un servicio crucial y nunca bien valorado: la limpieza y el reciclaje rápido de los animales muertos.

Las cifras dan la medida de su eficiencia. Se calcula que los buitres que habitan o pasan temporadas en el ecosistema del Serengeti durante la migración anual, en la cual 1,3 millones de ñúes azules se desplazan entre Kenia y Tanzania, han consumido históricamente más carne que todos los mamíferos carnívoros del Serengeti en su conjunto. Un buitre puede engullir un kilo de carne en un minuto; un grupo numeroso liquida una cebra de cabo a rabo en media hora. Sin ellos, los cadáveres tardarían más en desaparecer, con la consiguiente proliferación de insectos y la propagación de enfermedades entre humanos, ganado y otros animales salvajes.

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El vuelo como ventaja estratégica

Los territorios de alimentación de los carnívoros terrestres, como chacales y hienas, son limitados. Desde el aire, los buitres disfrutan de unas vistas mucho mejores del menú del día: pueden avistar un cadáver a 35 kilómetros de distancia. Esa visión excepcional convierte a las aves carroñeras en detectoras tempranas de carroña. Llegan antes, otean más y cubren un territorio que ningún depredador terrestre podría patrullar.

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Esa eficacia aérea explica por qué su declive tiene consecuencias en cadena. Las aves carroñeras no solo retiran los cadáveres: los neutralizan. Sus jugos gástricos tienen acidez suficiente para neutralizar la rabia, el cólera y el ántrax. Cuando desaparecen, el trabajo sanitario queda sin dueño y la carroña permanece más tiempo en el paisaje, alimentando a otros vectores de enfermedad.

La idea de que un animal con semejante arsenal digestivo pueda caer ante un compuesto granulado diseñado para matar gusanos constituye una de las ironías más crudas de su declive. Darcy Ogada, directora adjunta de los programas africanos del Peregrine Fund, no se había parado a pensar en el Furadan hasta que en 2007 empezó a recibir correos de colegas que advertían sobre envenenamientos de leones. «La noticia no cayó muy bien», explica. El turismo es la segunda fuente de divisas de Kenia y los leones son el mayor atractivo del país.

La paradoja de la conservación

En un día soleado de marzo, Ogada viaja con su colega Munir Virani por la región keniana de Masai Mara. Virani no está allí para estudiar las aves, sino para hablar con los pastores acerca de sus vacas. Se ha comprobado que la cría de ganado es esencial para el bienestar de los buitres. Sin embargo, los masai han arrendado sus tierras, que bordean la sección norte de la Reserva Nacional Masai Mara, a organizaciones conservacionistas cuyo fin es proteger la fauna salvaje mediante la prohibición de la presencia de pastores y sus rebaños.

Algunos masai alegan que con esa práctica han atraído más leones y otros carnívoros a la zona. Las áreas de conservación son contiguas y carecen de vallas. Entre tanto, las poblaciones de ñúes y otros ungulados del ecosistema del Mara afrontan problemas como el furtivismo, las sequías prolongadas y la roturación y urbanización de la sabana. Los buitres lo tienen difícil, pero aún hay más.

Virani pregunta a cada masai que encuentra si últimamente ha perdido alguna cabeza de ganado en las fauces de algún depredador. La respuesta es siempre: «Sí, y mis vecinos también». Los leones suelen atacar de noche, cuando el ganado está cerrado en bomas, corrales vallados con arbustos espinosos. Los leones rugen, el ganado aterrorizado sale en estampida llevándose por delante la puerta de la boma, y la manada se dispersa. Los perros ladran para alertar a los dueños, pero para entonces suele ser demasiado tarde.

Quedarse sin una vaca significa perder 30.000 chelines kenianos, unos 270 euros, un perjuicio notable para unas familias que utilizan el ganado como moneda de cambio. Un toro puede llegar a valer 100.000 chelines. El siguiente paso es la toma de represalias: los hombres atan a los perros, recuperan lo que quede de la presa del león y la rocían con un genérico de Furadan, un pesticida rápido y barato que se encuentra fácilmente en la venta clandestina. El león regresa al lugar donde dejó la presa, casi siempre con su familia, y sucumbe entonces la manada entera. Los investigadores calculan que Kenia pierde un centenar de leones al año en estos conflictos. En el país quedan unos 1.600.

Es inevitable que los buitres también se acerquen a los despojos, y eso cuando no se comen directamente los propios leones envenenados. Por una vía o por otra, estas aves, que pueden alimentarse en grupos de más de cien individuos, también mueren en pleno.

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Una biología lenta frente a una mortandad veloz

Cuando los científicos empezaron a estudiar el fenómeno, calcularon que el 61 % de las muertes de buitres en África se debe a envenenamientos. La amenaza antropogénica se ve agravada por la propia biología reproductiva del buitre: no alcanza la madurez sexual hasta los cinco o siete años, produce un solo pollo cada uno o dos años y el 90 % de las crías muere antes de cumplir su primer año de vida. Con semejante ritmo, cualquier perturbación sostenida se convierte en un camino directo hacia el colapso demográfico.

Las proyecciones son sombrías. Se prevé que en las próximas cinco décadas el número de buitres en el continente africano descienda entre un 70 y un 97 %. África ya ha perdido una de sus once especies de buitre, el buitre negro, y otras siete figuran en la lista de especies en peligro o en peligro crítico. Algunas, como el buitre orejudo, apenas existen fuera de las áreas protegidas, y otras, como el alimoche común y el quebrantahuesos, están al borde de la extinción.

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Los buitres y otras aves carroñeras «constituyen el grupo funcional de aves más amenazado del mundo».

El efecto dominó en la India

El panorama ha sido peor en otros lugares. En la India, la población de los buitres más comunes, el dorsiblanco bengalí, el indio y el picofino, disminuyó en más de un 96 % en tan solo un decenio. En 2003, investigadores del Peregrine Fund relacionaron sin asomo de duda esa mortandad con la administración al ganado de un antiinflamatorio llamado diclofenaco. Prescrito en principio como fármaco humano para la artritis y otras dolencias, en 1993 se aprobó su uso veterinario. A los buitres, el diclofenaco les causa un fallo renal: en las autopsias, los riñones aparecen recubiertos de cristales blancos.

Esa elevada mortandad llamó la atención por lo sorprendente de sus repercusiones encadenadas. La India es uno de los países con mayor número de cabezas de ganado del mundo, pero la mayoría de los indios no come carne de vaca. Cuando millones de buitres perecieron por envenenamiento, empezó a acumularse ganado muerto. A continuación aumentó en siete millones el número de perros, que ya no tenían que disputarse la carroña con los buitres, hasta alcanzar veintinueve millones de animales en once años. La consecuencia fue de unos 38,5 millones de mordeduras de perro más que antes. La población de ratas se disparó. Las muertes por rabia registraron un incremento drástico.

El caso indio funciona como advertencia planetaria. La desaparición de un eslabón carroñero aparentemente menor transformó la sanidad pública de todo un país en menos de una década. Los buitres, denostados por su aspecto y su oficio, sostenían en silencio una barrera sanitaria que solo se hizo visible cuando cayó.

El futuro de la carroña

Queda la duda de si el equilibrio de la sabana africana resistirá. Los buitres han sobrevivido a la caricatura y al desprecio. Han demostrado que su papel no es marginal, sino estructural. La lección del Serengeti, con su turbamulta de pescuezos pardinegros y su festín de despojos, es que la fealdad aparente puede ser la más fina maquinaria de saneamiento que existe en la naturaleza.

Mientras los ejemplares saciados reposan en la hierba con la placidez de los patos de un parque urbano, el ciclo recomienza. Del cielo desciende un flujo incesante de nuevos comensales. La sabana los recibe sin preguntar su reputación. Y ellos, a su manera, la mantienen limpia.

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