Hay espectáculos que pretenden contar una historia y otros que prefieren abrir una puerta. Conversaciones con mi mente, escrita y dirigida por Joaquín Caserza, pertenece a esa segunda categoría. En el Teatro Alcázar de Madrid, el escenario se convierte en un territorio mental donde las dudas, los miedos, la ansiedad y esas voces que uno suele escuchar cuando nadie mira adquieren una dimensión teatral.
La idea de partida es tan sencilla como complicada de llevar a escena: hablar con la propia mente. Caserza no necesita construir una trama convencional para hacerlo. Se coloca frente al público y empieza a dialogar con aquello que sucede dentro de su cabeza. La propuesta se mueve entre el monólogo, la comedia y una suerte de confesión escénica que busca que el espectador termine reconociendo sus propias contradicciones.
El planteamiento tiene algo de riesgo. Hablar durante más de una hora sobre pensamientos, emociones y conflictos interiores puede conducir fácilmente al discurso motivacional o a una sucesión de reflexiones previsibles. Caserza intenta escapar de esa trampa mediante el humor. Y ahí está, precisamente, la clave de la función: convertir lo incómodo en material cómico sin vaciarlo de significado.
El escenario como cabeza
La primera impresión que produce el espectáculo es la de estar entrando literalmente en la cabeza del protagonista. No hay una gran maquinaria escénica que pretenda impresionar al público. La puesta en escena se apoya fundamentalmente en la presencia de Caserza y en los recursos audiovisuales que acompañan la narración.
Esa austeridad tiene una consecuencia positiva: obliga a mirar al intérprete. Todo depende de Joaquín Caserza, de su capacidad para mantener el ritmo, modificar registros y hacer comprensible que las diferentes voces que aparecen pertenecen, en realidad, a una misma persona.
El recurso podría resultar repetitivo si se limitara a poner voz a pensamientos, pero la interpretación física permite ampliar el juego. El cuerpo participa en la conversación y ayuda a diferenciar esas distintas partes de la personalidad que el espectáculo coloca frente a frente.
Es ahí donde la función adquiere mayor dimensión teatral. Cuando Caserza deja de explicar y empieza a interpretar, cuando el pensamiento se transforma en acción, la obra encuentra su mejor versión. El espectador deja de asistir a una charla sobre la mente y empieza a contemplar un conflicto escénico.
No obstante, esa misma fórmula plantea uno de los principales problemas de la propuesta. Cuando el texto se apoya demasiado en la explicación, el espectáculo pierde parte de la tensión que consigue cuando la mente se convierte en personaje. La diferencia entre ambos momentos es importante: en los mejores pasajes se ve teatro; en los más débiles, se percibe demasiado el discurso que sostiene la obra.

Humor para hablar de lo que normalmente no se cuenta
Caserza ha elegido un territorio especialmente delicado. La salud mental se ha convertido en uno de los grandes asuntos de conversación de los últimos años, pero trasladarla a la comedia implica evitar tanto la banalización como el exceso de solemnidad.
La obra encuentra un punto intermedio razonable. No pretende dar una clase de psicología ni presentarse como una terapia colectiva. Tampoco parece interesada en ofrecer al espectador una receta para solucionar sus problemas. Su apuesta consiste en algo bastante más teatral: reírse de las contradicciones que acompañan a la vida cotidiana.
La ansiedad aparece entonces no como un concepto abstracto, sino como esa voz que anticipa continuamente lo que podría salir mal. El miedo funciona de manera parecida. El cuerpo tiene también sus propias exigencias y la mente, lejos de comportarse como una herramienta perfectamente racional, puede convertirse en el mayor generador de problemas.
El público reconoce esas situaciones porque forman parte de una experiencia común. Y ahí la comedia funciona. No necesariamente porque cada situación sea extraordinariamente ingeniosa, sino porque existe una identificación inmediata con aquello que se está representando.
Ese es uno de los hallazgos de Conversaciones con mi mente: comprender que determinadas situaciones que vivimos en soledad pueden resultar sorprendentemente cómicas cuando alguien las coloca bajo un foco.
Pero la función no mantiene siempre la misma intensidad. El mecanismo pierde eficacia cuando la reflexión se vuelve demasiado evidente o cuando el espectáculo parece necesitar explicar al público aquello que ya ha conseguido mostrar. La obra es más potente cuando confía en el teatro que cuando confía en el mensaje.
Una función que pide al espectador que se mire
La relación con el público constituye finalmente el elemento más interesante de la propuesta. Porque Caserza empieza hablando de sí mismo, pero la conversación termina desplazándose hacia quienes ocupan las butacas.
Ese desplazamiento es gradual. Primero se observa al intérprete enfrentándose a sus propios pensamientos. Después empiezan a aparecer situaciones reconocibles. Y finalmente surge una pregunta que ya no pertenece únicamente al personaje: ¿cuánto tiempo pasamos realmente hablando con nosotros mismos?
El mérito de Caserza está en no intentar responderla por el espectador.
La obra no ofrece una moraleja definitiva ni necesita hacerlo. Su interés está precisamente en abrir esa conversación. El teatro funciona aquí como un espacio de reconocimiento: lo que normalmente sucede en silencio aparece delante de otras personas y, al hacerse visible, pierde parte de su carácter extraño.
Hay momentos en los que esa cercanía se convierte en una virtud evidente. Otros, sin embargo, acusan cierta irregularidad en el ritmo. El formato exige mucho del intérprete y también del texto, porque mantener la atención únicamente a través de un conflicto interior obliga a que cada transición tenga suficiente fuerza. Cuando esa energía disminuye, la función puede sentirse más larga de lo necesario.
Pero sería injusto reducir el espectáculo a esos altibajos. Conversaciones con mi mente tiene personalidad propia y, sobre todo, una voluntad clara de no esconderse detrás de una puesta en escena espectacular. Caserza se expone y convierte esa exposición en materia dramática.
La función termina dejando una paradoja interesante. Uno entra en el Teatro Alcázar para escuchar las conversaciones de otra persona con su propia mente y acaba encontrándose con las suyas. El escenario ha servido de espejo, aunque no siempre resulte cómodo mirarse en él.
Quizá ahí esté la verdadera razón de ser de la propuesta. No se trata de aprender a controlar la mente, sino de escucharla durante un rato desde fuera. Joaquín Caserza utiliza la comedia para conseguirlo y encuentra en la risa una vía de acceso a asuntos que normalmente se abordan con demasiada gravedad.
El resultado no es una obra perfecta ni pretende serlo. Tiene momentos de notable eficacia teatral y otros en los que el discurso pesa más que la representación. Pero cuando consigue que el pensamiento se convierta en personaje y que el público reconozca en él sus propias obsesiones, el espectáculo encuentra una conexión genuina con la sala.
Y entonces ocurre algo que el buen teatro conoce bien: durante unos minutos deja de importar quién está hablando. Ya no es Caserza quien conversa con su mente. Somos nosotros los que estamos escuchando la nuestra. Hasta mediados de septiembre pueden ver alguna de sus funciones en el Alcázar.



