3 alimentos que estás guardando mal con este calor

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Con el termómetro disparado, la tentación de meterlo todo en la nevera es casi automática. Pero el frío no es sinónimo de conservación: muchos alimentos empeoran o se estropean antes si los guardamos mal. Esta lista recoge los errores más habituales que cometemos en la cocina cuando aprieta el calor, esos gestos que creemos correctos y que, sin embargo, aceleran la pérdida de sabor, textura o incluso durabilidad. Cada entrada explica qué ocurre y dónde debe ir realmente cada alimento, para que el calor no haga de las suyas. El criterio no es la tradición, sino lo que dice la física y la química de cada producto.

La selección no sigue un orden de importancia, sino que agrupa productos de uso diario que sufren especialmente con las altas temperaturas. La base es la conservación práctica, para separar los mitos de las evidencias: no todo lo que parece lógico es correcto. La nevera no siempre es la solución: algunos alimentos empeoran dentro de ella. El objetivo es que aproveches mejor la despensa, la nevera y la encimera, y que evites tirar comida que podías haber conservado en perfectas condiciones. Y no se trata de normas rígidas, sino de sentido común aplicado a la cocina, porque con el calor cada decisión de almacenaje cuenta.

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El aceite de oliva junto al fuego se enrancia con el calor

two empty clear rocks glasses
Foto de Juan Gomez en Unsplash

Tener la botella de aceite de oliva al lado de la vitrocerámica o de los fogones es de los gestos más habituales en una cocina española y, a la vez, uno de los que más daño hace al producto. El calor es, según las directrices del Consejo Oleícola Internacional, la segunda mayor amenaza para el aceite, solo por detrás de la luz: la temperatura recomendada para conservarlo está entre 13 y 25 ºC, un rango que se supera con facilidad en la encimera cada vez que se enciende el fuego. Ese golpe de calor repetido acelera la oxidación de los ácidos grasos, un proceso acumulativo e irreversible que genera radicales y compuestos que terminan enranciando el aceite. El primer síntoma se detecta con la nariz: aparecen moléculas volátiles que huelen a rancio, a pintura o a frutos secos pasados, y algunos de esos productos de oxidación pueden resultar tóxicos.

Lo que hace especialmente injustificable este error es que el enranciamiento destruye justo lo que pagamos en el aceite. El virgen extra debe su resistencia a la oxidación al ácido oleico, que representa entre el 55 % y el 83 % de su composición, y a los polifenoles y tocoferoles, antioxidantes naturales que el calor degrada sin retorno. Cuando la botella convive con el fuego, pierde esos compuestos beneficiosos, su aroma y su sabor, y no hay manera de revertirlo: un aceite rancio no se recupera. Las recomendaciones pasan por apartarlo de radiadores, hornos, ventanas y quemadores, guardarlo en un armario fresco y oscuro, bien cerrado y en envase opaco, y consumirlo en un plazo de uno a tres meses desde que se abre, porque, a diferencia del vino, el aceite no gana con los años, solo se deteriora. Un simple cambio de sitio, de la encimera a la despensa, alarga la vida del producto y conserva intactas sus cualidades.

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