Dominamos el fuego, pero los incendios deshacen el mundo

Los megaincendios forestales y la quema de combustibles fósiles están desestabilizando el clima y la salud humana. La relación con el fuego, que nos hizo humanos, amenaza ahora con deshacer el mundo que construyó.

Hay quien recuerda el fuego como un amigo de la infancia, el cómplice de las noches estrelladas junto al lago y de las chimeneas donde se quemaban árboles de Navidad resecos. Las hogueras de la playa, construidas con madera a la deriva, proyectaban una luz anaranjada y un calor impredecible; el chisporroteo de las pinochas y el olor a carbón dulzón de las praderas quemadas en primavera forman parte de la memoria sensorial de toda una generación. El fuego era reunión, celebración, vínculo. Pero también era el rostro opuesto: el incendio que devoraba casas, las llamaradas de una sartén en la cocina, el humo letal que obligaba a arrastrarse por el suelo para escapar. Esa dualidad —el fuego que calienta y el que destruye— ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes, y nunca ha sido tan peligrosa como ahora.

En 2023, Canadá vivió su peor temporada de incendios forestales desde que existen registros. Más de 18,4 millones de hectáreas ardieron —una superficie ligeramente superior a la de Dakota del Norte— en más de seis mil fuegos que se propagaron durante la primavera y el verano, alimentados por un año inusualmente cálido y seco. Rayos y tormentas eléctricas encendieron las pavesas en lugares remotos de Columbia Británica, Quebec y el Yukón, y lo que al principio parecían columnas de humo lejanas se convirtió en una nube tóxica que viajó sin pasaporte hacia el sur.

El cielo de Nueva York se tiñó de un apocalíptico color naranja. En la región de los Grandes Lagos, las imágenes por satélite mostraban una niebla gris tan densa que apenas dejaba adivinar la silueta del lago Michigan. Durante un día de junio, los titulares proclamaron que Chicago tenía «la peor calidad del aire de cualquier gran ciudad del mundo». Las autoridades recomendaron a la población no salir de casa o protegerse con mascarillas N95. La contaminación por partículas finas (PM2,5) superó en 17,3 veces los límites que fija la Organización Mundial de la Salud. Un estudio publicado en la revista Nature estimó que aquellos incendios causaron 5.400 muertes agudas y 64.000 muertes prematuras en todo Norteamérica.

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Pero la crisis no se limitó a esos meses de humareda. El condado de Cook, que engloba Chicago y numerosos suburbios, llevaba años incumpliendo las normas de calidad del aire de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), con niveles particularmente altos de ozono y contaminación por partículas. La contaminación procedente del tráfico y de la actividad industrial ya era responsable del 5 % de las muertes prematuras en la ciudad, según un estudio de 2020. En otras palabras: el humo de los incendios solo añadió una capa súbita y visible a un problema crónico e invisible.

El investigador del fuego Stephen J. Pyne acuñó el término «piroceno» para describir esta era de megaincendios y cambio climático provocado por los combustibles fósiles. Pyne, que a los dieciocho años trabajó en una brigada contra incendios en el Parque Nacional del Gran Cañón y ha dedicado toda su carrera a estudiar los regímenes ígneos del planeta, distingue tres fuegos en la historia de la Tierra. Los explica con una analogía cinematográfica: «Esto es la versión geológica de Jurassic Park —dice—. Has extraído algo del tiempo profundo, de hace decenas de millones de años, y lo has traído al presente y lo has liberado. Y no tiene adónde ir; no pertenece a este lugar. No es solo energía de quemar combustibles fósiles, sino toda la biomasa, los petroquímicos, los plásticos, el alquitrán, el asfalto».

Los tres fuegos del mundo

El primer fuego, explica Pyne, es el de la naturaleza: el que desatan los rayos, los volcanes o incluso el roce de las rocas al desprenderse. El segundo fuego es el que los seres humanos aprendieron a manejar hace cientos de miles de años, para cocinar, para calentarse y para transformar el paisaje. El tercer fuego procede de los paisajes líticos, del carbón, el petróleo y el gas que permanecieron enterrados durante eones hasta que la Humanidad aprendió a liberar su poder bruto sin comprender del todo las consecuencias.

El carbón vegetal fósil más antiguo conocido data de hace unos 420 millones de años, poco después —en tiempo geológico— de la aparición de las primeras plantas terrestres. Desde entonces, los ecosistemas han evolucionado con el fuego igual que otros lo han hecho con la lluvia. Algunas especies, como el pino torcido o los eucaliptos, son pirófitas: necesitan el fuego para que sus piñas resinosas liberen las semillas. En las zonas propensas a las llamas de Sudáfrica, el humo puede desencadenar la germinación de ciertas plantas. Varias especies de alerce siberiano dependen del fuego para abrir el terreno a los plantones y frenar el crecimiento de las coníferas perennes. El fuego destruye, pero también genera: elimina plagas, resetea el tablero ecológico y fertiliza el suelo con ceniza.

Es probable que los primeros homininos observaran esta doble naturaleza y establecieran la conexión entre el calor, la luz y la posibilidad de convertir aquellas lenguas anaranjadas en una herramienta. Los arqueólogos sospechan que hace 1,7 millones de años, cuando Homo erectus se expandió más allá de África, ya existía algún conocimiento del fuego. Sus dientes, más pequeños que los de sus antepasados, sugieren una dieta de alimentos cocinados; la carne y los tubérculos resultan más fáciles de digerir y más densos en calorías cuando pasan por las brasas. Hace alrededor de un millón de años, los homininos ya utilizaban el fuego dentro de cuevas, lo que indica que no se limitaban a esperar a que un rayo encendiese el paisaje: habían aprendido a transportarlo.

La cueva que ardió durante doscientos mil años

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La cueva de Qesem, en el actual Israel, es uno de los mejores ejemplos de esta domesticación primigenia. A partir de hace 420.000 años y durante más de doscientos milenios, el fuego estuvo presente en ese lugar de forma ininterrumpida. Huesos chamuscados, herramientas de carnicería y restos microscópicos de carbón vegetal en dientes fosilizados atestiguan hasta qué punto las llamas se usaban para cocinar carne. Pyne sostiene que el fuego podría considerarse el primer acto de domesticación de la humanidad, una relación simbiótica anterior a la ganadería o a la agricultura.

Pero domesticar no consiste solo en amansar lo salvaje. La palabra también alude a la vida doméstica, a aquello que compartimos con la familia, los amigos o cualquier grupo social elegido. El fuego nos ayudó a evolucionar y a sobrevivir como especie, pero quizá fue igual de importante la práctica del cuidado mutuo: por los jóvenes, por los ancianos y por los enfermos.

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Los yacimientos arrojan pruebas de que, lejos del tópico de una vida prehistórica regida por la ley del más fuerte, existía un fuerte tejido de apoyo a los discapacitados. Los restos de una niña neandertal hallados en la cueva de Shanidar (Irak) muestran una grave deformación del oído interno, probablemente provocada por el síndrome de Down, que le habría causado una pérdida auditiva significativa y problemas de equilibrio. Sin embargo, aquella niña vivió más de seis años, algo que difícilmente habría sido posible sin el sostén de la madre y de otros miembros del grupo. En otro enterramiento, datado hace unos once mil años, los investigadores encontraron a un Homo sapiens con acondroplasia, una forma de enanismo que limitaba la movilidad de los codos. Pese a esas dificultades, el individuo alcanzó los diecisiete años y recibió un tratamiento funerario especial, con inhumación en una cueva destacada. Y en el norte de Vietnam, hace unos cuatro mil años, un joven aquejado de una parálisis severa que le impedía caminar sobrevivió más de una década gracias a los cuidados de su comunidad antes de fallecer en torno a los veinte años.

La tercera llama y las enfermedades crónicas

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Esa misma lógica del cuidado colectivo es la que sostiene hoy a millones de personas que conviven con enfermedades crónicas, una realidad que la narrativa de los grandes números ambientales tiende a ocultar. Quien padece una dolencia respiratoria, una patología autoinmune o una discapacidad permanente sabe que la calidad del aire no es una estadística abstracta: cada pico de contaminación puede desencadenar una crisis. En el condado de Cook, y en muchas otras regiones del mundo, las comunidades más vulnerables —las que acumulan menos recursos para protegerse— soportan el peso desproporcionado de las emisiones industriales y del tráfico. El cambio climático, al disparar la frecuencia e intensidad de los incendios, multiplica esa carga.

La combustión de los paisajes líticos del tercer fuego no solo calienta el planeta: libera partículas finas, óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles que irritan las vías respiratorias, atraviesan las membranas pulmonares y llegan al torrente sanguíneo. Los estudios epidemiológicos asocian estos contaminantes con un mayor riesgo de asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, cardiopatías y algunos tipos de cáncer. Las llamas de los pozos de petróleo y las calderas de carbón funcionan según la misma química que los incendios forestales, solo que su humo es menos espectacular, más constante y, por ello, más insidioso.

Mientras las imágenes de cielos rojos se convierten en virales, la contaminación de fondo sigue su marcha silenciosa. Según la Asociación Estadounidense del Pulmón, más de 156 millones de personas en Estados Unidos viven en lugares que reciben una calificación de «suspenso» en al menos un indicador de calidad del aire. La cifra ayuda a dimensionar el problema: no se trata de un fenómeno puntual ni de una amenaza que afecte solo a quienes residen cerca de las llamas. Como recordó el humo canadiense de 2023, la atmósfera es compartida y las partículas no entienden de fronteras.

Volver a mirar el fuego

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Durante milenios, los pueblos indígenas de todo el mundo practicaron quemas controladas para regenerar pastos, despejar el sotobosque y reducir el combustible que alimenta los grandes incendios. Aquellas técnicas, que Pyne ha estudiado en los cinco continentes, representan un tipo de relación con el fuego opuesto al olvido del tercer fuego. «El fuego —dice el investigador— podría considerarse el primer acto de domesticación de la humanidad». Pero se trata de una domesticación que exige presencia, conocimiento y cuidado constantes, no la despreocupación industrial de excavar y quemar sin medir las consecuencias.

El reto actual no es erradicar el fuego —sería imposible— sino volver a domesticarlo en un mundo donde los combustibles fósiles han desatado una fuerza que los antiguos hogares de las cavernas nunca pudieron soñar. Cada vez que encendemos un motor de combustión interna o que el gas natural calienta un hogar, estamos reproduciendo, a escala masiva, la misma reacción química que aquellos homininos aprendieron a controlar en Qesem. La diferencia es que ahora no hay una cueva que confine el humo.

El investigador Pyne emplea otra metáfora inquietante: al quemar los depósitos de carbono del tiempo profundo, la Humanidad está creando una atmósfera que ningún ser vivo ha respirado jamás. Las consecuencias se miden en grados de temperatura, en hectáreas calcinadas y en vidas humanas, pero también en esa sensación de que el mundo se deshace entre los dedos. Sin embargo, la historia más larga del fuego —la del segundo fuego, la del calor compartido y la comida cocinada— encierra una lección de esperanza. La misma especie que aprendió a alimentar una llama para protegerse del frío aprendió también a cuidar de una niña con síndrome de Down hace más de cuarenta mil años, a enterrar con honor a un joven que no podía caminar y a mantener encendida la hoguera durante doscientos milenios sin extinguirla.

Quizá por eso, cuando los cielos se tiñen de naranja y las alertas de calidad del aire saltan en los teléfonos móviles, el instinto no sea solo huir, sino preguntarse cómo volver a reunirse alrededor de un fuego que no devore el futuro.