Existe una mutación genética que hace inmunes al dolor a algunas personas: esto han descubierto en Granada

Un grupo de científicos, con participación de la Universidad de Granada, ha señalado el mecanismo genético exacto que explica por qué unas personas casi no sienten dolor físico. El hallazgo abre la puerta a analgésicos más seguros y sin riesgo de adicción.

El dolor no pesa igual para todos, y no es una cuestión de aguante ni de carácter. Detrás de esa diferencia hay un interruptor genético muy concreto, y la ciencia española ha ayudado a identificarlo con precisión.

Se llama Nav1.7, un canal de la membrana de las neuronas que decide si una señal dolorosa llega o no llega al cerebro. Cuando falla, el dolor simplemente desaparece, y ese fallo, lejos de ser una curiosidad médica, se ha convertido en una de las pistas más prometedoras contra el dolor crónico.

El gen que apaga el dolor

Todo empezó con un grupo reducido de personas que nunca habían sentido dolor físico. Ni fracturas, ni quemaduras, ni el pinchazo de una aguja les provocaban la más mínima molestia, y esa singularidad llevó a los investigadores hasta el gen SCN9A, responsable de fabricar el canal Nav1.7. Cuando ese gen presenta determinadas mutaciones, el canal deja de funcionar y las señales de dolor nunca llegan a formarse.

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La investigación, en la que ha participado la Universidad de Granada junto a centros internacionales, ha profundizado en cómo actúa este canal en los nociceptores, las neuronas encargadas de detectar daño físico. Ahí es donde reside la clave: no es que estas personas no perciban las cosas, es que su sistema nervioso jamás traduce el golpe en sufrimiento.

Por qué este hallazgo importa tanto ahora

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El dolor físico es, para la inmensa mayoría, una señal de alarma útil, pero para millones de pacientes con dolor crónico se convierte en una condena diaria sin solución clara. Ahí es donde entra el Nav1.7: si se puede bloquear ese canal de forma selectiva, en teoría se podría apagar el dolor sin tocar el resto del sistema nervioso.

Es exactamente lo que persigue la industria farmacéutica desde hace más de una década, y el motivo por el que este canal se ha convertido en uno de los objetivos más codiciados en el desarrollo de nuevos analgésicos. La promesa no es menor: fármacos eficaces que no generen dependencia, algo que los opioides actuales no pueden garantizar.

De la genética rara a la sala de urgencias

Durante años, casos como estos se estudiaron como rarezas clínicas aisladas, casi anecdóticas. Hoy son la base de una nueva generación de tratamientos que ya no busca simplemente "apagar" el dolor de forma general, sino imitar farmacológicamente lo que ocurre de forma natural en estas personas.

El reto no es sencillo: existen nueve canales de sodio distintos en el cuerpo humano, y muchos se parecen entre sí lo suficiente como para que un fármaco poco selectivo termine afectando al corazón o al cerebro. Encontrar la molécula que bloquee solo Nav1.7 es, en la práctica, buscar una llave que encaje en una sola cerradura entre nueve casi idénticas.

Qué se sabe ya y qué queda por resolver

Los avances no son solo teóricos. En los últimos años ha llegado a aprobarse el primer analgésico no opioide dirigido a estos canales de sodio, un hito que durante décadas pareció inalcanzable. No sustituye todavía a los opioides en todos los escenarios, pero marca un cambio de paradigma en cómo se aborda el dolor agudo y postoperatorio.

Quedan preguntas abiertas sobre eficacia a largo plazo y sobre qué tipos de dolor responden mejor a esta estrategia. Aun así, el mapa genético del dolor ya no es un misterio total, y cada mutación identificada suma una pieza más al rompecabezas.

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Los cuatro genes que más influyen en cómo sentimos dolor

  • SCN9A: codifica el canal Nav1.7, protagonista de este hallazgo.
  • OPRM1: regula el receptor principal de los opioides en el cuerpo.
  • COMT: influye en cómo se procesa el dolor crónico a nivel cerebral.
  • SCN11A: relacionado con formas específicas de insensibilidad hereditaria.

Lo que viene: analgésicos más seguros, más selectivos

La tendencia es clara: la próxima generación de tratamientos contra el dolor no buscará noquear el sistema nervioso, sino apagar interruptores muy concretos, igual que hace la naturaleza en estos casos excepcionales. Es un cambio de enfoque que lleva años gestándose en los laboratorios y que empieza a dar resultados tangibles.

Para quien convive con dolor crónico, esto no es una promesa vacía: es la primera vez que la ciencia entiende con tanto detalle por qué duele lo que duele, y ese conocimiento, tarde o temprano, se traduce en mejores tratamientos. La cautela sigue siendo necesaria, pero el rumbo, esta vez, parece el correcto.