La risa que sueltas sin pensar cuando alguien te hace cosquillas no nace en el mismo sitio que la risita educada que regalas en una reunión aburrida. Un equipo del University College de Londres y el Consejo Nacional de Investigación de Italia acaba de demostrarlo con datos clínicos reales, no con suposiciones.
El hallazgo, publicado en Trends in Neurosciences a finales de junio de 2026, identifica dos redes cerebrales distintas que se activan según el tipo de carcajada. Una es heredera de nuestros ancestros más primitivos; la otra, exclusivamente humana, está ligada al habla y al control social.
Dos tipos de risa, dos cerebros distintos
Los investigadores, liderados por Caruana, no partieron de cero. Revisaron décadas de informes médicos de pacientes con epilepsia sometidos a estimulación cerebral previa a cirugía, un procedimiento en el que los médicos despiertan zonas concretas del encéfalo para localizar el origen de las convulsiones.
Ese trabajo de archivo reveló algo que nadie había documentado con tanta claridad: cuando se estimulan ciertas regiones, el paciente estalla en una risa incontrolable y genuina. Cuando se estimulan otras, en cambio, produce algo más parecido a una risa de cortesía, sin la misma carga emocional.
La risa ancestral y el papel del núcleo accumbens
La risa espontánea, la que surge sin que decidas reírte, activa principalmente la corteza cingulada anterior, el polo temporal y el núcleo accumbens, una pequeña estructura situada en el centro del cerebro que forma parte del sistema de recompensa. Esta red es la misma que regula emociones y movimiento, y es mucho más antigua en términos evolutivos.
Por eso los científicos la describen como la "risa ancestral": compartimos buena parte de este circuito con otros primates. Estimular estas zonas no solo provoca carcajadas, sino que también mejora el estado de ánimo de quien las recibe, algo que abre la puerta a futuras aplicaciones terapéuticas.
La risa social, exclusivamente humano
Frente a esta red emocional, existe otra completamente distinta dedicada a la risa voluntaria, la que usamos para integrarnos en una conversación o mostrar empatía aunque el chiste no tenga gracia. Esta red se solapa con las áreas que controlan el habla, lo que confirma que es una herramienta de comunicación social, no una respuesta emocional pura.
Aquí entran en juego el opérculo rolándico y el globo pálido, regiones centradas en el control motor facial fino. No hay euforia automática: hay un cálculo, casi una actuación, pensada para encajar en el grupo.
Por qué este hallazgo importa más allá del laboratorio
Este modelo de doble sistema no es solo curiosidad académica. Los investigadores creen que puede ayudar a entender mejor condiciones como el Alzheimer, la esquizofrenia o ciertos trastornos convulsivos que provocan episodios de risa incontrolable sin motivo aparente.
También aporta una pista evolutiva relevante: si la risa espontánea comparte circuito con primates no humanos, refuerza la idea de que la risa es anterior al lenguaje, una herramienta de vínculo social que existía mucho antes de que aprendiéramos a hablar.
Lo que ya sabíamos sobre el origen evolutivo de la risa
Esta investigación conecta con otro hallazgo reciente publicado en Communications Biology, que analizó grabaciones de grandes simios riendo y las comparó con niños pequeños. El resultado: compartimos el mismo ritmo básico de carcajada desde hace 15 millones de años.
La diferencia está en el control, no en el impulso
Los simios, según ese estudio, no modulan su risa: o ríen o no lo hacen. Los humanos, en cambio, hemos desarrollado un control fino que nos permite ajustar la intensidad y el tono según el contexto social, una habilidad que parece compartir circuitos con el lenguaje.
Lo que viene: la risa como herramienta clínica
Caruana y su equipo esperan que este mapa de la risa funcione como una especie de piedra Rosetta para descifrar otros aspectos de la comunicación humana. Si se confirma en estudios más amplios, podría usarse para diagnosticar con más precisión ciertos trastornos neurológicos.
El siguiente paso lógico es explorar si estimular deliberadamente el circuito espontáneo podría convertirse en una vía terapéutica real contra el dolor o el estado de ánimo bajo. La ciencia de la risa, lejos de ser anecdótica, empieza a tomarse muy en serio.





