Si alguna vez has dado clase o has estudiado en un instituto sin aire acondicionado, sabes que en mayo o septiembre el termómetro puede ser un enemigo. Ahora, un grupo de profesores catalanes ha encontrado una manera de transformar esa queja en datos contundentes: usando los propios kits de robótica que la Generalitat repartió para enseñar tecnología.
El proyecto se llama 'Aules que cremen' (aulas que queman), y ya son 281 centros los que monitorizan sus temperaturas en tiempo real, demostrando que a menudo se superan los 30 grados en clase, muy por encima del límite de 27°C que establece la normativa laboral. La iniciativa no solo visibiliza el problema, sino que prepara el terreno para denuncias oficiales.
Cómo funciona el termómetro colaborativo
La idea nació de Pau Sànchez, profesor de Tecnología en Secundaria, mientras ojeaba un cartel sobre confort térmico en una consulta médica. Se preguntó: ¿y si reutilizo las placas electrónicas ESP32 STEAMakers que el Departament d'Educació envió con fondos europeos? En dos meses, ya había conectado sensores y empezado a compartir los datos con otros centros.
El sistema es simple: una placa con sensor de temperatura se coloca en un punto del aula y envía la medición cada minuto a un servidor central. En la web de Aules que cremen cualquiera puede ver en directo cómo se va cociendo el ambiente. Actualmente hay 605 dispositivos repartidos entre institutos (que recibieron el kit gratis) y algunas escuelas de Primaria que se compraron su placa por iniciativa propia.
Es pura reutilización creativa. El mismo kit que servía para enseñar robótica se ha convertido en la herramienta para fiscalizar las condiciones de trabajo de los docentes y el bienestar de los chavales. Y los resultados abruman: en el Instituto Margarida Xirgu de L’Hospitalet, este mes han superado los 27°C durante diez días, con picos diarios de 34°C.

Lo que dice la ley y lo que viven los alumnos
La normativa de prevención de riesgos laborales marca un máximo de 27°C para trabajos sedentarios en interiores. En las aulas catalanas ese límite se rebasa de forma sistemática. Los mareos y la falta de concentración ya no son anécdotas, sino la rutina de muchas mañanas.
Gorka Marchal, tutor de Primero de la ESO en el Margarida Xirgu, lo cuenta sin adornos: “A 27 grados puedes dar clase, pero a 34 o 35 los alumnos se quejan, no se concentran y se generan conflictos”. Los centros llevan años pidiendo ventilación adecuada, pero las soluciones de la Administración llegan con cuentagotas.
De momento, el Departament d’Educació ha instalado algunos aires acondicionados en espacios comunes y ha repartido ventiladores de pie, pero nunca alcanzan para todas las aulas. Este curso se han destinado 20 millones de euros para ventiladores de techo en 500 centros y otros 100 millones pactados con ERC para climatizar solo 100 de los 2.530 equipamientos educativos. Más de la mitad de los edificios son anteriores a 1960, lo que complica aún más una reforma integral.
La población que habita los centros educativos es la que no puede votar.
De la medición a la denuncia (y al derecho laboral)
Pero Aules que cremen no quiere solo visibilizar: los datos se han convertido en una herramienta legal. De hecho ya hay profesores que preparan denuncias usando los informes de la plataforma. Cualquier docente puede acudir a Inspección de Trabajo con los registros horarios de su centro para exigir medidas correctoras.
La respuesta de la Inspección Educativa, mientras, es contradictoria: hace un año, el mismo instituto envió a los alumnos a casa durante una ola de calor y fue sancionado por falta grave, ya que los docentes son responsables de la guarda de los menores durante el horario escolar. Para sortear ese obstáculo, este curso han pedido autorizaciones familiares, y el 80% de las familias la firmaron.
Pili Trenado, jefa de estudios de la escuela Sant Josep de Calassanç de Lleida, decidió comprar la placa de su bolsillo: “El año pasado vinieron de riesgos laborales y justo ese día no hacía calor. Ahora les puedo mostrar el registro completo.”
Un termómetro de un problema más grande
Este proyecto de reciclaje tecnológico es una radiografía de cómo la emergencia climática golpea a los espacios educativos. Las olas de calor ya no solo se sufren en junio, sino que se estiran a mayo y septiembre, con picos que hacen imposible impartir clase con normalidad. Lo que nació como un arreglo ingenioso de un profesor de Tecnología se ha convertido en una reivindicación colectiva con datos objetivos.
Y detrás de los números hay una cuestión de derechos laborales que rara vez se nombra en los pasillos de los colegios: los docentes son funcionarios y, como cualquier trabajador, deberían disponer de condiciones ambientales seguras. La diferencia es que sus “clientes”, los menores, no eligen ni votan, y soportan el mismo bochorno. Como sentencia Sànchez: “He invitado a mucha gente a que en su trabajo apague el aire acondicionado un día y luego piense cómo se trabaja con 30 adolescentes.”
Mientras la Generalitat sigue licitando ventiladores y se habla de partidas millonarias insuficientes, los datos de Aules que cremen ya son difíciles de ignorar. La tecnología no baja la temperatura, pero al menos sirve para que la queja tenga firma, minuto a minuto.
En resumen (para tu bolsillo y tu salud mental)
- 🌍 ¿Qué está pasando? Cientos de institutos catalanes miden el calor con placas de robótica y publican las temperaturas en directo.
- 👥 ¿A quién afecta exactamente? Profesores y alumnos de centros públicos sin climatización, sobre todo en las horas centrales del día.
- ✅ ¿Qué puedes hacer al respecto? Si eres docente, puedes usar esos datos para denunciar ante Inspección de Trabajo. Si no, difunde la plataforma para acelerar las soluciones.



