Los abrazos que no te di, los besos que me perdí

@arturosanromanf

Lo más terrible de esta crisis son los miles de españoles que han muertos solos, cuantos padres y abuelos se han ido sin poder mirar a su familia por última vez, se han ido sin sentir una mano querida que le ayudara en el tránsito.

Después solo nos queda la soledad y un duelo incompleto porque ni siquiera ha habido un entierro en familia ni un funeral. No hemos podido llorar en los brazos de nuestros hermanos, hijos, pareja, esos brazos en los que encontramos la unión en el dolor y el consuelo compartido. Ni siquiera eso ha sido posible.

Nos encontramos vacíos, desgarrados por dentro y sobre todo culpables. Porque no nos engañemos, cuando sufrimos ya no es tanto por la persona que hemos perdido como por nosotros mismos, hemos sufrido una perdida que nada, ni nadie, puede solucionar. Nos invaden los momentos vividos, pero también los no vividos. Y esos son los peores, los momentos que pudimos vivir, y que no lo hicimos por pereza o porque siempre teníamos algo, que creíamos, más importantes en lo que ocupar nuestro tiempo.

Aquel partido de fútbol que preferiste verlo con tus amigos antes que con tu padre, ese día que habías quedado en comer con tu madre pero que al final se cruzó por medio una comida de trabajo, o aquellos días que ibas a pasar con ellos en la playa pero que ha última hora cambiaste porque alguien te propuso un plan que no podías desaprovechar.

Por todo eso, cuando ya no hay solución, nos sentimos culpables, por no haber dicho todo lo necesarios “te quiero mama” “te quiero papa”, y por tantos y tantos abrazos que nunca les dimos, y por todos los besos que ellos siempre estaban solícitos a regalarte y que nos hemos perdido, y que nunca recuperaremos. Con todo esto tenemos que seguir viviendo y gestionando nuestras propias contradicciones.

Pero tú, que todavía estas a tiempo, aprovecha para ganar tiempo al tiempo, ya estas tardando en llamarles para decirles cuanto los quieres, para contarles todo lo que quieres hacer con ellos en cuanto acabe esta locura que estamos viviendo, lo mucho que echas de menos comer en su casa, que es tu casa, y volver a disfrutar de las albóndigas de tu madre, mientras tu padre está orgulloso de abrirte una buena botella de vino.

Y sobre todo dales muchos, muchos abrazos y pídeles muchos, muchos besos, que cuando llegue el momento te encuentres en paz contigo mismo, porque distes todos los abrazos del mundo y no te perdiste ni un beso.