Tomar ibuprofeno después de entrenar se ha convertido en costumbre en muchos vestuarios. Y no, no es tan inofensivo como parece: ese hábito puede estar frenando justo el crecimiento muscular que buscas. Lo dice un cirujano ortopédico, y su argumento tiene bastante sentido.
El que lo explica es Graeme Matthewson, cirujano ortopédico especializado en medicina deportiva, en declaraciones a Men's Journal desde su clínica Matthewson Orthopedics. Su tesis va contra la lógica del botiquín: la inflamación que aparece después de una sesión intensa no es el enemigo, es parte del proceso de reparación.
Las agujetas, o dolor muscular de aparición tardía, llegan entre 24 y 48 horas después de entrenar, según una revisión publicada en Frontiers in Physiology. Se notan más tras el trabajo excéntrico, esa fase en la que bajas el peso, y son la señal de que el músculo ha recibido un estímulo nuevo al que tiene que adaptarse. Es decir, lo que muchos intentan apagar con una pastilla es precisamente el aviso de que el entrenamiento ha funcionado.
Lo que el ibuprofeno le hace a tu músculo mientras tú descansas
El ibuprofeno inhibe las enzimas COX-1 y COX-2, el mecanismo conocido de este antiinflamatorio, y con eso bloquea la producción de prostaglandinas. Estas sustancias intervienen en la síntesis de proteína muscular y en la activación de las células satélite, las células madre que aportan núcleos a las fibras musculares, mientras crecen. Traducido a lenguaje de gimnasio: sin prostaglandinas el músculo tiene menos herramientas para hacerse más grande.
La consecuencia práctica es fácil de entender. Si tapas la señal inflamatoria varias veces por semana, el músculo se queda a medio camino: no le has dado un problema, le has quitado un ingrediente.
La inflamación del entrenamiento no es un fallo del cuerpo: es mano de obra que tú mismo contratas para reconstruir la fibra.
La dosis lo cambia todo: no es lo mismo un día que todas las semanas
Aquí llega el matiz que separa el aviso serio del alarmismo. Matthewson cita un ensayo de ocho semanas con adultos jóvenes que tomaron 1.200 miligramos diarios, el máximo sin receta. El crecimiento de su cuádriceps fue del 3,7 %, frente al 7,5 % del grupo de comparación: más o menos la mitad de hipertrofia. En cambio, otro estudio con 400 miligramos tras cada sesión durante seis semanas no mostró efecto ni en hipertrofia ni en fuerza. Esa dosis equivale a dos Advil, y una dosis máxima aislada tampoco ha frenado la señal posterior al ejercicio.
El mensaje, entonces, no es tirar el ibuprofeno a la basura. Es dejar de usarlo como rutina. No digo más.
El paracetamol no es la salida (y el prospecto avisa de lo otro)
Si estás pensando en cambiar de pastilla, malas noticias. El propio cirujano señala que el paracetamol reduce la síntesis de proteína muscular tanto como el ibuprofeno. A eso se le suman los riesgos de un uso prolongado y en dosis altas: el prospecto de la FDA advierte de úlceras y sangrado digestivo, daño renal y, en la mayoría de los casos, mayor riesgo de accidente cardiovascular.
Su recomendación es de sentido común: para un dolor real, una dosis estándar ocasional es razonable y es poco probable que te reste ganancias en el gimnasio. Lo que no tiene ningún sentido es tomarla antes o después de cada sesión por si acaso. «Si experimentas dolor muscular de aparición tardía inesperado que afecta tus actividades diarias, tomar una dosis de ibuprofeno está bien», resume. «Pero si lo tomas con regularidad, algo más está sucediendo y necesitas hacer cambios en tu entrenamiento, tu recuperación o ambos».
Y ahí está la lectura interesante: el ibuprofeno regular es más un síntoma que una solución. Si necesitas calmantes para seguir entrenando, el problema probablemente esté en la programación de tus sesiones, en las horas de sueño o en lo que comes.
🧠 Para soltarlo en la cena
La inflamación del entrenamiento es parte del músculo que crece.




