Caía la noche del 16 de diciembre de 2011 sobre Mindanao y buena parte de los vecinos de Cagayán de Oro ya dormía. El río que parte la ciudad en dos, engordado durante horas por una lluvia que no dio tregua, se desbordó casi sin aviso y subió a una cota que nadie recordaba haber visto. El agua entró en las viviendas más frágiles, arrancó a sus moradores de la cama y los arrastró en la oscuridad. Cuando amaneció, una tormenta de nombre casi inofensivo, Washi, había dejado entre 1.200 y 1.500 muertos, cerca de 40.000 hogares con pérdida total y casi 700.000 personas afectadas.
El clima del planeta nunca ha sido una línea recta, y el cambio climático no empezó ayer: la Tierra ha alternado periodos cálidos y fríos desde mucho antes de que existiera un solo ser humano. La diferencia es la velocidad. La actividad humana —las emisiones, el consumo, la forma en que ocupamos el territorio— ha acelerado hasta lo desmedido un proceso que en condiciones naturales habría tardado milenios en completarse. Esa aceleración se traduce, cada vez con más frecuencia, en un catálogo de catástrofes ambientales: fenómenos meteorológicos extremos que golpean geografías vulnerables donde vive una población expuesta en el peor lugar posible.
Los números sitúan todo en su escala real. El año 2023 se cerró como el más cálido jamás registrado, con una anomalía superior a 1,4 grados centígrados sobre los niveles preindustriales, según los registros de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). La media global de temperatura alcanzó los 15,11 grados, frente a los 13,79 que marcó el termómetro del planeta en 1940. No es una curiosidad estadística: cada décima de grado acerca al mundo al umbral de 1,5 grados fijado en el Acuerdo de París, la frontera a partir de la cual los científicos advierten de consecuencias difícilmente reversibles.
Lo que sigue es un recorrido por algunos de los episodios que mejor muestran hasta dónde puede llegar esa combinación de clima extremo y vulnerabilidad humana. No están todos los que son, pero sí son los que, con más crudeza, dejaron su marca en el arranque del milenio.
La era de la ebullición global
El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, resumió el diagnóstico a mediados de 2023, mientras una oleada de calor sin precedentes castigaba varios continentes a la vez y batía registros en países que rara vez habían conocido temperaturas semejantes.
«La era del calentamiento global ha terminado. La era de la ebullición global ha llegado.»
Las consecuencias no se quedan en los termómetros. El aumento sostenido de la temperatura arrastra una serie de impactos secundarios que rara vez ocupan titulares: la pérdida de hábitats naturales, la acidificación de los océanos y una disminución sostenida de la biodiversidad. Cada uno de esos procesos actúa despacio, casi sin ruido, pero socava los cimientos sobre los que se sostienen los ecosistemas y, con ellos, las economías que dependen de ellos.
En el Cuerno de África, cinco temporadas consecutivas de sequía desembocaron en inundaciones catastróficas que alteraron ecosistemas enteros y golpearon con especial dureza a las comunidades más pobres, atrapadas en un ciclo de tierra seca y agua que llega demasiado tarde y de golpe. En América Latina, las precipitaciones de los meses de lluvia se redujeron entre un 20 % y un 50 %, lo que intensificó las sequías, agravó la escasez de agua y arruinó cosechas enteras. Y los territorios insulares, Hawái entre ellos, afrontan el aumento del nivel del mar y la erosión de sus costas como una amenaza directa a su propia existencia, con la diferencia de que ellos no tienen adónde replegarse.
Hay, además, una asimetría que recorre todo el fenómeno: no todas las regiones contribuyen por igual al problema que lo desencadena ni afrontan por igual sus consecuencias. El grueso de las víctimas se concentra, año tras año, allí donde la pobreza ya había hecho su trabajo antes de que llegara el agua.
Ese es el telón de fondo. Sobre él se han dibujado algunos de los episodios más devastadores del siglo, capaces de reordenar ciudades, borrar comunidades del mapa y marcar a fuego la memoria de países enteros.
El Atlántico que rompió sus diques
El huracán Jeanne abrió la cuenta en 2004. Nació como una onda tropical cerca de las Antillas Menores y se convirtió en huracán poco antes de golpear Puerto Rico el 15 de septiembre. Al día siguiente atravesó la República Dominicana y, tras unos días de fluctuaciones en su intensidad, alcanzó el norte de las Bahamas el 25 de septiembre para azotar Florida el 26. Su rastro fue demoledor y muy desigual. En Haití, las lluvias torrenciales desencadenaron deslizamientos de tierra que se cobraron más de 3.000 vidas; las inundaciones en Puerto Rico y Florida hicieron el resto, agravadas porque buena parte de la zona ya arrastraba los daños de otros huracanes de aquella temporada. Jeanne dejó 3.037 muertos y, fruto de la combinación de humedad y aire frío, una oleada de tornados que se extendió desde Georgia hasta la costa atlántica media de Estados Unidos.
Un año después, en agosto de 2005, el mismo océano firmó la que sigue siendo una de las mayores catástrofes naturales de la historia de Estados Unidos: el huracán Katrina. Se formó sobre las Bahamas el 23 de agosto y tocó tierra primero como un huracán moderado de categoría 1 en el sur de Florida. Después se rehízo sobre las aguas cálidas del golfo de México, subió a categoría 5 y volvió a entrar, ya algo debilitado, como categoría 3 en el sureste de Luisiana el 29 de agosto. El balance fue de al menos 2.000 víctimas mortales y daños materiales valorados inicialmente en 125.000 millones de dólares, una cifra que tardaría años en cerrarse del todo.
Nueva Orleans concentró la tragedia y, con ella, una de las lecciones más incómodas del siglo. El sistema de diques falló de forma catastrófica —algunos cedieron horas después de que el huracán ya se hubiera alejado tierra adentro, cuando muchos vecinos creían que lo peor había pasado— y el agua inundó el 80 % de la ciudad y de las áreas circundantes durante semanas. Las zonas costeras de Misisipi sufrieron una inundación masiva que arrasó pueblos enteros en cuestión de horas y arrastró a tierra firme barcos y casinos flotantes.
El hundimiento de las protecciones está considerado uno de los mayores desastres de la ingeniería civil en la historia del país. Dio lugar a una demanda contra el Cuerpo de Ingenieros del Ejército y abrió una investigación sobre la gestión de la crisis por parte de los gobiernos federal, estatal y local. Hubo elogios, eso sí, para agencias como la Guardia Costera, el Centro Nacional de Huracanes y el Servicio Meteorológico Nacional por la precisión de sus predicciones. Pero la falta de advertencia sobre la posibilidad de que los diques cedieran dejó al descubierto las grietas de todo un sistema de preparación que, sobre el papel, debía proteger a una de las ciudades más singulares del país.

El Índico desbordado
Si el Atlántico tiene sus huracanes, el golfo de Bengala tiene sus ciclones, y pocos lugares del planeta pagan un precio tan alto por ellos. En 2007, el ciclón Sidr alcanzó vientos sostenidos de 250 kilómetros por hora y ráfagas de hasta 305, lo que lo situó en la categoría 4 de la escala de huracanes de Saffir-Simpson. En apenas tres días, las autoridades bangladesíes contabilizaron de forma provisional 2.388 muertos, según el Centro Bengalí de Control de Desastres, con miles de personas aún desaparecidas. Las cifras oficiales que llegaron después elevaron el saldo a 3.363 fallecidos, 880 desaparecidos y casi 35.000 afectados.
El impacto fue especialmente brutal en la franja costera, donde el ciclón levantó una crecida del océano Índico de unos cinco metros, la altura de un edificio de dos plantas. En un país en el que una gran parte de la población vive a menos de diez metros sobre el nivel del mar, ese dato equivale a decir que millones de personas residen, literalmente, a la altura de una sola ola. Sidr dejó sin electricidad, agua potable, transporte ni comunicaciones telefónicas a amplias zonas del litoral y desplazó a cerca de 3,2 millones de personas, una crisis humanitaria de primer orden en uno de los países más densamente poblados del mundo. Aun debilitado, ya convertido en una zona de bajas presiones, causó estragos en el noreste de la India: en Assam y Tripura los vientos destruyeron 800 chozas y dejaron una veintena de heridos.
Al año siguiente, en mayo de 2008, le tocó el turno a Birmania. El ciclón Nargis fue el primer ciclón tropical que golpeó el país desde el Mala, en 2006, y lo hizo con una violencia inusitada: al tocar tierra generó una ola gigante que se adentró hasta 35 kilómetros tierra adentro, arrasando a su paso pueblos que no habían tenido tiempo de huir. El balance oficial fue de al menos 78.000 muertos y 56.000 desaparecidos, una de las catástrofes más graves de la historia del Sudeste Asiático. En la ciudad de Labutta, en la división de Ayeyarwady, el 75 % de los edificios se derrumbó y otro 20 % perdió los tejados.
La ruina de las cosechas de arroz y el colapso de los sistemas eléctricos, el agua potable y las comunicaciones sumieron al país en el caos. La ayuda internacional, liderada por la ONU y varios gobiernos, chocó con la negativa de la Junta Militar birmana a permitir el acceso a las zonas afectadas, lo que lastró las labores de rescate y la asistencia a los damnificados justo cuando más falta hacían. La catástrofe natural se convirtió, así, en una catástrofe también política.
El Pacífico en el punto de mira
El Pacífico occidental es el laboratorio donde se cocinan los ciclones más potentes del planeta, y Filipinas, situada en plena ruta, lo sabe bien. La tormenta tropical Washi —conocida localmente como Sendong— es un ejemplo de manual de cómo un sistema aparentemente menor puede causar una tragedia enorme si encuentra el terreno adecuado. Tocó tierra en Mindanao el 16 de diciembre de 2011 y desencadenó deslizamientos e inundaciones repentinas a lo largo de los ríos Cagayán de Oro, Iponan y Mandulog. La lluvia intensa coincidió con la marea alta en la bahía de Macajalar, y esa combinación letal sumergió barrios enteros mientras sus vecinos dormían, sin margen para reaccionar.
Washi se debilitó al cruzar Mindanao, pero recuperó fuerza en el mar de Sulu y volvió a tocar tierra en Palawan el 17 de diciembre. En Cagayan de Oro e Iligan, el agua subió a niveles sin precedentes, con acumulaciones superiores a los 400 milímetros —casi medio metro de lluvia— y vientos de hasta 90 kilómetros por hora. Cerca de 40.000 hogares quedaron arrasados y casi 700.000 personas se vieron afectadas. La magnitud del desastre desbordó todas las previsiones, y los equipos de rescate trabajaron a ciegas, con la infraestructura destruida y el tiempo en contra.
El gran golpe del Pacífico llegó dos años después, con el tifón Haiyan —llamado Yolanda en Filipinas—. Se originó en un área de baja presión al este-sureste de Pohnpei, en Micronesia, el 2 de noviembre de 2013, y en cuestión de días se convirtió en uno de los ciclones tropicales más impactantes de la historia reciente, alimentado por aguas especialmente cálidas. Con unos 6.300 muertos, es el tifón más mortífero jamás registrado en Filipinas, y ostenta dos marcas que lo colocan en la primera fila mundial: fue el ciclón más intenso en tocar tierra y el segundo con los vientos sostenidos más rápidos en un minuto, solo por detrás del huracán Patricia en 2015. Su nombre significa «petrel» en chino, un detalle casi irónico para un fenómeno que arrasó comunidades enteras y sumió a millones de personas en una crisis humanitaria masiva.

El patrón que se repite
Puestos uno al lado del otro, los episodios comparten más de lo que los separa. El primero de los denominadores comunes es la geografía. Todos golpearon con especial saña zonas bajas y costeras: el litoral de Luisiana, el delta del Misisipi, la franja bengalí, las riberas birmanas, las cuencas fluviales del sur de Filipinas. En esos lugares, millones de personas viven a pocos metros del agua, expuestas a que un solo fenómeno extremo borre de un plumazo lo que ha costado generaciones construir.
El segundo patrón es la pobreza. Las comunidades con menos recursos son las que primero reciben el golpe y las que más tardan en levantarse. En el Cuerno de África, las sequías y las inundaciones encadenadas castigaron sobre todo a los hogares más humildes. En Haití, los deslizamientos de Jeanne se cobraron más de 3.000 vidas en un país cuya capacidad de respuesta ya estaba al límite. En Labutta, los edificios que se derrumbaron eran, en su mayoría, viviendas frágiles incapaces de resistir vientos de 250 kilómetros por hora. La catástrofe natural rara vez es solo natural: casi siempre encuentra y amplifica una vulnerabilidad que ya estaba ahí, agazapada.
El tercer denominador es la fragilidad institucional, que decide cuánto dura el desastre mucho después de que el viento amaine. Katrina dejó al descubierto un fallo mayúsculo de la ingeniería civil de la primera potencia mundial: unos diques mal dimensionados, una advertencia tardía sobre el riesgo de que cedieran y una gestión de la emergencia puesta en entredicho durante meses. Nargis mostró el rostro más cruel de la política: una junta militar que bloqueó el acceso de la ayuda internacional mientras miles de personas desaparecidas seguían sin ser localizadas. En ambos casos, la respuesta posterior a la catástrofe pesó tanto como la catástrofe misma, y dejó una lección incómoda sobre la distancia que separa prever un desastre de estar de verdad preparado para él.
Y sobre todos ellos planea una pregunta que el siglo no ha resuelto: por qué los mismos países, las mismas costas y los mismos barrios vuelven a aparecer, década tras década, en la lista de los más golpeados. La respuesta rara vez tiene que ver con la suerte.
El coste de la reconstrucción
Las cifras del desastre no terminan el día en que las aguas se retiran. El huracán Katrina dejó daños estimados inicialmente en 125.000 millones de dólares, una factura que acabó pagando el conjunto de la sociedad estadounidense durante años. Pero el coste más difícil de calcular es el que no aparece en los balances: los desplazamientos de población, la pérdida de empleos, el desmembramiento de comunidades que nunca volvieron a reunirse en el mismo lugar.
El ciclón Sidr desplazó a cerca de 3,2 millones de personas en Bangladesh, una cifra que equivale a vaciar de golpe una región entera. La tormenta Washi dejó casi 700.000 afectados. Nargis arruinó las cosechas de arroz de Birmania y dejó sin electricidad, agua potable ni comunicaciones a zonas inmensas. Haiyan sumió a millones de filipinos en una crisis humanitaria que tardó años en reconducirse. Detrás de cada episodio hay una reconstrucción que se mide en décadas, no en meses.
Y hay una pregunta que sobrevuela todos los casos: ¿tiene sentido reconstruir exactamente donde estaba, o conviene replegarse? Cada decisión de ese tipo reparte el peso de la catástrofe entre quienes pueden permitirse mudarse y quienes no. La geografía deja de ser un dato del paisaje para convertirse en una cuestión de dinero.
La ayuda internacional, además, rara vez llega cuando se necesita. Depende de negociaciones, de fronteras que se abren o se cierran y de la voluntad política de los gobiernos de turno, como demostró el bloqueo de la Junta birmana tras Nargis. La reconstrucción se convierte así en un segundo desastre, más lento y más silencioso que el primero.

Lo que está por venir
El cuarto de los grandes factores no está en el pasado. La OMM advierte de que cada año cálido récord acerca un poco más al planeta al umbral crítico de 1,5 grados centígrados, y la experiencia de las dos últimas décadas sugiere qué forma tendrán las catástrofes del futuro: menos sorprendentes y más frecuentes. Los territorios insulares son el termómetro más sensible de todos. El aumento del nivel del mar y la erosión costera no son para ellos una amenaza hipotética, sino un cálculo que hacen, cada vez más a menudo, a la hora de decidir dónde construir y dónde no volver a construir jamás.
Entre todas las cifras que se acumulan en los informes, hay una que conviene retener. De aquella madrugada de 2011 en Cagayán de Oro quedó una lección que el siglo XXI se empeña en repetir: la lluvia que cayó en pocas horas equivalía a la de un mes entero. El clima no solo está subiendo de temperatura; está comprimiendo el tiempo de sus embestidas. Los huracanes tardan menos en formarse, las sequías se encadenan con más rapidez y las inundaciones llegan con menos aviso.
Frente a un calendario que se acelera, la lista de las catástrofes ambientales más devastadoras del siglo XXI no es una colección de episodios cerrados, sino el borrador de los que están por venir. Los nombres cambian —Jeanne, Katrina, Sidr, Nargis, Washi, Haiyan—, pero el guion se repite con una fidelidad que debería inquietar: una geografía vulnerable, una población pobre y un Estado que, demasiado a menudo, llega tarde. Mientras ese guion no cambie, la próxima catástrofe no habrá que inventarla: bastará con esperar a que el agua vuelva a subir.




