Chinchón, Patones o Rascafría: las escapadas de otoño a menos de 90 minutos de Madrid

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Patones de Arriba: el pueblo de pizarra negra que parece detenido en el tiempo

Encantadora vista de un pueblo rural enclavado en las montañas, que muestra la arquitectura tradicional de techos de pizarra.

A unos 60 kilómetros de Madrid y a 832 metros de altitud en plena Sierra Norte, Patones de Arriba condensa en unas pocas calles empinadas lo que otros destinos obligan a buscar a horas de autovía. Su caserío se levantó con lo que daba la montaña —pizarra, madera, barro, jaras y retamas—, y de ahí ese tono oscuro y mineral que define la llamada arquitectura negra. Las casas apenas abren ventanas, porque los inviernos aquí aprietan, y se escalonan sobre la ladera sin que ninguna tape la vista de la de abajo. El conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico en 1999, una protección que ha frenado las reformas capaces de romper su fisonomía. En otoño, la niebla baja y los ocres del monte bajo multiplican el contraste con la pizarra.

El pueblo arrastra una leyenda que suena a invención pero tiene base documental: la del Rey de Patones, una figura local que administraba justicia al margen de la jurisdicción de Uceda y que en 1769 llegó a dirigirse a Carlos III firmando como «De rey de los Patones a rey de las Españas». El aislamiento del enclave mantuvo durante siglos una comunidad casi autosuficiente, hasta que sus vecinos bajaron al llano tras la Guerra Civil. Hoy el casco histórico no admite coches: se aparca en Patones de Abajo y se sube andando por la Senda del Barranco, menos de un kilómetro, o en el minibús habilitado los fines de semana. Arriba esperan la iglesia de San José, convertida en oficina de turismo, el lavadero y la Fuente Nueva, las eras como miradores, el Ecomuseo de la Pizarra y una mesa de migas, cordero o judiones que conviene reservar con antelación.