6Manos y pies fríos: la caída de temperatura que precede a tu momento óptimo de dormir
A poco de que se acerque la hora de acostarse, el cuerpo se prepara para dormir haciendo justo lo que parece contradictorio: bajando su temperatura interna, en torno a un grado, para iniciar el sueño. El calor sobrante del núcleo no se escapa por el torso, sino por las extremidades: los vasos sanguíneos de manos y pies se dilatan, la sangre afluye a la piel y el calor se irradia al ambiente. Por eso, en realidad, unas manos y unos pies calientes al tacto son la señal de que el cuerpo está disipando calor y enfriando el núcleo, el requisito fisiológico para conciliar el sueño. El fisiólogo Kurt Kräuchi demostró ya en 1999 en Nature que el grado de dilatación de esos vasos en manos y pies es el mejor predictor fisiológico de la rapidez con la que una persona se duerme, por delante incluso de la melatonina o de la fatiga acumulada.
Cuando las extremidades permanecen frías ocurre lo contrario: los vasos están contraídos, el calor queda atrapado en el interior y la temperatura central no desciende, así que el momento óptimo de dormir se retrasa o directamente no llega. Los estudios clínicos lo confirman: en 2001, una carta de investigación en The Lancet mostró que pacientes con síndrome vasoespástico, caracterizado por manos y pies fríos, tardaban más en dormirse, tanto al inicio de la noche como tras despertarse a mitad de ella. Y no es un fenómeno marginal: un muestreo poblacional suizo publicado en 2008 halló comorbilidad entre extremidades frías y dificultad para iniciar el sueño. Por eso sentir frío en manos y pies justo antes de acostarse es una bandera roja fisiológica, no una simple molestia. La recomendación práctica que deriva de esta ciencia es bien concreta: calentar los pies facilita la vasodilatación y el enfriamiento del núcleo. Un estudio de 2018 con hombres jóvenes que durmieron con calcetines registró que se dormían una media de 7,5 minutos antes y alargaban el sueño unos 32 minutos. Atender a esa caída térmica y a la temperatura de las extremidades permite, además, reconocer la ventana en la que el cuerpo está listo para rendirse al sueño: cuando las manos y los pies se entibian, el reloj interno está marcando la hora de dormir.
