Reconócelo, tú también has visto a alguien en un parque posando como una estatua para sumar puntos de aura.
Yo me topé con una batalla de estas hace nada y pensé que era postureo de manual. Hasta que entendí el juego: farmear aura viene de los videojuegos, donde farmear es repetir una acción para acumular puntos. Aquí la acción es montar una escena, sostener la mirada y esperar el veredicto.
Farmear aura no nació en TikTok: Versalles ya iba de marcador
La socióloga Sandra Bravo Durán lo resume perfecto: 'Luis XIV estaba farmeando aura a escala estatal'. En la corte de Luis XIV la fiesta no era solo opulencia; era puesta en escena para que todo el mundo supiera quién mandaba. La diferencia, añade, es que entonces hacían falta un palacio, una corte y cientos de espectadores. Hoy basta un móvil con cámara.
Y no te creas que solo es cosa de reyes. En los años 60, el voguing de la comunidad LGTBQ+ en Nueva York ya manejaba poses llenas de poder; por eso Joel Catala dice que farmear aura es básicamente 'el voguing de los heteros'. Tal y como recordaba Juanjo Villalba en El País, la escena de adolescentes en Cataluña recordaba inevitablemente a cierta película de Ben Stiller de hace 25 años: Zoolander. El 'acero azul' era farmear aura sin saberlo.
El marcador de aura como espejo de la generación Z
Lo que sí es nuevo no es la búsqueda de estatus. Lo nuevo no es buscar estatus, es contabilizarlo. Convertir el carisma o la presencia en un marcador numérico y público tiene mucho sentido si piensas en los zetas y los alpha: generaciones nativas de una economía de la atención donde todo se mide en likes, visualizaciones y compartidos.
El sociólogo Erving Goffman lo explicó en los años 50: toda interacción social es una actuación, y todos llevamos un personaje a la calle, al trabajo o a una cena. Antes esa actuación se evaluaba en la cabeza de quien miraba. Ahora hay contador.
El aura no ha dejado de importarnos: lo que cambia es que ahora lleva contador y se enseña en la pantalla.
La comparación social es la otra pieza. El psicólogo Leon Festinger ya defendía que los humanos necesitamos medirnos con los demás, sobre todo cuando no hay una regla objetiva. El carisma nunca tuvo regla clara, así que durante siglos lo medimos por intuición. El '+1000 de aura' no inventa la necesidad de compararse: la hace literal y, para los jóvenes, la convierte en juego.
Amaya Prado, psicóloga experta en infancia y adolescencia, lo ve como un ensayo de identidad. Los adolescentes prueban cómo quieren presentarse ante los demás y qué reacción generan. Es experimentación, no cine de autor.
El riesgo real: cuando tu valor necesita espectadores
Aquí empieza lo serio. Convertir el carisma en un número público tiene truco: la autoestima contingente. Es ese tipo de autoestima que fluctúa según la aprobación, el rendimiento o la imagen que devuelven los otros. El marcador de aura solo existe si hay audiencia; no hay aura en privado, solo cuando te ven.
Y sin embargo, la lectura más amable también es cierta. Farmear aura es, sobre todo, juego colectivo. Gente reuniéndose en parques, riéndose de sí misma, compitiendo sin riesgo y usando referencias que solo entiende su tribu. Al final, eso es pertenecer.
Yo no lo veo ni como el fin de la civilización ni como el descubrimiento del siglo. Es el mismo ansia de gustar y destacar de siempre, pero pasada por la pantalla. Si acaso, lo interesante no es la pose: es que por fin la estamos contando.
🧠 Para soltarlo en la cena
Farmear aura es buscar estatus, solo que ahora se mide.



