Las bacterias llevan años protagonizando titulares por su capacidad para descomponer plástico o generar biocombustible, pero esta vez el hallazgo va un paso más allá. Un equipo de Harvard y Stanford ha modificado genéticamente una bacteria marina para acelerar un proceso geológico que, de forma natural, tarda cientos de miles de años en retirar dióxido de carbono de la atmósfera.
El estudio, publicado en Nature Biotechnology a finales de agosto de 2026, no promete resolver el cambio climático de la noche a la mañana. Pero sí demuestra algo que hasta ahora parecía ciencia ficción: se puede programar la biología para que trabaje a favor del planeta con una precisión que la naturaleza, por sí sola, nunca alcanzaría.
Cómo actúan estas bacterias sobre el CO₂
El mecanismo detrás de este avance se llama meteorización, un proceso por el que ciertos minerales se desgastan al contacto con el agua y el aire, liberando elementos como magnesio y hierro. Durante esa reacción, parte del CO₂ atmosférico queda atrapado en el agua en forma de bicarbonato, básicamente disuelto y neutralizado.
El problema es la velocidad. Los científicos calculan que este ciclo natural puede tardar cientos de miles de años en completarse a gran escala, algo completamente inútil frente a la urgencia climática actual. Por eso el equipo de Harvard buscó una manera de acelerar ese reloj geológico sin alterar la química fundamental del proceso.
La bacteria que impide que la roca se "oxide"
Para lograrlo, los investigadores trabajaron con bacterias marinas de la especie Alteromonas macleodii, muy común en los océanos de todo el mundo. Su papel es clave porque producen moléculas llamadas sideróforos, capaces de capturar hierro disuelto, y ese detalle resulta decisivo frente al olivino, el mineral protagonista de todo el experimento.
El olivino contiene hierro que, al exponerse al oxígeno, forma una capa de óxido sobre la superficie de la roca. Esa costra actúa como un escudo que frena la reacción con el agua y ralentiza todavía más el proceso natural. Los científicos modificaron genéticamente la bacteria para que produjera sideróforos de forma constante, sin dejar de hacerlo cuando el hierro dejaba de escasear, como ocurre en la naturaleza.
Resultados medidos en un puerto real, no solo en el laboratorio
Lo interesante de este trabajo es que no se quedó en una probeta de laboratorio. El equipo construyó reactores de unos 11 litros con arena de olivino y agua sin tratar procedente del puerto de Boston, dejando que el sistema funcionara en condiciones mucho más parecidas a un entorno real.
Los resultados hablan por sí solos: la cepa modificada aumentó 2,6 veces la velocidad de disolución del olivino respecto al grupo de control. Además, se registró un incremento de 3,1 veces en la liberación de magnesio, uno de los elementos que impulsa la captura de carbono en forma de bicarbonato disuelto en el agua de mar.
De la probeta a una posible planta industrial
Los propios investigadores reconocen que la cantidad de CO₂ retirada en estos experimentos piloto sigue siendo pequeña: apenas medio gramo diario por reactor. Pero el valor real está en haber demostrado que el mecanismo funciona con agua de mar auténtica y materiales comerciales, algo que abre la puerta a modelos mucho más ambiciosos.
Para comprobar su viabilidad a mayor escala, el equipo realizó un análisis de ciclo de vida con un escenario teórico de 150 toneladas de olivino y 24.000 litros de agua en circulación. El resultado modelizado muestra una eliminación neta de CO₂ un 74% superior al escenario sin bacterias, un salto considerable aunque todavía lejos de una solución comercial.
Entre los retos pendientes que reconoce el propio estudio destacan:
- Alimentar a las bacterias sin generar más emisiones: el equipo descartó la glucosa por su huella de carbono y trabaja ahora con acetato de origen renovable.
- Aprovechar mejor el mineral: gran parte de la disolución ocurre solo en la capa superficial del olivino, lo que obliga a rediseñar los reactores.
- Evaluar la bioseguridad de liberar microorganismos modificados genéticamente en entornos marinos abiertos.
- Buscar ingresos complementarios, como la recuperación de metales presentes en la roca, para abaratar el coste por tonelada capturada.
Qué papel puede jugar España en esta tecnología
España cuenta con tradición investigadora en biotecnología marina y con costas que reúnen justo lo que este proceso necesita: acceso directo al mar y proximidad a canteras de minerales silicatados. Un proyecto de este tipo instalado cerca de un puerto español podría aprovechar infraestructuras ya existentes, reduciendo buena parte del coste logístico que hoy encarece la meteorización mejorada de rocas.
El propio equipo de Harvard señala que la ubicación es determinante: transportar toneladas de roca a grandes distancias puede anular el beneficio climático de todo el sistema. Por eso, cualquier futura instalación europea tendría más sentido en zonas costeras con puertos activos y acceso a agua de mar en abundancia.
El futuro de la biología sintética contra el cambio climático
Este tipo de investigación no busca sustituir a la reforestación ni a la reducción de emisiones, sino sumar una herramienta más al conjunto de soluciones necesarias. La biología sintética permite ajustar procesos naturales con una precisión inédita, algo que hasta hace pocos años resultaba impensable fuera del laboratorio.
Los propios autores del estudio son cautos: hablan de una tecnología en fase piloto, sin plantas industriales todavía construidas. Pero el mensaje de fondo es optimista. Cada avance que demuestra que se puede acelerar un mecanismo geológico de forma controlada acerca un poco más la posibilidad de que la captura de carbono deje de depender únicamente de la paciencia de la Tierra.






