Barcelona afronta cada verano una intensa llegada de visitantes y, con ella, una de las consecuencias más visibles de la presión turística es propia de una distopía: algunos viajeros han comenzado a utilizar las playas de la ciudad como alojamiento improvisado. No lo hacen necesariamente por falta de recursos, sino como una forma de reducir el coste de su estancia ante unos precios de alojamiento que consideran demasiado elevados.
La situación ha sido documentada durante las madrugadas en diferentes puntos del litoral barcelonés. Turistas con mochilas, toallas y sacos de dormir esperan a que disminuya la afluencia en la playa para instalarse durante unas horas. La escena, que se repite especialmente en la zona de la Barceloneta y Sant Sebastià, comparte espacio con personas sin hogar que también pernoctan en el litoral.
Una habitación puede costar más de 100 euros en Barcelona
Entre los motivos que explican esta práctica aparece, de forma recurrente, el precio del alojamiento. Algunos de los turistas entrevistados por el diario El Periódico aseguran que una habitación puede superar con facilidad los 100 euros por noche y alcanzar cifras todavía mayores durante los periodos de mayor demanda.
El mismo medio documentó el caso de Lázaro que, según decía, este año llevaba cerca de un mes utilizando la arena como lugar para pasar la noche y tenía previsto prolongar su estancia varias semanas más.
Con dos toallas, una colocada sobre la arena y otra utilizada como cobertura, ya está todo listo, aunque la experiencia no está exenta de incidentes en forma de hurtos nocturnos.
Asimismo, no todos los casos responden a una estancia prolongada. Para algunos viajeros, dormir en la playa es una solución puntual para evitar pagar una noche de alojamiento que apenas van a utilizar. Por ejemplo, quienes tienen previsto abandonar Barcelona de madrugada para dirigirse al aeropuerto para un vuelo a primera hora, consideran innecesario pagar una habitación completa para pasar únicamente unas horas... así que optan por la playa.
Para este tipo de visitante, la playa les permite permanecer en la ciudad hasta el momento de desplazarse al aeropuerto sin asumir el coste de otro alojamiento.
La noche en la playa también tiene costes para los turistas
En cualquier caso, aunque dormir frente al Mediterráneo pueda parecer una alternativa gratuita y diferente, la experiencia está lejos de resultar cómoda o segura.
Como hemos mencionado anteriormente, los turistas deben permanecer atentos a sus pertenencias y evitar dejar a la vista teléfonos, documentación u otros objetos de valor. Algunos grupos incluso se organizan para turnarse y mantener a una persona despierta mientras los demás descansan.

La presencia de carteristas en las zonas más turísticas de Barcelona (como en La Barceloneta) forma parte también de las advertencias que los propios viajeros encuentran en redes sociales, y a ello se suma que el descanso es necesariamente intermitente. Durante la madrugada, los servicios municipales de limpieza necesitan acceder a la arena. Los turistas deben recoger sus pertenencias y apartarse temporalmente para permitir los trabajos, antes de volver a instalarse cuando terminan.
Además, hay que recordar que dormir en la playa no está permitido. La pernoctación en las playas barcelonesas está prohibida y las personas que permanecen allí durante la noche pueden ser desalojadas por los agentes municipales.
Dormir en la arena de la playa es ilegal... pero gratis si no te pillan
Quienes duermen en la arena pueden enfrentarse a sanciones de hasta 600 euros en determinados supuestos y la actuación municipal, además, debe distinguir entre turistas que buscan ahorrarse una noche de hotel y personas que se encuentran en una situación de sinhogarismo.
En las mismas playas pueden coincidir visitantes que intentan reducir sus gastos de vacaciones y personas para las que dormir al aire libre no es una elección vinculada al precio de un hotel, sino consecuencia de su situación residencial.
Sea como fuere, la imagen de los turistas durmiendo frente al mar resume la paradoja propia del verano barcelonés: una ciudad que concentra una enorme oferta turística y que, al mismo tiempo, lleva a algunos de sus propios visitantes a prescindir de ella cuando el precio de una cama supera lo que están dispuestos a pagar.




