1Microsueños y lapsos de atención
Lo preocupante de los lapsos de atención asociados a dormir poco no es que se noten, sino que no se notan. El experimento clásico de Van Dongen, de la Universidad de Pensilvania, mantuvo a adultos sanos durmiendo solo seis horas durante 14 días: al final, sus fallos en pruebas de vigilancia eran equiparables a los de quien lleva dos noches seguidas sin dormir, y las omisiones de respuesta se multiplicaron por cinco respecto al primer día. La paradoja es que los participantes apenas declaraban más somnolencia: la percepción subjetiva se adapta al déficit, mientras el rendimiento objetivo sigue hundiéndose en línea casi recta. Dormir en torno a seis horas y media se sitúa justo en esa zona de deterioro silencioso, donde el cerebro comete más errores de los que la persona cree, reacciona más lento y deja de registrar estímulos sin que quien lo sufre lo atribuya a la falta de sueño.
El extremo de ese deterioro son los microsueños, episodios involuntarios de segundos en los que el cerebro deja de procesar el entorno sin que haya pérdida total de conciencia. Un trabajo del MIT y la Universidad de Boston publicado en Nature Neuroscience en 2025 registró, con resonancia y electroencefalograma, que cada caída de atención tras una noche sin dormir coincidía con una ola de líquido cefalorraquídeo, el mismo mecanismo de limpieza que opera durante el sueño profundo: el cerebro entra en un estado local de reposo mientras la persona parece despierta, anteponiendo su mantenimiento interno a la vigilia. El riesgo no es solo académico: un microsueño de cuatro o cinco segundos al volante equivale a recorrer la longitud de un campo de fútbol a velocidad de autopista, y quien acumula deuda de sueño puede sufrirlo con los ojos abiertos, sin ningún aviso previo.
