La caída de los influencers ya tiene cifras: el 69,8% de sus seguidores cree que abusan de la publicidad encubierta. Así lo recoge la 28ª edición de Navegantes en la Red, elaborada por la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC).
Qué dicen los datos del hartazgo
El 56,4% de los entrevistados sigue a algún influencer, youtuber o streamer. Vamos, que nos siguen gustando. El problema no es que miremos sus vidas, es lo que intentan colarnos mientras las miramos.
Además, el 61,9% considera que la mayoría de sus publicaciones son publicidad, tres puntos más que hace dos años. O sea, la confianza no se ha roto por un escándalo puntual: lleva tiempo desgastándose.
La subida de tres puntos en dos años no parece una revolución, pero es una señal: la desconfianza crece en silencio. La publicidad encubierta se ha normalizado tanto que parte del público ya da por hecho que todo vídeo esconde una venta. Cuando una comunidad piensa así, el pacto entre creador y seguidor empieza a resquebrajarse.
Ese malestar no se traduce en un éxodo masivo, ojo. Seguimos ahí, dándoles plays. Pero el vínculo se ha convertido en una especie de voyerismo escéptico: miramos, disfrutamos y, a la vez, afinamos el detector de humo.
El mapa de plataformas se ha movido (y no por casualidad)
Mientras la confianza baja, el uso de redes no para de crecer. El 87% de los internautas usa redes a diario y el 42,5% pasa más de una hora al día. Instagram sigue líder con un 75% de penetración; Facebook cae al 58,9%. Pero el cambio grande está en TikTok, que supera por primera vez a X con un 41,3% frente al 32,2%. En cinco años, TikTok ha sumado 24 puntos. El centro de gravedad se ha movido.
El hartazgo no es un escándalo puntual; es la suma de campañas mal disimuladas que van minando la confianza.
La lectura es sencilla: Instagram y TikTok son plataformas donde la publicidad encubierta se disfraza mejor. Un vídeo con un producto parece menos anuncio que un tuit patrocinado. Por eso el 69,8% de percepción de abuso sabe especialmente mal. La comunidad ya no compra humo. Y si lo compra, lo compra sabiéndolo.
La confianza rota va más allá de la publicidad
El problema no se queda en las marcas. Los creadores con millones de seguidores se han convertido en altavoces capaces de marcar el debate público. El lío en torno a Ceuta es el ejemplo: discursos sobre inmigración, seguridad o menores extranjeros se han simplificado y, en algunos casos, han reproducido argumentos que ya circulan en la ultraderecha.
La audiencia de un creador puede superar a la de muchos medios tradicionales. Y eso obliga a preguntarse si vale lo mismo una opinión informada que una ocurrencia con millones de reproducciones.
Mi lectura: la fama no es un título de experto. Se puede opinar de todo, sí; pero cuando tu opinión llega a millones con la confianza de una comunidad, el coste de equivocarse ya no es personal. La caída de los influencers no significa que dejen de tener audiencia, significa que el público está aprendiendo a mirarlos con gafas de sospecha. Y eso es irreversible.
El Salseómetro
Nivel de salseo: 7/10. No hay un único escándalo, pero la acumulación de cifras y polémicas mantiene la conversación encendida. El hartazgo se nota en los comentarios y en los unfollows, con la comunidad debatiendo si el modelo publicitario de los creadores ha reventado del todo. (La red echa humo, pero en modo silencioso.)
📱 El TL;DR (Too Long; Didn't Read)
- 👤 De quién hablamos: Los influencers y creadores de contenido en España.
- 📲 En qué red social ha pasado: Instagram y TikTok, el centro del nuevo consumo.
- 🔥 Por qué es viral: Porque el 69,8% de sus seguidores cree que abusan de la publicidad encubierta.



