El telescopio James Webb detecta por primera vez el radical metilo fuera de la Vía Láctea

El telescopio ha logrado ver dentro de una galaxia sepultada por polvo cósmico desde hace décadas. Lo que ha encontrado allí obliga a revisar los modelos sobre cómo nace la química de la vida.

Si alguna vez te preguntaste dónde empiezan a formarse los ingredientes de la vida, la respuesta ya no está solo en planetas templados. El James Webb acaba de detectar, por primera vez fuera de la Vía Láctea, un compuesto llamado radical metilo, escondido en el corazón de una galaxia situada a 1.300 millones de años luz.

El hallazgo no es un dato menor para la comunidad científica. Un equipo liderado desde España ha encontrado un inventario químico tan rico que los propios investigadores lo describen como una fábrica orgánica en marcha, algo que los modelos teóricos actuales no terminan de explicar.

Cómo el James Webb ha visto lo invisible

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La galaxia en cuestión se llama IRAS 07251-0248 y hasta hace poco era prácticamente imposible de estudiar. Su núcleo permanece sepultado bajo capas de gas y polvo tan densas que bloquean casi toda la radiación que emite el agujero negro supermasivo de su centro, dejando ciegos a los telescopios convencionales.

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El James Webb ha resuelto ese problema gracias a su capacidad de observar en infrarrojo, la única longitud de onda capaz de atravesar esa cortina de polvo. Con datos espectroscópicos que cubren de 3 a 28 micras, el equipo ha logrado "leer" por primera vez la química que se escondía en ese núcleo oscurecido.

Una primera detección histórica

En el corazón de esta investigación está el trabajo del James Webb, que ha permitido identificar moléculas como el metano y el benceno junto a un hallazgo mucho más llamativo: el radical metilo, un compuesto muy reactivo que nunca antes se había visto fuera de nuestra propia galaxia. Este tipo de sistema se clasifica como galaxia ultraluminosa en el rango infrarrojo, una categoría que suele nacer de la colisión violenta entre dos galaxias.

Esa fusión antigua desató una actividad energética extrema, y es precisamente ese entorno el que parece favorecer la aparición de química orgánica compleja. Los resultados se publicaron en febrero de 2026 en Nature Astronomy, una de las revistas más prestigiosas del sector.

Un reservorio que desafía los modelos teóricos

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Lo que más ha desconcertado a los científicos no es solo qué se ha encontrado, sino cuánto. La cantidad de moléculas orgánicas detectadas es tan grande que los modelos actuales no logran explicarla del todo, lo que obliga a revisar cómo se piensa que evoluciona la química en este tipo de entornos galácticos.

Los investigadores creen que la clave está en los rayos cósmicos generados por el agujero negro central. Estas partículas de alta energía fragmentarían el polvo rico en carbono, liberando los ingredientes básicos que después se recombinan para formar compuestos cada vez más complejos.

Quién está detrás del hallazgo

El estudio ha sido liderado desde España, con el Centro de Astrobiología (CAB, CSIC-INTA) a la cabeza de un equipo internacional. En el trabajo también han participado el Instituto de Física Fundamental, la Universidad de Alcalá y la Universidad de Oxford, una colaboración que sitúa a la ciencia española en primera línea del uso científico del telescopio.

Esta implicación no es casual: España cuenta con una tradición sólida en astroquímica, con infraestructuras como el radiotelescopio de Yebes o el del IRAM en Sierra Nevada, que llevan años rastreando moléculas en el medio interestelar de nuestra propia galaxia.

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Entre los aspectos más destacados de la investigación están:

  • La detección del radical metilo fuera de la Vía Láctea, una primera vez histórica.
  • Un inventario químico que incluye metano, benceno y otros compuestos orgánicos.
  • Un origen probable ligado a los rayos cósmicos del agujero negro central.
  • La confirmación de que los núcleos galácticos oscurecidos pueden actuar como laboratorios químicos.

Qué significa esto para el origen de la vida

Este hallazgo se suma a una tendencia que lleva años ganando fuerza en astrobiología: cada vez hay más pruebas de que los ladrillos químicos de la vida están mucho más repartidos por el universo de lo que se pensaba hace apenas una década. No hace falta esperar a que exista un planeta o una estrella para que empiece esa química.

La recomendación de los expertos es clara: ampliar este tipo de observaciones a otras galaxias oscurecidas para comprobar si lo visto en IRAS 07251-0248 es una excepción o, en realidad, una regla mucho más común de lo que se imaginaba sobre cómo nace la complejidad química en el cosmos.