Seis antiguos parques nacionales de EE.UU. que aún puedes visitar

De una isla sin coches en Míchigan a un cementerio circular en Tennessee, 26 enclaves han sido retirados de la lista del Servicio de Parques Nacionales. Estos seis conservan la belleza y la historia que un día los hicieron merecedores del título.

A solo tres años de que Yellowstone se convirtiese en el primer parque nacional del mundo, una pequeña isla en el lago Hurón se sumó a la lista. Era 1875 y Mackinac Island, un peñasco de poco más de diez kilómetros cuadrados salpicado de mansiones veraniegas y fuertes militares, se convirtió en el segundo parque nacional de Estados Unidos. Hoy, de aquel título solo queda el recuerdo: el parque fue desafectado en 1895 y transferido al estado de Míchigan. Pero la isla sigue ahí, con sus acantilados de caliza, sus carruajes tirados por caballos y la misma brisa del Hurón que sedujo a los primeros veraneantes. No es el único caso. De los 423 sitios que el Servicio de Parques Nacionales (NPS, por sus siglas en inglés) administra en la actualidad, una veintena larga ha sido dada de baja desde que el sistema echó a andar. Los motivos van desde la falta de visitantes hasta los imperativos de seguridad, pasando por traspasos administrativos. Pero la descatalogación no equivale a la desaparición, y estos seis antiguos parques nacionales —hoy reconvertidos en parques estatales, áreas recreativas o monumentos— siguen abiertos a quien sepa encontrarlos.

Mackinac Island: el parque que prohibió el coche

Mackinac National Park nació en 1875, solo tres años después de Yellowstone. Su existencia como parque nacional se prolongó durante dos décadas, hasta 1895. La isla, enclavada en el estrecho que separa los dos grandes lóbulos del lago Hurón, había sido durante siglos un punto estratégico para los odawa, una tribu nativa experta en el comercio de pieles. La colonización europea los desplazó, y Mackinac se transformó en una plaza militar clave durante la Guerra de 1812.

Cuando el conflicto terminó, Fort Mackinac permaneció como guarnición. El Congreso vio una oportunidad y, en lugar de crear un nuevo organismo gestor, asignó al Departamento de Guerra la responsabilidad del parque. Los propios soldados se encargaban de su mantenimiento. Pero hacia 1890, el ejército ya no necesitaba la base y amenazó con retirarse. El gobernador de Míchigan pidió al Congreso que transfiriese la propiedad al estado, y así sucedió.

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Hoy, Mackinac Island State Park es un parque estatal que conserva la esencia de otro tiempo. El rasgo que más sorprende al visitante es la prohibición absoluta de vehículos a motor, vigente desde hace más de un siglo. Para moverse por sus carreteras onduladas solo hay dos opciones: la bicicleta o el coche de caballos. El silencio envuelve los senderos que conducen al Arch Rock, un arco natural de caliza que se eleva 44 metros —equivalente a un edificio de quince plantas— y que fue una de las formaciones geológicas que convencieron al Congreso para declarar el parque. Los excursionistas pisan hoy el mismo suelo que hace 150 años se consideró digno del máximo rango federal.

Verendrye: un monumento a la duda histórica

En la orilla del Misuri, a las afueras de lo que hoy es New Town, Dakota del Norte, se alza un peñasco de 172 metros conocido como Crowhigh Butte. El contraste es brusco: una cresta dentada que brota sin aviso del terreno llano que la rodea. Para los pioneros del siglo XIX, aquel promontorio fue un punto de navegación indispensable. También lo fue para el Congreso, que en 1917 lo proclamó Verendrye National Monument.

El nombre homenajeaba a Pierre Gaultier de Varennes, sieur de La Vérendrye, un explorador francocanadiense que, según la versión oficial de la época, había acampado en el lugar en 1742 junto a sus hijos. Una placa colocada en la base del promontorio conmemora «el descubrimiento de esta área por los Hijos de Verendrye, célebre explorador francés». Pero la historia es huidiza. En los años cincuenta, varios historiadores empezaron a cuestionar que la expedición de Verendrye hubiese llegado realmente hasta Crowhigh Butte. Las dudas fueron suficientes para que en 1956 el Congreso lo retirase de la lista y lo entregara al estado de Dakota del Norte, que lo rebautizó como Crow Flies High State Recreation Area.

La paradoja es que la descatalogación no le ha restado un ápice de interés a este rincón. El motivo por el que los pioneros se fijaban en él sigue intacto: la vista desde la cima abarca un horizonte despejado que explica por qué nadie podía ignorarlo. El visitante actual no encontrará centro de interpretación ni museo, pero sí la misma soledad que buscaban los primeros exploradores.

Shasta Lake: un embalse con fantasma incluido

De todos los antiguos parques nacionales, el área recreativa de Shasta Lake tuvo el paso más fugaz: solo tres años, entre 1945 y 1948. La brevedad no fue por falta de atractivos. El embalse de Shasta, en el norte de California, acababa de nacer. La presa de Shasta, una mole de hormigón en curva de 183 metros de altura —la segunda más alta del país en el momento de su construcción, solo por detrás de la presa Hoover—, se había completado tras más de cuatro años de obras en el marco del Central Valley Project, una vasta red de canales y embalses a lo largo del río Sacramento.

La presa fue considerada una proeza de la ingeniería. Pero al NPS no le duró el interés, y pronto el Servicio Forestal asumió la mayor parte del terreno. Hoy, el área se divide entre el Shasta-Trinity National Forest, que abarca cerca de 890.000 hectáreas, y el Whiskeytown-Shasta-Trinity National Recreation Area, de casi 100.000 hectáreas. El NPS se quedó con un fragmento, el Whiskeytown National Recreation Area, gestionado de forma independiente.

El tesoro más insólito está bajo el agua. Antes de que el embalse existiera, en ese valle prosperaba Whiskeytown, un pueblo de la fiebre del oro. Las aguas sepultaron sus edificios, pero los restos del poblado fantasma aún son visibles para los submarinistas y buceadores que se sumergen en el lago. En superficie, el paisaje es otra cosa: águilas calvas, leones de montaña, nutrias de río y tortugas de estanque del oeste conviven en un enclave que pasó de ser parque nacional a una joya poco conocida del norte californiano.

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Lewis and Clark Caverns: la cueva que nadie visitaba

En 1908, el NPS incorporó esta caverna de Montana a su lista de monumentos nacionales con un nombre ilustre: Lewis y Clark. Sin embargo, los dos exploradores nunca pisaron sus galerías. La cavidad permaneció oculta hasta 1892, cuando dos cazadores tropezaron con ella y decidieron abrirla al público bajo el nombre de Limespur Cave. Dieciséis años después, el NPS la adquirió.

El problema era llegar. Apenas 80 kilómetros al oeste de Bozeman, sí, pero por carreteras tan maltrechas que el trayecto se volvía una penitencia. Y aun llegando, aguardaba una caminata cuesta arriba de 45 minutos, sin guardabosques que recibieran al viajero y sin iluminación interior en la cueva. Con semejante combinación, el turista lo pensaba dos veces. Por seguridad, el NPS cerró las cavernas en 1937.

El cierre fue el preludio de una resurrección. El Civilian Conservation Corps, el cuerpo de trabajo juvenil creado durante la Gran Depresión, se encargó de instalar mejoras esenciales en las galerías. Ese mismo año, el Congreso traspasó el monumento a Montana, convirtiéndolo en el primer parque estatal del territorio. Hoy, Lewis and Clark Caverns State Park se promociona como «las cavernas de caliza más decoradas de Norteamérica». Quien desciende encuentra un universo mineral de estalactitas, estalagmitas, columnas y helictitas que la oscuridad protegió durante milenios.

Wheeler Geologic Area: una ciudad de gnomos en Colorado

El futuro turístico del Wheeler Geologic Area estaba condenado desde el principio. Las fotografías muestran un delirio geológico de agujas, pináculos y barrancos de color ceniza, una especie de ciudad encantada que el tiempo y la erosión han esculpido en la roca volcánica. Pero durante su etapa como monumento nacional, entre 1908 y 1950, muy pocos se aventuraban hasta allí. El sur de Colorado quedaba lejos, las carreteras eran un infierno de baches y, cuando el automóvil se instaló en el corazón de la cultura estadounidense, los viajeros preferían seguir conduciendo hacia destinos igual de espectaculares pero más accesibles, como el Pike's Peak.

Las cifras de visitas eran desoladoras. En 1943, solo 43 personas se registraron. El Congreso transfirió el área de nuevo al Servicio Forestal, la misma agencia que la custodiaba antes del NPS. Aquel había sido el primer monumento nacional de Colorado. Hoy, el antiguo Wheeler está integrado en la La Garita Wilderness, dentro de los confines del Rio Grande National Forest, que ocupa 752.000 hectáreas.

El acceso ha mejorado, y el paraje se ha convertido en un destino para aficionados a la geología. Las formaciones que se contemplan ahora no son sino el resultado de ceniza volcánica que, comprimida en capas de roca durante eones, se fue desgastando de forma irregular. El efecto es una profusión de torreones, bóvedas y grutas que alguien bautizó, con acierto desigual, como «la Ciudad de los Gnomos». Ni es ciudad ni tiene gnomos, pero la metáfora transmite la extrañeza de un lugar que parece salido de otro planeta.

Chattanooga National Cemetery: el camposanto que no encajaba

Entre los parques nacionales descatalogados, el Cementerio Nacional de Chattanooga es un caso singular. No hay montañas ni géiseres, sino 75 acres de colinas suaves donde reposan decenas de miles de soldados. La historia arranca en 1863, en plena guerra civil. Tras la batalla de Missionary Ridge, el mayor general de la Unión George Thomas ordenó crear un cementerio para los caídos en aquel enfrentamiento y en la batalla de Chickamauga. La orden se firmó el día de Navidad.

Al concluir la guerra, el gobierno compró los terrenos y añadió parcelas adyacentes para inhumar con dignidad a quienes no habían recibido sepultura formal durante el conflicto. En 1933 el cementerio pasó a la órbita del NPS, pero apenas once años después fue transferido al Departamento de Guerra, que ha conservado su nombre original.

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El camposanto atesora varios rasgos que lo distinguen de cualquier otro cementerio nacional. Es el único que alberga tumbas de prisioneros de guerra extranjeros: 78 alemanes de la primera guerra mundial y otros 108 de Alemania, Francia, Italia y Polonia de la segunda. Su trazado, obra del capellán del ejército Thomas B. Van Horne, aprovecha la topografía ondulante del terreno para distribuir las secciones de enterramiento en figuras poco usuales, como círculos y triángulos. Entre los sepulcros destacan el del sargento mayor Ray E. Duke, condecorado a título póstumo con la Medalla de Honor por su actuación en la guerra de Corea, y el de Cal Ermer, jugador de las Grandes Ligas de Béisbol y veterano de la Segunda Guerra Mundial.

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Cada uno de estos seis lugares cuenta una historia de auge, pérdida de estatus y adaptación. La administración que los gestiona ha cambiado, pero la materia prima —el arco de caliza de Mackinac, el buitre rocoso de Crowhigh Butte, el poblaje sumergido de Whiskeytown, las cavernas tapizadas de minerales, las agujas volcánicas de Colorado, los círculos funerarios de Tennessee— permanece intacta. El visitante que hoy recorre estos espacios no encontrará los centros de interpretación ni los sellos de pasaporte del NPS, pero sí una certeza: la descatalogación, a menudo dictada por la burocracia o la desidia, no borra la geología, ni la historia, ni el impulso de viajar hasta donde otros dejaron de mirar.