El deshielo de los polos lleva 20 años torciendo el eje de la Tierra, según la ciencia

Un fenómeno que suena a ciencia ficción ocurre de verdad bajo nuestros pies: el eje de rotación de la Tierra se mueve más rápido desde 2005. La ciencia recogida por Nature explica por qué el deshielo tiene la culpa y qué significa para el futuro del planeta.

Cada invierno, sin que nadie lo note desde la calle, el Polo Norte geográfico se desplaza unos centímetros respecto al año anterior. No es una leyenda ni una teoría marginal: la revista Nature se hizo eco de un estudio de la Universidad de Texas que documentó cómo, desde el año 2005, ese movimiento se aceleró de forma notable.

El responsable no es un cambio en el núcleo del planeta ni un fenómeno astronómico. Es algo mucho más cercano: el agua que antes estaba congelada en Groenlandia y ahora fluye hacia el mar, redistribuyendo el peso de la Tierra como si fuera una patinadora que abre los brazos.

Nature confirma el cambio de dirección del eje

Durante casi todo el siglo XX, el polo geográfico se desvió lentamente hacia el sureste, a un ritmo de unos 6 centímetros al año. Era un movimiento tan lento y constante que apenas llamaba la atención de nadie fuera de los círculos de geodesia.

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Todo cambió a partir de 2005. El investigador Jianli Chen, autor principal del estudio recogido por Nature, lo resumió con una frase que no deja lugar a dudas: "se ha producido un gran cambio". Desde entonces, el polo se mueve hacia el este a una velocidad hasta cuatro veces mayor que en las décadas anteriores.

De Groenlandia al Ártico: así viaja el agua que mueve el planeta

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Lo novedoso no es que el eje se mueva —eso ocurre desde siempre—, sino por qué se ha acelerado tanto en las últimas dos décadas. La respuesta está en el deshielo: cuando el hielo de Groenlandia se derrite, esa agua no desaparece, sino que se reparte por los océanos y cambia la distribución de masa de todo el planeta.

El efecto patinadora: física básica aplicada a un planeta entero

Para entenderlo sin fórmulas, imagina a una patinadora artística girando sobre el hielo. Cuando recoge los brazos, gira más rápido. Cuando los extiende, se frena. La Tierra funciona de forma parecida: su masa no está distribuida de manera uniforme y cualquier cambio en esa distribución afecta a cómo gira.

El hielo acumulado en los polos actúa como una especie de "peso" concentrado en un punto fijo. Cuando ese hielo se derrite y el agua se dispersa hacia el ecuador, la masa del planeta se redistribuye, y el eje de rotación reacciona a ese cambio, desviándose ligeramente de su trayectoria histórica.

Los científicos llevan más de un siglo observando este comportamiento, pero solo en las últimas décadas han podido atribuirlo con precisión al cambio climático de origen humano, gracias a mediciones satelitales cada vez más exactas.

¿Debe preocuparnos este desplazamiento?

La buena noticia es que este movimiento del eje no altera las estaciones, ni acorta ni alarga los días de forma perceptible, ni tiene ningún efecto directo sobre la vida cotidiana de nadie. Los cambios se miden en centímetros al año, una escala completamente invisible para nuestros sentidos.

Donde sí importa —y mucho— es en los sistemas que dependen de una precisión extrema: satélites de posicionamiento GPS, redes de telecomunicaciones y la sincronización horaria mundial. Pequeñas desviaciones acumuladas durante años pueden traducirse en errores de cálculo que los ingenieros deben corregir constantemente.

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Un termómetro silencioso del planeta

Lo más interesante, según los propios investigadores, es que este fenómeno funciona como una especie de termómetro inverso: midiendo cuánto se desplaza el polo, los científicos pueden estimar cuánto hielo se ha perdido en Groenlandia sin necesidad de sobrevolar la isla con instrumentos.

Una escala de tiempo que invita a la calma

Conviene recordar que estos desplazamientos se miden en décadas, no en meses. No hay ningún riesgo de un "vuelco" repentino del planeta ni nada parecido a las teorías catastrofistas que a veces circulan por internet.

Lo que viene: más datos, mejores modelos

Lejos de ser motivo de alarma, este tipo de hallazgos son una muestra de hasta qué punto la ciencia moderna es capaz de detectar cambios sutiles en un planeta que durante siglos parecía inmutable. Cada nuevo satélite y cada nueva generación de sensores permite a los investigadores afinar sus modelos y anticipar mejor cómo evolucionará este movimiento en las próximas décadas.

Para el ciudadano de a pie, la recomendación de los expertos es sencilla: no hace falta perder el sueño por esto. Sí merece la pena, en cambio, seguir de cerca cómo avanza el deshielo en Groenlandia y la Antártida, porque es el verdadero motor detrás de este y otros muchos cambios que el planeta está experimentando de forma acelerada.