La migración animal a todo detalle: cinco claves del biólogo Hugh Dingle

El biólogo Hugh Dingle identificó cinco características comunes a todas las migraciones: duración, linealidad, impasibilidad, conductas preparatorias y gasto energético. Un charrán ártico y las serpientes de cascabel de Canadá las ponen a prueba.

En la bahía de Monterey, un barco de observación ornitológica lanza arenques al agua. Una gaviota occidental, residente de la costa californiana, se abalanza sobre el pescado. A escasos metros, un charrán ártico —un ave de elegante silueta blanca y corona negra— ignora el festín. Prosigue su vuelo con rumbo fijo. Ha recorrido la mitad del trayecto desde Tierra del Fuego hasta los criaderos de Alaska, más de 30.000 kilómetros de migración anual. No se detendrá por un arenque. «Los animales en migración no reaccionan ante estímulos sensoriales que en otras circunstancias inducirían una respuesta inmediata», sentencia el biólogo evolutivo Hugh Dingle. Para el charrán, comer, descansar o aparearse pueden esperar. Ahora solo existe el destino.

El fenómeno de la migración ha fascinado a naturalistas desde Aristóteles, pero definirla con precisión científica resultó esquivo. Hugh Dingle, un biólogo estadounidense que ha pasado gran parte de su carrera observando insectos, propuso en los años ochenta cinco características que distinguen a una auténtica migración de otros desplazamientos. Su esquema no exige grandes tamaños ni hazañas épicas; lo mismo vale para un ñu africano que para un pulgón del rosal. Y esa universalidad es, precisamente, su mayor valor.

Los cinco rasgos de la migración

Dingle sostiene que la migración siempre implica un viaje prolongado que saca al animal de su hábitat familiar. No es un paseo errático en busca de alimento, sino un trayecto perseverantemente lineal: la ruta puede tener curvas adaptativas, pero carece de los zigzagueos del forrajeo cotidiano. Antes de partir, el organismo se prepara con conductas especiales. Las aves acumulan grasa, los insectos adquieren sensibilidad a determinadas longitudes de onda de la luz que los orientan. Al llegar al destino, se desencadenan rituales de asentamiento. El esfuerzo requiere un gasto energético excepcional, muy por encima del metabolismo de reposo. Y, por encima de todo, el migrante mantiene una fijación casi absoluta: estímulos que normalmente dispararían una reacción —un predador, un bocado tentador, una pareja potencial— quedan anulados. El animal se torna, en términos de Dingle, «impasible» durante el viaje. Es la quinta esencia del fenómeno: la concentración total en el objetivo.

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Esta definición contrasta con la de otros biólogos, como Joel Berger, de la Wildlife Conservation Society y la Universidad de Montana. Para Berger, especializado en grandes mamíferos terrestres, la migración es simplemente un «desplazamiento de ida y vuelta entre un territorio estacional y otro». Una fórmula práctica y fácil de aplicar a berrendos o alces, pero que dejaría fuera las migraciones de pulgones, que nunca regresan al punto de partida. Dingle, en cambio, busca una definición que abarque toda la escala animal y que ponga el foco en los mecanismos compartidos. Para él, lo importante no es la distancia ni el regreso, sino el proceso de preparación, el esfuerzo sostenido y la supresión de distracciones. Los pulgones, por ejemplo, se tornan sensibles a la luz azul del cielo cuando emprenden su viaje de dispersión; al aproximarse a una planta huésped, se vuelven receptivos a la luz amarilla reflejada por las hojas tiernas. Esas transiciones fisiológicas, aunque ínfimas, encajan en el mismo molde que la acumulación de grasa de un ave migratoria. La utilidad del quinteto dingleano no es académica. Permite entender por qué las migraciones son tan vulnerables a la fragmentación del hábitat: si un animal necesita un corredor lineal, no le vale cualquier parche de tierra; si requiere de una sobrealimentación previa, un clima cambiante puede desincronizar el pico de recursos con la partida.

Un charrán contra la tentación

características de la migración animal

El charrán ártico encarna el quinto rasgo con una precisión casi enigmática. Su viaje desde los confines australes de América hasta el borde del océano Ártico es el más largo de cualquier animal. Cada primavera y cada otoño recorre el doble de la circunferencia terrestre. La ciencia ha descubierto que durante ese trayecto el ave entra en un estado de motivación tan intenso que suprime respuestas a estímulos triviales. Dingle lo explica con un experimento improvisado: desde un barco en la bahía de Monterey, se lanzan arenques a las aves. Las gaviotas residentes, conocedoras de la generosidad humana, se abalanzan al instante. El charrán, en cambio, pasa de largo. «No reacciona», insiste Dingle. La explicación no es que el charrán no tenga hambre; es que su sistema nervioso está recalibrado para ignorar todo aquello que no esté directamente relacionado con la ruta migratoria.

Ese filtro atencional no es una decisión consciente, sino un mandato evolutivo. El charrán no pospone la comida por un ideal abstracto; lo hace porque sus ancestros que se distrajeron dejaron menos descendencia. La selección natural ha esculpido un mecanismo que inhibe la respuesta a estímulos periféricos durante la ventana temporal de la migración. Pasada esa ventana, el animal recupera sus prioridades normales. Pero mientras está en marcha, el único propósito es llegar a la colonia de cría en el Ártico, donde el verano ofrece 24 horas de luz para alimentar a los polluelos. Todo lo demás —arenques, tormentas, islas prometedoras— es ruido.

La ruta radial de la cascabel

No solo las aves exhiben las cinco propiedades dingleanas. En las praderas del sur de Alberta, Canadá, la serpiente de cascabel de la pradera (Crotalus viridis viridis) afronta un desafío migratorio que ilustra casi todas ellas. Allí, los inviernos son letales para un reptil. Para sobrevivir, las cascabeles necesitan refugiarse en madrigueras profundas, donde la temperatura nunca baja de cero. Pero ese tipo de guaridas no abunda. El biólogo canadiense Dennis Jørgensen, que investigó el fenómeno para el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), explica la consecuencia: «No hay muchas madrigueras que permitan sobrevivir al invierno en este entorno». La escasez de refugios obliga a cientos, incluso miles, de serpientes a compartir la misma cavidad subterránea. «Lo que vemos por aquí son grandes agregados de serpientes en madrigueras colectivas», añade.

Cuando llega la primavera y el sol calienta la superficie, las serpientes emergen, se exponen al calor y luego se dispersan radialmente en busca de alimento y pareja. Esta dispersión primaveral es una migración en regla, aunque de corta escala comparada con la del charrán. Para estudiarla, Jørgensen implantó quirúrgicamente minúsculos radiotransmisores a 28 ejemplares entre 2004 y 2005. Uno de ellos, una hembra registrada como «E», le permitió reconstruir la ruta con minuciosidad.

La madriguera de E estaba en la ribera del río Saskatchewan del Sur. El 8 de mayo abandonó el refugio y subió una ladera hasta tres rocas cubiertas de líquenes. Allí descansó al sol, y el día 27 reanudó la marcha. Ascendió una cuesta empinada entre artemisa y lodo grisáceo, se deslizó ladera abajo, cruzó un camino de tierra y un barranco húmedo con solidagos y zumaques. Tras atravesar dos campos de cultivo, llegó a una alambrada cubierta de maleza densa, donde las cuchillas de las segadoras no alcanzaban. Allí pasó el verano, recorriendo hasta 200 metros diarios, alimentándose de roedores y apareándose. En cuatro horas de caminata, un investigador puede cubrir lo que a la serpiente le llevó ocho semanas. La migración de E ya había recorrido más de cuatro kilómetros de distancia lineal desde el refugio invernal, y aún le quedaba el viaje de regreso.

El peaje de la carretera y el arado

características de la migración animal

La historia de E revela también el coste de la migración en un paisaje humanizado. Su veraniego refugio en la alambrada era productivo pero peligroso. Las cosechadoras pueden despedazar a una serpiente; los coches, en los caminos rurales, la aplastan como un cinturón de cocodrilo. Jørgensen teme que esos peligros estén sesgando la selección natural en contra de las serpientes más viajeras. «Sospecho que la selección natural, en este caso la muerte de las más arriesgadas, puede estar convirtiendo a mis serpientes migratorias en una población mucho más casera», afirma.

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El propio paisaje ha cambiado en las últimas décadas. Aldo Pederzolli, propietario de la finca que albergaba la madriguera de E, tiene 80 años y recuerda una época en la que las cascabeles eran más grandes y más numerosas. «Antes había una madriguera cerca del río —cuenta con melancolía—, y las serpientes migraban unos diez kilómetros hasta una pradera abierta llena de tuzas. Pero ya no». La madriguera cercana al río desapareció, quizás por la erosión o por las obras de drenaje, y con ella se extinguió una ruta migratoria que duraba generaciones. Ahora, las serpientes que aún viajan lo hacen por corredores cada vez más fragmentados. Las que sobreviven son las que se mueven poco y se quedan cerca de los refugios.

La desconexión de rutas migratorias no es exclusiva de los reptiles. Se repite en todos los continentes con las mismas consecuencias: una pérdida de diversidad genética, un empobrecimiento de los ecosistemas y, en último término, la desaparición del propio comportamiento migratorio. Algo que, para la especie, equivale a borrar una estrategia evolutiva de éxito. La migración, después de todo, surgió como respuesta a la variabilidad de los recursos. Eliminarla es dejar a la especie en manos de un único territorio, vulnerable a cualquier cambio.

El berrendo no salta vallas

características de la migración animal

El berrendo americano es el mamífero más veloz del continente: alcanza casi 100 kilómetros por hora. Pero tiene una peculiaridad que desconcierta a los biólogos: casi nunca salta una valla. En las llanuras de Montana o Alberta, millones de kilómetros de alambre de espino cortan sus rutas históricas. Los berrendos no las cruzan; simplemente se detienen. Joel Berger ha documentado cómo esta limitación física —o psicológica— estrangula sus migraciones. «Algunos rancheros piensan levantar un poco el alambre inferior para que los berrendos puedan pasar», cuenta, pero la solución no es tan sencilla. Las vallas no son el único obstáculo: carreteras, urbanizaciones y explotaciones de gas fracturan el paisaje. El berrendo ejemplifica cómo las cinco características propuestas por Dingle —y en especial el gasto energético y la supresión de distracciones— se estrellan contra las infraestructuras humanas.

Para Berger, el problema trasciende a una especie concreta. «La biodiversidad es algo más que un mero recuento de especies. La diversidad de ecosistemas, comportamientos y procesos también es importante, ya que contribuye a la riqueza, el vigor, la flexibilidad y la interconexión de las comunidades vivas del planeta». La desaparición de las migraciones de larga distancia no solo condena al berrendo o a la cascabel viajera; mutila un proceso ecológico cuyo valor apenas atisbamos.

El viaje que se apaga

Cuando una población abandona la migración, no solo pierde kilómetros. Pierde la capacidad de colonizar nuevos hábitats, de evitar catástrofes locales y de renovar su acervo genético. Dingle, Jørgensen y Berger coinciden, desde sus distintas ópticas, en que preservar las migraciones es preservar una de las fuerzas creativas de la evolución. No basta con proteger la madriguera de E; hay que salvaguardar el corredor que une la madriguera con el pastizal de verano, los puntos de descanso, la alambrada que actúa como pasillo seguro.

De regreso a la bahía de Monterey, el charrán ártico sigue indiferente al arenque. En unas semanas alcanzará la tundra y se sumará a la colonia que cría bajo el sol de medianoche. Su viaje es, al mismo tiempo, una hazaña individual y un legado de millones de años. Que siga siéndolo depende de que los humanos aprendamos a leer las rutas invisibles que otros animales trazan sobre nuestros mapas.