Frente a la costa de la isla indonesia de Lembeh, a apenas cinco metros de profundidad, la arena gris se extiende ondulada bajo el agua templada. Un buceador se detiene ante una caracola robusta, de seis puntas gruesas. La curiosidad le empuja a voltearla. Lo que encuentra es una hilera de ventosas y un par de ojos que le devuelven la mirada sin pestañear. El inquilino es un pulpo del coco, Amphioctopus marginatus, que sujeta con sus brazos las dos valvas de una almeja. Al notar la presencia humana, las deja caer, eleva levemente el cuerpo, sale de la concha y, en cuestión de segundos, su piel adopta el mismo tono gris oscuro de la arena. Da la impresión de estar evaluando la situación. Luego, con un solo tirón, vuelca la concha y se refugia en su interior. El animal entero, del tamaño de un pulgar, desaparece como si nunca hubiera estado allí.
Esta escena, cotidiana para los guías locales, encierra una de las capacidades más asombrosas del reino animal: la de mudar de piel a voluntad para borrarse del paisaje. Los pulpos, junto con las sepias y en menor medida los calamares, son los maestros indiscutibles del camuflaje dinámico. Ningún otro ser vivo cambia de color, patrón y textura con la velocidad y la precisión de un cefalópodo. Para lograrlo, han desarrollado una auténtica «piel inteligente» que convierte su manto en un lienzo vivo, una obra de ingeniería evolutiva que integra pigmentos, sensores de luz, músculos y una red neuronal descentralizada.
Un encuentro que no se olvida
En el mismo arrecife de Lembeh, una mañana clara y soleada, el guía Amba hace una señal enérgica. Ha visto un pulpo. Pero el buceador que le sigue no distingue nada: solo rocas recubiertas de coral y esponjas de colores. Amba insiste, señala hacia un punto fijo. Tras varios segundos de escrutinio, aquella zona oscura de coral aterciopelado se delata: no es un coral, sino un gran pulpo azul, Octopus cyanea, del tamaño de un plato. El engaño es tan perfecto que cuesta creer que el animal no hubiera estado ahí desde el principio. Un movimiento casi imperceptible —un brazo que repta medio centímetro— basta para que el contorno del pulpo se recorte contra el fondo como si un velo se apartara de repente.
Los pulpos y las sepias de aguas someras, aquellos que cazan de día, han llevado el arte de la ocultación a un nivel que roza lo sobrenatural. No es que sean invisibles: es que pueden ser, por turnos, una roca, un manchón de algas o una esponja, y cambiar de disfraz en un instante. La bióloga y divulgadora Sy Montgomery lo expresó con justeza: «Si un pulpo pudiera hablar, quizá nos preguntaría por qué nosotros necesitamos espejos para saber cómo somos». La comparación con otros maestros del engaño sirve para calibrar la magnitud de la proeza. Un pejesapo se asemeja a una esponja naranja, pero es siempre la misma esponja. Un pez plano del color de la arena seguirá siendo un pez plano. El pulpo, en cambio, se reinventa sobre la marcha, tantas veces como sea necesario.
Un fósil que habla desde el cretáceo

En un despacho sin ventanas del Museo de Historia Natural de Londres, el paleontólogo Jakob Vinther, de la Universidad de Bristol, señala una losa de piedra caliza de grano fino y tono pálido. Tiene claramente impresa la silueta de un pulpo. La mancha oscura que se aprecia en el centro del manto es el depósito de tinta, melanina preservada químicamente durante decenas de millones de años. «Eso que ves ahí es el depósito de tinta —explica Vinther—. En realidad es pigmento, melanina preservada químicamente.»
«Eso que ves ahí es el depósito de tinta. En realidad es pigmento, melanina preservada químicamente.» — Jakob Vinther, Universidad de Bristol
Los brazos del fósil cuelgan sueltos y cada uno está marcado por varias hileras de círculos minúsculos. «Y esas pequeñas estructuras redondas son las ventosas», añade Vinther. El origen del ejemplar lo vuelve aún más extraordinario: «Proviene de una localidad libanesa donde se han encontrado todo tipo de criaturas de cuerpo blando en excelente estado de conservación». Vivió hace unos 90 millones de años, en un mar desaparecido cuyo lodo fino y calcáreo sepultó lampreas, gusanos de fuego y otros animales sin esqueleto. Para un grupo como los cefalópodos, compuesto casi exclusivamente por tejidos blandos, hallar un fósil así es un golpe de suerte científica: solo se conocen un puñado de ejemplares en todo el mundo.
Los cefalópodos —literalmente «cabeza con pies»— surgieron hace más de 500 millones de años, antes que los peces, a partir de un diminuto molusco con una concha parecida al sombrero de una bruja. En el Ordovícico, algunos de los depredadores más formidables del océano eran cefalópodos acorazados. Endoceras giganteum, ya extinto, pudo haber lucido una concha de más de cinco metros de longitud. Hoy sobreviven unas 750 especies de cefalópodos, de las cuales alrededor de 300 son pulpos, junto con calamares, sepias y un puñado de nautilos, los únicos que aún conservan la concha externa.
El secreto de la piel mutante
La clave del camuflaje instantáneo reside en tres tipos de células especializadas que cooperan en milisegundos. Las más célebres son los cromatóforos, unos sacos microscópicos llenos de pigmento negro, marrón, rojo, naranja o amarillo, rodeados por fibras musculares que se contraen o relajan bajo control nervioso directo. Si las fibras se tensan, el saco se expande y el color aflora; si se relajan, el pigmento se concentra en un punto y la piel recupera su tonalidad base. El pulpo capricornio, Callistoctopus alpheus, lo demuestra de forma espectacular: con las motas cerradas es un animal discreto; si las abre todas de golpe, se vuelve rojo con lunares blancos. En algunas especies se han contado hasta 200 cromatóforos por milímetro cuadrado, una densidad que permite un detalle casi fotográfico.
Pero el camuflaje no sería perfecto sin la textura. Los pulpos pueden erizar pequeñas papilas en su piel —unas proyecciones musculares que imitan rugosidades, protuberancias o espinas— para replicar la superficie de una roca, un coral o un montículo de algas. Y, además, disponen de células reflectantes, los iridóforos y leucóforos, que crean iridiscencias, brillos metálicos y tonalidades azuladas o verdosas que los cromatóforos no pueden generar por sí solos. La combinación de los tres sistemas permite que un pulpo pase de liso y jaspeado a rugoso y moteado en un parpadeo, engañando no solo la vista de los depredadores sino también la de sus presas.
Un caso extremo es el pulpo maravilla, Wunderpus photogenicus, que habita en las aguas cálidas y someras del Indo-Pacífico. Su librea a franjas contrastadas rompe la silueta del animal con tal eficacia que los buceadores a menudo lo confunden con una serpiente marina venenosa. Pero la verdadera maravilla no es ese disfraz fijo, sino el hecho de que, al desplazarse sobre una arena uniforme, las bandas se desvanecen y el cuerpo adopta un patrón punteado que imita a la perfección el sedimento circundante.
Una piel que todo lo siente

La sofisticación de esta «piel inteligente» va más allá del cambio de color. Cada ventosa de un pulpo está recubierta de receptores gustativos, lo que equivale a tener el cuerpo sembrado de centenares de lenguas. Al tocar un objeto, no solo lo siente: lo saborea. Además, la piel posee células sensibles a la luz, los fotorreceptores cutáneos, que permiten al animal detectar cambios de luminosidad sin intervención del cerebro central. Puede, literalmente, «ver» con la piel. Esta red de sensores descentralizada impregna al pulpo de una sensibilidad táctil y visual que ningún otro invertebrado posee, y explica en parte por qué desaparece con tal precisión incluso antes de que una sombra lo delate.
El sistema nervioso del pulpo común, Octopus vulgaris, es descomunal para un invertebrado: contiene alrededor de 500 millones de neuronas, casi las mismas que un perro, y dos tercios de ellas se reparten por los brazos y la periferia, no en el cerebro central. Esa arquitectura distribuida le otorga una autonomía motora sorprendente: un brazo puede seguir explorando o huyendo aunque esté separado del resto del cuerpo, y los brazos parecen «decidir» a qué estímulo prestar atención sin esperar instrucciones del ganglio principal.
La capacidad de aprender, recordar y resolver problemas está bien documentada. Pulpos de acuario han aprendido a desenroscar tarros para obtener comida, a distinguir símbolos geométricos, a reconocer a cuidadores concretos e incluso a sabotear sistemas de filtración. Algunos individuos han mostrado conductas que rozan el juego, soplándole un chorro de agua a un objeto repetidamente sin ningún beneficio aparente. Todo ello ha llevado a varios científicos y filósofos a preguntarse si, más allá de la inteligencia funcional, estos animales poseen algún tipo de conciencia subjetiva.
Los campeones del engaño
En los fondos marinos, el mimetismo es moneda corriente: pejesapos que imitan esponjas, cangrejos que se adornan con algas, babosas con apariencia de anémonas. Pero casi todos esos engaños son estáticos. El pulpo añade una dimensión temporal: cambia mientras se mueve, adaptándose a cada parche de sustrato que pisa. En un experimento clásico, un pulpo colocado sobre un tablero de ajedrez fue capaz de reproducir en su manto un patrón de cuadros, y cuando lo trasladaron a un sustrato de puntos, los cuadros se transformaron en motas. La transformación no es imperfecta: en laboratorio, los pulpos han logrado engañar a ordenadores entrenados para detectar a cefalópodos escondidos.
Varios depredadores, como los tiburones y las morenas, dependen del olfato y del movimiento para localizar a sus presas, así que el camuflaje no basta si el pulpo se mueve de forma torpe. Por eso muchas especies añaden un repertorio gestual: desplazamientos sinuosos que imitan el vaivén de las algas, posturas rígidas para asemejarse a una roca, o la capacidad de aplanarse contra el fondo como una hoja. El gran pulpo azul, Octopus cyanea, es un experto en este arte: puede recorrer diez metros sobre arena abierta cambiando de coloración y de marcha en cada nuevo segmento del trayecto, de modo que a los ojos de un merodeador parece una nube de sedimento levantada por la corriente.
Entre gigantes y enanos

El grupo de los pulpos abarca desde el gigante del Pacífico, Enteroctopus dofleini, cuyos brazos pueden superar los dos metros y cuyo peso ronda los 100 kilogramos, hasta el pulpo pigmeo, Octopus wolfi, que en edad adulta apenas alcanza los 30 gramos. Cada especie ha afinado su estrategia de ocultación al ambiente que ocupa. Los que viven en llanuras arenosas, como el pulpo pálido Octopus pallidus, emergen de noche con una librea cremosa que se funde con el sedimento. Los que habitan en corales ramificados, como el pulpo maravilla, explotan las líneas quebradas y los contrastes del sustrato. Incluso los que frecuentan las praderas de fanerógamas marinas han aprendido a ondular los brazos para parecer una hoja más que flota a la deriva.
Esta diversidad camaleónica se apoya en una biología igualmente dispar: tres corazones que bombean sangre azul basada en hemocianina, un pico córneo como única parte dura, y la facultad de expulsar un chorro de tinta mientras se impulsan con un sifón tubular. Sin huesos, un pulpo puede escurrirse por una grieta del diámetro de una moneda, una habilidad que ha amargado a más de un acuarista.
Y sin embargo, todo ese prodigio tiene un final abrupto. En la mayoría de las especies, la hembra deposita una única puesta de huevos, los custodia sin alimentarse durante semanas o meses, y muere justo después de que eclosionen. Las crías emergen completamente solas, con su dotación innata de capacidades sensoriales y motrices, listas para empezar su propia partida de ocultación.
El enigma de la conciencia blanda
Si los pulpos nos resultan tan fascinantes, no es solo por lo que hacen, sino por la manera en que nos miran. «De todos los invertebrados, los pulpos son los que más se nos parecen —escribió la periodista científica Katherine Harmon—. En parte por la manera en que te devuelven la mirada, como si estuvieran escrutándote.» Esa sensación de reciprocidad ha llevado a que algunos investigadores coloquen al pulpo en el centro del debate sobre la evolución de la mente. Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge, publicado en Current Biology, analizó las ondas cerebrales de pulpos durante el sueño y halló patrones que recuerdan a los del sueño REM de los vertebrados, una fase asociada a la consolidación de la memoria y quizá al contenido onírico. Los autores evitan hablar de sueños, pero la mera posibilidad de que un invertebrado experimente algo similar a una ensoñación aviva la pregunta de si la conciencia no es un patrimonio exclusivo de los cordados.
El neurocientífico Peter Godfrey-Smith, que bucea habitualmente con pulpos en la bahía australiana de Jervis, recoge en su libro Otras mentes una reflexión inquietante: «Si la conciencia surgió dos veces en la historia de la Tierra, a partir de dos linajes que se separaron hace más de 600 millones de años, entonces la mente no es un accidente improbable sino una solución recurrente de la evolución». Aunque faltan muchas pruebas para corroborar esa hipótesis, la sola idea de que el último ancestro común de pulpos y humanos fuera una criatura microscópica sin neuronas y que, a partir de ahí, ambos linajes desarrollaran sistemas tan distintos y a la vez tan sofisticados, confiere a cada encuentro submarino un aire de hermandad remota.
Desde la oficina del Museo de Historia Natural, Jakob Vinther contempla el fósil libanés y lo resume con la parquedad propia de un paleontólogo: «Esos animales ya estaban ahí, con todo su equipaje de trucos, cuando los dinosaurios aún dominaban la tierra». El mensaje es claro: el camuflaje del pulpo no es una novedad reciente, sino la destilación de millones de años de presión evolutiva. Lo que hoy nos parece magia pura es, sencillamente, el resultado de una carrera armamentística entre la luz, los ojos y la piel que empezó en los mares del Cretácico y que, a juzgar por la pericia de un pulpo del coco en las aguas de Lembeh, no ha hecho más que perfeccionarse.



