La proteína de los tardígrados que promete proteger a los pacientes de cáncer durante la radioterapia

Un equipo del MIT y la Universidad de Iowa ha probado en ratones una proteína de los tardígrados que reduce a la mitad el daño de la radioterapia en tejidos sanos. La ciencia empieza a mirar a estos diminutos supervivientes con otros ojos.

Si alguna vez te han hablado del cáncer y de lo dura que puede ser la radioterapia, esta noticia te va a interesar. Un grupo de científicos ha encontrado en uno de los animales más resistentes del planeta una posible solución para que ese tratamiento duela menos.

La clave está en un ser microscópico que sobrevive al vacío espacial, a la desecación total y a dosis de radiación miles de veces superiores a las que mataría a un humano. Su nombre: tardígrado. Y su secreto lleva años fascinando a la comunidad científica internacional.

El cáncer y el reto de proteger las células sanas

La radioterapia es uno de los tratamientos más usados contra el cáncer: se calcula que más de la mitad de los pacientes oncológicos la necesitan en algún momento de su enfermedad. El problema es que, además de destruir las células tumorales, también daña el tejido sano cercano.

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Ese daño colateral se traduce en efectos secundarios muy conocidos: llagas en la boca, pérdida de apetito, diarrea o quemaduras internas. Son molestias que, en los casos más graves, obligan a interrumpir el tratamiento justo cuando el paciente más lo necesita.

La proteína Dsup, el escudo natural del tardígrado

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Aquí es donde entra en juego una molécula que llevaba desde 2016 esperando su gran oportunidad. Los investigadores llaman a esta sustancia Dsup, abreviatura de "damage suppressor" o supresora de daños, y es exclusiva de los tardígrados.

Su función es casi literaria: la proteína se pega a las hebras de ADN de la célula y actúa como un escudo físico frente a la radiación ionizante, evitando que se rompan como suele ocurrir en cualquier otro organismo. Un mecanismo que también resulta clave para entender enfermedades relacionadas con el cáncer, ya que buena parte de los tratamientos oncológicos buscan precisamente dañar el ADN de las células tumorales sin tocar el de las sanas.

Durante casi una década, nadie había conseguido llevar esta protección más allá del laboratorio. Ahora, por fin, hay un camino claro para intentarlo en organismos vivos.

El experimento que cambia las reglas del juego

Un equipo coordinado por Giovanni Traverso, del MIT y el Brigham and Women's Hospital, junto con James Byrne, de la Universidad de Iowa, decidió probar si esa armadura molecular podía trasplantarse a otro animal. El estudio se publicó en Nature Biomedical Engineering y utilizó ratones con tumores en la boca como modelo de prueba.

Para introducir la proteína sin riesgos, los científicos recurrieron a nanopartículas de ARN mensajero, la misma tecnología que hizo posibles las vacunas contra la COVID-19. De este modo, las propias células de los ratones fabricaban Dsup de forma temporal, sin alterar su ADN de manera permanente.

Los resultados sorprendieron incluso a los propios investigadores: los tejidos protegidos sufrieron hasta un tercio menos de daño que los que no recibieron el tratamiento, y lo más importante, la protección no llegó a las células tumorales, que siguieron siendo destruidas con normalidad por la radiación.

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Lo que viene después del laboratorio

Antes de que esta técnica llegue a una consulta médica, quedan varios pasos por delante. El propio equipo insiste en que, aunque los resultados son prometedores, todavía es pronto para hablar de un tratamiento real para personas.

Los próximos ensayos deberán confirmar que el mecanismo funciona igual en tejidos humanos, algo que en biomedicina no siempre se traduce de forma directa desde el modelo animal. También habrá que estudiar la dosis exacta y la duración óptima de la protección para no interferir con la eficacia del tratamiento oncológico.

Entre las aplicaciones futuras que baraja el equipo científico destacan estas cuatro líneas de trabajo:

  • Reducir los efectos secundarios de la radioterapia en cáncer de cabeza y cuello.
  • Proteger tejidos sanos frente al daño acumulado de la quimioterapia.
  • Explorar su uso en astronautas expuestos a radiación cósmica en misiones largas.
  • Adaptar la tecnología de ARN mensajero a otras proteínas protectoras naturales.

Un futuro con más preguntas que certezas, pero con esperanza real

Lo que empezó como una curiosidad biológica sobre un animalito casi indestructible se ha convertido en una de las líneas de investigación más prometedoras para mejorar la calidad de vida de los pacientes oncológicos. No es magia ni una cura milagrosa, pero sí una prueba de que la naturaleza sigue teniendo mucho que enseñarnos.

Si los próximos ensayos confirman lo visto en ratones, la radioterapia del futuro podría ser bastante más llevadera que la actual. Y eso, para quien atraviesa un tratamiento oncológico, no es un dato menor: es la diferencia entre sufrir menos o sufrir mucho durante meses.