San José de Calasanz, el cura que se rebeló contra la Iglesia por dar clase gratis a los pobres

Cada San José de Calasanz, santoral del 25 de agosto, muchos españoles repiten un nombre sin saber del todo qué hay detrás: el de un cura de Huesca que se atrevió a montar, hace más de cuatro siglos, algo que hoy damos por hecho y que entonces era casi una provocación. Una escuela para niños pobres. Gratis. Sin condiciones.

No fue un gesto de caridad puntual. Fue una obsesión que le costó persecuciones dentro de su propia orden, calumnias ante el Santo Oficio y hasta la disolución de su proyecto en vida. Murió el 25 de agosto de 1648 en Roma, a los 90 años, sin ver reconocido del todo el alcance de lo que había construido.

San José de Calasanz, santoral del 25 de agosto: quién fue

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José de Calasanz nació el 11 de septiembre de 1557 en Peralta de la Sal, un pueblo de la comarca aragonesa de La Litera, hoy en la provincia de Huesca. Era el menor de ocho hermanos, hijo de un alcalde local y de una madre que, según las crónicas, fue maestra. Esa mezcla de autoridad y vocación docente marcaría su vida entera.

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Estudió Filosofía y Teología entre Lérida y Valencia, se ordenó sacerdote en Barbastro y se doctoró en Teología en Barcelona. Poco después llegó a Roma, donde descubriría su verdadera misión: no predicar desde el púlpito, sino enseñar a leer y escribir a quien nadie quería enseñar.

La primera escuela pública gratuita de Europa

Al recorrer los barrios pobres de Roma, Calasanz vio algo que le cambió el rumbo: niños abandonados a su suerte, sin acceso a ninguna instrucción. En 1597 pidió prestada la sacristía de la parroquia de San José de Calasanz en el barrio de Trastevere y empezó a dar clase él mismo, sin cobrar nada. Aquello se convirtió en la primera de las Escuelas Pías, germen de lo que hoy se conoce como los escolapios.

El proyecto creció deprisa: en apenas cuatro años ya superaba los 500 alumnos, y el propio papa Clemente VIII quedó tan impresionado que decidió costear el alquiler del edificio. Fue, según los historiadores, la primera escuela pública popular gratuita de la Europa moderna.

De la aprobación papal a la persecución interna

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En 1621 el papa Gregorio XV elevó la congregación al rango de orden religiosa bajo el nombre de Escuelas Pías, y sus miembros pasaron a llamarse escolapios. Lo que parecía un triunfo se convirtió, dos décadas después, en una pesadilla burocrática y personal para su fundador.

En 1646, tras acusaciones internas y una visita apostólica, el papa Inocencio X disolvió la orden. Calasanz, ya anciano, vio desmoronarse en vida la obra a la que había dedicado casi cinco décadas. Nunca llegó a ver su restitución: murió dos años después, en 1648, y no fue hasta 1669 cuando la orden recuperó todos sus derechos.

Por qué sigue vigente su legado en 2026

Calasanz fue canonizado en 1767 por el papa Clemente XIII, y en 1948 Pío XII lo nombró patrono universal de todas las escuelas populares cristianas del mundo. Hoy, casi 380 años después de su muerte, su nombre sigue apareciendo en la puerta de cientos de colegios repartidos por los cinco continentes.

Su método, resumido en el lema "Piedad y Letras", defendía algo que en su época sonaba casi revolucionario: que la educación temprana, bien impartida, marcaba el resto de la vida de una persona. Esa idea, hoy respaldada por la pedagogía moderna, fue la que él defendió sin apoyo institucional durante años.

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Entre los rasgos que explican por qué su figura resiste el paso de los siglos, destacan:

  • Fundó la primera escuela pública gratuita de Europa en 1597.
  • Defendió el derecho a la educación de todos los niños, sin distinción de origen social.
  • Resistió la disolución de su orden sin abandonar su proyecto educativo.
  • Fue declarado patrono universal de la escuela popular cristiana en 1948.

Lo que queda del legado calasancio hoy

La red de colegios escolapios sigue activa en España y en decenas de países, combinando la tradición fundacional con proyectos sociales dirigidos a la infancia en riesgo de exclusión. El espíritu original —enseñar al que no tiene recursos— se mantiene como seña de identidad, aunque los métodos y las aulas hayan cambiado por completo.

Lo interesante de mirar hacia 2026 es que la propuesta de Calasanz, la de una educación accesible y de calidad para todos, sigue siendo un debate abierto en muchos sistemas educativos actuales. Su historia funciona como recordatorio de que las grandes reformas educativas casi nunca nacieron de un despacho, sino de alguien dispuesto a dar clase en una sacristía prestada.