En Pripyat, los edificios ya no pertenecen a sus antiguos vecinos. Los abedules brotan en los patios donde antes se tendía la ropa; las fachadas de hormigón se cubren de musgo; los rótulos de las tiendas cuelgan torcidos sobre aceras por las que nadie camina. La ciudad ucraniana se vació en 1986, tras el accidente nuclear de Chernóbil, y desde entonces se ha convertido en el ejemplo más extremo de una fascinación que recorre el planeta: los lugares abandonados, esos escenarios donde la actividad humana se apagó y la naturaleza, lenta pero imparable, volvió a tomar el relevo.
No es solo Pripyat. En distintos continentes hay parques de atracciones, castillos, minas, estaciones de metro y cascos de barcos que comparten ese destino. Algunos cerraron por una catástrofe; otros, por una quiebra; otros, sencillamente, porque el mundo cambió y nadie volvió a necesitarlos. Todos guardan la huella de un tiempo en el que estuvieron vivos y el silencio que vino después.
Las guerras, los accidentes, los cambios climáticos, las pérdidas en bolsa, la bancarrota, la mala fama y los pasados intolerables figuran entre las razones que relegan un lugar al olvido. Estas ruinas de la vida real ofrecen una mirada misteriosa sobre cómo sería un mundo sin seres humanos. No son decorados de cine: son lugares que existen, que se pueden visitar en muchos casos y que atesoran historias de esplendor, fracaso y abandono.
La seducción de lo abandonado
¿Por qué atraen tanto las ruinas? Tal vez porque en ellas se lee el tiempo de otra manera. Un edificio sin uso es una página en blanco que la imaginación rellena con lo que pudo haber sido. La arqueología de lo reciente se ha convertido en un fenómeno cultural: fotógrafos, viajeros y curiosos recorren fábricas, sanatorios, parques y ciudades enteras en busca de la belleza que deja la decadencia.
Los lugares que se describen a continuación no son una lista cerrada, sino una muestra. Comparten el hecho de haber conocido días mejores y de haber caído después en un olvido que, a menudo, resultó más bello que el propio esplendor.
Ciudades que se apagaron de golpe
Pripyat es la más conocida de las ciudades fantasma. Fundada para albergar a los trabajadores de la central nuclear, llegó a tener casi 50.000 habitantes. Tras el accidente de Chernóbil, en 1986, la evacuación se realizó en pocas horas; los vecinos creían que volverían, pero nunca regresaron. La ciudad es un bosque con calles: los bloques de vivienda, la escuela, el palacio de cultura y el estadio continúan en pie, aunque la maleza avanza por las ventanas y los tejados. La naturaleza gobierna la ciudad, ajena a los niveles de radiación que todavía desaconsejan una estancia prolongada.
La isla Hashima, en Japón, vivió un apagón distinto. Durante décadas fue una mina de carbón próspera, con bloques de hormigón que llegaron a albergar a unos 5.000 mineros y sus familias. Cuando la gasolina sustituyó al carbón como principal fuente de combustible del país, la actividad cesó. Los trabajadores abandonaron sus viviendas y la isla quedó reducida a un esqueleto de edificios vacíos en medio del mar. La UNESCO la incluyó en la lista de Patrimonio de la Humanidad como testigo de la industrialización japonesa, pero su aspecto es el de un escenario postapocalíptico.
Más silenciosa aún es la ciudad de Shicheng, en China. Fundada hace 1.300 años, quedó sumergida bajo las aguas del río Xin'an cuando una planta hidroeléctrica inundó la zona. Permanece sumergida desde hace más de medio siglo. Los arcos de piedra, las escalinatas y los patios de la antigua urbe se conservan en notable estado, como si el agua los hubiera congelado en lugar de destruirlos. Los submarinistas que descienden hasta ellos hablan de una sensación irreal: caminar por calles que ya no pertenecen al aire.

Parques de atracciones congelados
El tiempo se detiene de forma brusca en los parques de atracciones. En Nueva Orleans, Six Flags Jazzland sufrió el embate del huracán Katrina. Las instalaciones quedaron tan dañadas que el parque no volvió a abrir. Sus montañas rusas, sus casetas y sus entradas se oxidan junto a las aguas. Varias empresas han anunciado planes para desarrollar el terreno, pero mientras tanto el recinto sigue siendo un escenario perfecto para una película de terror: atracciones intactas, taquillas vacías y el sonido del viento entre las estructuras metálicas.
En Japón, el parque Gulliver's Travels abrió sus puertas en 1997 a la sombra del Monte Fuji. Recibió ayuda financiera del gobierno japonés, pero la afluencia de visitantes no acompañó. Duró solo diez años. Sus réplicas de los escenarios de Jonathan Swift, sus columpios y sus estatuas se cubren de musgo en Kawaguchi. Es uno de esos lugares donde la extravagancia del proyecto contrasta con la rapidez de su declive.
En Waterbury, Connecticut, el parque Tierra Santa USA recreaba los pasajes de la Biblia. En los años sesenta y setenta atraía a unos 40.000 visitantes al año, según los registros. La decadencia comenzó en los ochenta y terminó con el cierre definitivo en 1984. Desde entonces, las figuras de santos y apóstoles se descuelgan entre la vegetación, y las vírgenes de yeso miran al vacío, en un silencio que tiene algo de sacrílego y algo de melancólico.

Fracasos que dejaron ruinas
No siempre es una catástrofe natural o un cambio energético lo que vacía un lugar. A menudo, el dinero se agota y el proyecto se desmorona. En Taiwán, las casas OVNI de Sanzhi se levantaron a partir de 1978 para alojar a oficiales del ejército estadounidense. Su diseño redondeado, con ventanas de colores y formas espaciales, parecía salido de una película de ciencia ficción. A principios de los años ochenta, la inversión desapareció y las obras se detuvieron. Durante décadas, el conjunto quedó a medio construir: cubos de hormigón con aspecto de platillos voladores que se hundían en la arena y la maleza.
En Colombia, el Hotel del Salto se construyó en 1928 para los turistas adinerados que viajaban a contemplar las cataratas del Tequendama. Durante años fue un alojamiento elegante, colgado sobre el abismo. Cuando la cascada se contaminó, los visitantes dejaron de acudir. El hotel se vació y comenzó a deteriorarse en su balcón natural. Es una de las postales del abandono latinoamericano: paredes desnudas, barandillas oxidadas y un salón de baile donde ya no suena música.
En Siberia Oriental, la mina de diamantes Mirny es un agujero colosal. Stalin ordenó su construcción para satisfacer la demanda de diamantes industriales de la Unión Soviética. Llegó a convertirse en el segundo agujero artificial más grande del mundo, con una profundidad que se traga la luz. La explotación se abandonó cuando las excavaciones se volvieron demasiado difíciles. La mina es un cráter vacío, tan profundo que las corrientes de aire crean turbulencias capaces de absorber helicópteros, según cuentan quienes la conocen.

El mar y la guerra como arquitectos
Algunos abandonos están ligados al agua y a los conflictos. El SS América fue un lujoso transatlántico construido en 1940 por la compañía estadounidense United States Lines. Era el mayor buque de pasajeros de su país. Tras décadas de servicio, sufrió una fuerte tormenta el 15 de enero de 1994 en las Islas Canarias, quedó varado en la costa de Fuerteventura y nunca volvió a navegar. Su casco oxidado asoma entre las olas, partido por el mar, convertido en un monumento a la ambición marítima.
En el estuario del Támesis, los fuertes marítimos Red Sands se levantaron durante la Segunda Guerra Mundial para proteger la desembocadura del río de los ataques aéreos alemanes. Consistían en plataformas de acero sobre pilotes, con baterías antiaéreas y cañones. Acabada la guerra, muchos quedaron abandonados, salvo aquellos reclamados por la micronación de Sealand. Se alzan sobre el agua como torres oxidadas, testigos de un conflicto que ya no tiene quien les dispare.
El castillo de Bannerman, en la isla Pollepel (Nueva York), nació de la guerra, pero de otra manera. Francis Bannerman VI construyó el edificio como almacén para guardar el 90 % de los equipos militares españoles que adquirió a buen precio tras la retirada de Cuba. En 1920, una explosión de más de doscientas libras de munición destruyó gran parte del conjunto. El resto quedó en ruinas. Los muros de ladrillo y las torres se recortan contra el río Hudson, como un castillo medieval que hubiera envejecido en pocas décadas.
Palacios, estaciones y fantasmas
La arquitectura abandonada no siempre es industrial o militar. En Bélgica, el castillo de Miranda fue levantado por aristócratas franceses que huían de la Revolución. Durante y después de la Segunda Guerra Mundial sirvió como orfanato. En 1980 quedó vacío. Desde entonces, sus salones desnudos, sus escaleras de mármol y sus torreones neogóticos atraen a cazadores de fantasmas y fotógrafos. El pasado del edificio, cargado de infancia y de guerra, lo convierte en uno de los espacios más inquietantes de Europa.
Al otro lado del Atlántico, el auditorio Orpheum abrió sus puertas en New Bedford (Massachusetts) el 15 de abril de 1912, el mismo día en que naufragaba el Titanic. Fue teatro, cine y sala de conciertos. Un supermercado ocupa parte del edificio, mientras el resto permanece cerrado y desierto. Los frescos del techo y los palcos laterales se mezclan con el olor a detergente y el ruido de las cajas registradoras. Es un ejemplo extraño de abandono parcial: la memoria queda arrinconada en el piso superior, rodeada de ofertas.
En Nueva York, la estación City Hall se inauguró en 1904. Diseñada como una joya arquitectónica con arcos y claraboyas, solo la utilizaban unas 600 personas al día. No compensaba mantenerla. Cerró en 1945, absorbida por la red de metro. Se conserva casi intacta en el subsuelo, como un vagón fantasma que aún espera viajeros. Algunos trenes la atraviesan sin detenerse, pero nadie baja en sus andenes.
Fe sumergida y belleza frágil
Hay abandonos que no nacen del olvido sino de la devoción. En la bahía de San Fruttuoso, en la costa de Liguria, la estatua del Cristo del Abismo se colocó en 1954 a una profundidad de unos 55 pies. La esculpió Guido Galletti para recordar a los buceadores fallecidos. El Cristo de bronce extiende los brazos hacia la superficie, cubierto de algas y de la luz que se filtra desde arriba. No es un lugar abandonado por desgracia, sino un espacio donde la fe humana se ha sumergido en el agua y en el silencio.
Estos dieciséis destinos muestran que el abandono adopta muchas formas. Hay ciudades enteras, parques, minas, barcos, castillos y estatuas. Detrás de cada uno hay una decisión, un accidente o un cambio histórico que lo dejó fuera de juego. Visitar estos lugares es asomarse a un futuro sin nosotros, pero también a un pasado que se resiste a desaparecer del todo. La naturaleza, los elementos y el tiempo no piden permiso: avanzan, borran y, a veces, devuelven una belleza que nadie planeó.




