La escena es de una intimidad casi humana: una madre manatí flota en las aguas cristalinas del río Crystal, en Florida, mientras su cría se acurruca junto a ella. De las aletas del pequeño escapan burbujas diminutas que ascienden entre las hojas de zostera. El fotógrafo estadounidense Jason Gulley consiguió capturar ese momento y, con él, una historia de esperanza. Hace apenas unos años, ese mismo lecho fluvial era un erial submarino: la contaminación por nutrientes y el desarrollo urbanístico habían desencadenado floraciones de algas que asfixiaban cualquier otra forma de vida vegetal. Hoy, gracias a la labor de biólogos y organizaciones locales, las praderas de zostera han regresado, y con ellas los manatíes.
Esa fotografía, titulada As Clear as Crystal, es una de las trece imágenes altamente elogiadas en la 60ª edición del Wildlife Photographer of the Year, el certamen más prestigioso de fotografía de naturaleza, que organiza desde 1964 el Museo de Historia Natural de Londres. Conocido como los Óscars de la vida salvaje, el concurso recibió en 2024 cerca de 60.000 candidaturas procedentes de 117 países y territorios. Las trece instantáneas seleccionadas —divulgadas por el museo antes del anuncio de los ganadores absolutos— constituyen un mosaico de la biodiversidad mundial: desde los hielos antárticos hasta las selvas de Malasia, pasando por la sabana africana, los glaciares noruegos o la costa portuguesa.
Sesenta años con el ojo en la naturaleza
El Wildlife Photographer of the Year nació en 1964, cuando el museo londinense decidió crear un espacio para celebrar la excelencia en la fotografía de fauna y flora. Seis décadas después, la competición ha evolucionado de ser un certamen centrado en la historia natural pura a abrazar, en palabras de Kathy Moran, presidenta del jurado, «la representación plena del mundo natural, tanto su belleza como sus desafíos». La edición de 2024 no fue una excepción: casi sesenta mil imágenes llegaron a manos de los jueces, que debieron elegir primero las altamente elogiadas y, más tarde, a los ganadores absolutos.
La selección preliminar se dio a conocer en septiembre de 2024, y un centenar de las mejores fotografías se exhibieron en el museo a partir del 11 de octubre de ese año. Para celebrar el hito de las sesenta ediciones, la exposición incluyó además una cronología con los principales hitos del concurso, desde las cámaras analógicas de los pioneros hasta las modernas técnicas digitales y el uso de drones subacuáticos.
La vida y la muerte en un solo fotograma

Entre las imágenes distinguidas, varias capturan momentos de tensión biológica extrema. En la sabana del Serengeti, en Tanzania, el fotógrafo británico William Fortescue inmortalizó a una pareja de leones durante el apareamiento, bajo un cielo de tormenta que amenazaba con descargar. «El apareamiento entre leones suele ser visceral y las reacciones impredecibles», explica Fortescue.«Se aparean cada quince minutos durante tres días, con una regularidad decreciente». La imagen, titulada Stormy Scene, muestra la melena del macho sacudiendo saliva y pequeños insectos, un detalle que el propio fotógrafo no percibió hasta ver la ampliación.
A miles de kilómetros, en la meseta de Mongolia Interior, el chino Xingchao Zhu pasó varios días siguiendo a un esquivo gato de Pallas. Este felino, del tamaño de un gato doméstico pero con un pelaje espeso que le permite sobrevivir a altitudes superiores a los 5.000 metros, acababa de cazar un pájaro cuando Zhu disparó su cámara con la luna menguante al fondo. La instantánea transmite la mirada penetrante de un cazador solitario.
No todos los finales son felices. Cerca de su casa en Susanville, California, Randy Robbins, un aficionado a la fotografía de naturaleza, se topó una mañana de invierno con una cierva que conocía bien: durante años había criado a sus cervatillos en la propiedad. El animal yacía sin vida, cubierto de escarcha. Robbins solo tuvo tiempo de sacar su teléfono móvil antes de que el hielo se derritiera. «Veo esta imagen como un recordatorio de la fragilidad de la vida y del gran diseño de todo ello», declaró a la revista Forbes. La cierva había sido registrada por las cámaras trampa de Robbins durante varias temporadas, lo que añade una capa de intimidad a la pérdida.
La muerte también acecha en los detalles más pequeños. En Australia, la fotógrafa Georgina Steytler documentó la frenética bola de apareamiento de las abejas excavadoras de Dawson. Cuando las hembras emergen del suelo en primavera, decenas de machos se abalanzan sobre ellas formando una masa vibrante. Steytler, tumbada en el suelo rocoso, logró captar la escena con un teleobjetivo mientras el viento arrastraba arena. «Estas abejas han sido mi pasión durante los últimos años –confiesa– y me siento privilegiada de ver cada nueva generación que emerge».
El hielo que se derrite: testigos del cambio climático

Las regiones polares son, quizá, los escenarios más elocuentes de la crisis climática. La imagen The Disappearing Ice Cap, del fotógrafo afincado en Canadá Thomas Vijayan, presenta una panorámica del glaciar Bråsvellbreen, en el archipiélago noruego de Svalbard, creada a partir de 26 fotografías tomadas con dron. El hielo se deshace en verano formando cascadas y riachuelos de un azul intenso. «Aunque parece hermoso, la realidad no lo es –escribió Vijayan sobre otra imagen del casquete de Austfonna, del que forma parte el Bråsvellbreen–. Los glaciares se derriten a un ritmo alarmante y acabarán desapareciendo». Según algunas proyecciones, los glaciares de Svalbard podrían extinguirse por completo en un plazo de 400 años.
También en el hemisferio sur, en el mar de Weddell, la británica Tamara Stubbs retrató a dos focas cangrejeras dormitando. Estos animales, los más abundantes del océano Austral con cerca de cuatro millones de ejemplares, dependen del krill, un pequeño crustáceo cuya fase larvaria necesita hielo marino. La reducción de la banquisa, acelerada por el calentamiento global, amenaza toda la cadena alimentaria polar. Stubbs, que participaba en una expedición de nueve semanas, recuerda el momento con emoción: «No puedo describir lo mágico que fue observarlas y oírlas roncar. Algunos momentos de la vida son un tesoro, y este fue uno de ellos».
Aliados inesperados: mejillones, grajillas y abejas
Los protagonistas de las imágenes no siempre son grandes mamíferos. En la playa de Praia da Ursa, cerca de Sintra, en Portugal, el fotógrafo neerlandés Theo Bosboom encontró una colonia de mejillones dispuestos sobre la roca en una formación que parecía diseñada por un ingeniero. Los moluscos se aglutinan para resistir el oleaje y, a la vez, filtran el agua de mar eliminando plancton, bacterias y toxinas. «No suelen ser lo primero en lo que uno piensa cuando habla de vida salvaje hermosa –admite Bosboom–, pero quería destacar su importancia ecológica». Los mejillones crean microhábitats para pequeños peces, gusanos y crustáceos, además de ser alimento para aves y estrellas de mar.
En las tierras altas de Malasia, el fotógrafo Lam Soon Tak encontró a una araña de la especie Heteropoda davidbowie, bautizada así en 2008 por el aracnólogo Peter Jäger en homenaje a los maquillajes que el músico británico utilizó en los años setenta. El arácnido, de color naranja brillante, sostenía un disco blanco de huevos entre las patas, posado sobre un tronco cubierto de musgo. La imagen, titulada Ziggy Spider en honor al álbum de Bowie, demuestra que la inspiración artística y la zoología pueden converger en un solo fotograma.
En un parque de Londres, el fotógrafo Samual Stone siguió a una pareja de grajillas que habían elegido el hueco de un sauce medio caído para construir su nido. Las aves, conocidas por su inteligencia y su monogamia de por vida, acarreaban materiales de lo más variopinto: pelo de ciervo, musgo y, en esta ocasión, pequeños guijarros y barro. Stone admira la capacidad de estos córvidos para seleccionar cada pieza. La imagen, Precious Rocks, congela el instante en que una grajilla sostiene tres piedras de tamaño decreciente en el pico. Las grajillas pueden reconocerse en un espejo, utilizar herramientas y recordar rostros humanos, lo que añade profundidad a la escena.
Volviendo a Australia, la ya mencionada instantánea de las abejas excavadoras de Dawson completa un contrapunto: la vida bulle también en los hábitats más áridos, y cada especie, por modesta que sea, cumple un papel en el entramado ecosistémico.
El precio de la pesca: tiburones atrapados
La fotografía de conservación no elude las realidades más duras. El sudafricano Tommy Trenchard embarcó en el Arctic Sunrise de Greenpeace con el propósito de documentar la captura accidental de tiburones por parte de buques palangreros que faenan en busca de atún y pez espada. En aguas internacionales del Atlántico Sur, retrató a un tiburón réquiem forcejeando en el anzuelo. Cada año, se extraen del mar unos 80 millones de tiburones, según los datos que acompañan la imagen en la muestra. Pese a que las regulaciones contra el cercenamiento de aletas se han multiplicado por diez, un estudio reciente mostraba que en 2019 se mataron más tiburones que en 2012. La población mundial de estos escualos ha caído desde 1970, y hoy más de un tercio de las especies de tiburones y rayas están amenazadas de extinción por la sobrepesca. La fotografía de Trenchard, Hooked, es un puñetazo visual que denuncia un problema sistémico. Los tiburones quedan atrapados en los palangres de forma involuntaria, y muchos mueren antes de ser devueltos al agua, una práctica que, aunque legal en aguas internacionales, sigue siendo uno de los mayores impactos sobre las poblaciones de elasmobranquios.
La paciencia del fotógrafo

Detrás de cada una de estas imágenes hay horas de espera, condiciones adversas y una preparación minuciosa. William Fortescue pasó tres días junto al guía Anderson Kayle observando a la pareja de leones, fracasando muchas veces hasta obtener la toma deseada. Xingchao Zhu recorrió durante días la gélida meseta de Mongolia Interior durante el Año Nuevo chino para fotografiar al gato de Pallas. Georgina Steytler se tumbó en el suelo pedregoso de Australia Occidental, soportando el calor y la arena arrastrada por el viento, para capturar la bola de abejas. Tamara Stubbs permaneció largas horas en la cubierta del barco en la Antártida esperando que las focas emergieran. Jason Gulley, por su parte, ha fotografiado manatíes durante años, pero ninguna imagen le había emocionado tanto como la de la madre y su cría en un río que ha renacido. Vijayan pilotó su dron en condiciones de luz extrema para obtener las 26 tomas que, unidas, ofrecen una perspectiva imposible desde el suelo. Y Bosboom tuvo que descender por un empinado sendero rocoso para alcanzar la playa de los mejillones, una proeza física que solo los lugareños conocen.
La fotografía de naturaleza exige también una ética: no perturbar a los animales, no alterar su entorno y, a menudo, renunciar a la instantánea si ello supone un riesgo para la fauna. En la mayoría de las fotografías el hombre está ausente, pero su sombra —convertida en contaminación, calentamiento global o captura accesoria— se adivina en cada encuadre.
Una mirada que trasciende el encuadre
Las imagenes altamente elogiadas del Wildlife Photographer of the Year no solo deleitan la vista, sino que invitan a una reflexión más profunda. Muestran la belleza frágil de un planeta en transformación y la urgencia de actuar para conservarlo. Como afirmó Kathy Moran, «estas imágenes representan la evolución del certamen a lo largo de los años, desde la historia natural pura hasta una fotografía que asume por completo la representación del mundo natural: la belleza y los desafíos». La contienda no termina con el fallo del jurado; las fotografías se convierten en embajadoras de un mensaje que viaja por museos, libros y redes sociales, tocando a millones de personas.
La 60ª edición fue una celebración de todo ello. Un centenar de imágenes recorrieron el mundo desde el otoño de 2024, y las trece que aquí se han desgranado constituyen una ventana privilegiada a la diversidad de la vida y a la responsabilidad que tenemos sobre ella. Cada año, fotógrafos de todos los rincones del planeta vuelven a alzar sus cámaras, y el Wildlife Photographer of the Year seguirá dando testimonio de lo que aún merece ser salvado.



