Un miniplaneta del tamaño de un edificio de doce plantas lleva viajando junto a la Tierra desde hace, como mínimo, un siglo. Nadie lo había visto de cerca hasta ahora. La sonda china Tianwen-2 acaba de conseguirlo, y las primeras imágenes han confirmado algo que solo se intuía desde los telescopios: puede que ese objeto sea, en realidad, un pedazo de la Luna.
Se llama Kamoʻoalewa, y aunque su nombre resulte trabalenguas, su historia es de las que enganchan. Es tan pequeño que hasta 2016 nadie lo había detectado, y tan peculiar que ningún otro cuerpo celeste conocido se comporta como él cerca de nuestro planeta.
El miniplaneta que lleva siglos siguiendo a la Tierra
Kamoʻoalewa no es un satélite en el sentido estricto —está demasiado lejos para eso—, pero tampoco es un asteroide cualquiera. Se trata de lo que los astrónomos llaman un cuasisatélite: un objeto que orbita el Sol siguiendo un ritmo tan parecido al de la Tierra que, visto desde aquí, parece dar vueltas a nuestro alrededor.
Mide entre 40 y 100 metros de diámetro, gira sobre sí mismo cada 28 minutos y es, según los cálculos actuales, el cuasisatélite más estable que se conoce de nuestro planeta. Llevaría acompañándonos, como mínimo, desde hace un siglo.
Por qué este miniplaneta podría ser un trozo de la Luna
El miniplaneta fue detectado el 27 de abril de 2016 por el sistema Pan-STARRS desde Hawái, pero lo verdaderamente intrigante llegó después: cuando los científicos analizaron su espectro de luz, descubrieron que se parecía sospechosamente al de las rocas lunares. Nada que ver con la composición típica de un asteroide del cinturón principal.
Un estudio publicado en 2024 fue más allá y señaló un origen muy concreto: el cráter Giordano Bruno, en la cara oculta de la Luna. La hipótesis es que un gran impacto expulsó fragmentos al espacio hace entre uno y diez millones de años, y que Kamoʻoalewa sería uno de esos supervivientes, atrapado desde entonces en una órbita compartida con la Tierra.
China llega hasta el misterioso vecino de la Tierra
La sonda Tianwen-2, de la Administración Espacial Nacional China, despegó en mayo de 2025 con un objetivo muy claro: resolver el enigma tocando la roca. Tras recorrer más de 1.000 millones de kilómetros durante 400 días, se situó a apenas 20 kilómetros del objeto a principios de junio de 2026.
Las primeras fotografías, enviadas desde esa distancia, muestran un cuerpo alargado e irregular, más parecido a un bloque compacto que a un montón de escombros sueltos. Ese detalle importa: cuanto más sólida sea la superficie, más complicado será diseñar el sistema con el que la sonda recogerá las muestras en los próximos meses.
Qué esperan encontrar los científicos cuando lleguen las muestras
La misión no se limita a fotografiar. Tianwen-2 tiene previsto recoger al menos 100 gramos de material de la superficie del miniplaneta y enviarlos de vuelta a la Tierra en una cápsula que se espera para finales de 2027. Solo entonces, con las rocas en un laboratorio, podrá cerrarse el debate sobre su origen lunar de forma definitiva.
Mientras tanto, la comunidad científica sigue dividida. No todos los estudios apoyan la teoría lunar: una investigación reciente propone que Kamoʻoalewa podría encajar mejor con un tipo de meteorito llamado condrita LL, procedente del cinturón de asteroides. Son las claves que se manejan hoy:
- Tamaño: entre 40 y 100 metros de diámetro, similar a un rascacielos de tamaño medio.
- Distancia mínima: puede acercarse a la Tierra hasta unos 4,6 millones de kilómetros.
- Rotación: completa un giro sobre sí mismo cada 28 minutos, muy rápido para su tamaño.
- Permanencia: los modelos orbitales sugieren que seguirá acompañando a la Tierra durante cientos de miles de años más.
Lo que viene después: una nueva era para explorar nuestro vecindario cósmico
Este tipo de misiones marca un antes y un después en cómo entendemos el espacio que rodea a la Tierra. Ya no basta con observar desde lejos: tocar, muestrear y traer material de vuelta se está convirtiendo en la norma para resolver preguntas que los telescopios, por muy potentes que sean, no pueden contestar del todo.
Si la hipótesis lunar se confirma, Kamoʻoalewa dejaría de ser una simple curiosidad astronómica para convertirse en una pieza clave sobre la historia de los impactos que ha sufrido la Luna. Y la próxima cita ya tiene fecha: cuando la cápsula con las muestras aterrice en 2027, sabremos por fin de qué está hecho este pequeño y fiel compañero de la Tierra.






