Los Minions, esas criaturas amarillas que parecen haber escapado de un laboratorio de marketing, han decidido homenajear al cine mudo. Y, contra todo pronóstico, no es una idea tan descabellada. La tercera aventura en solitario de estos secuaces sin Gru arranca con una frescura inesperada, jugando con los orígenes del celuloide antes de que la historia se hunda en el tedio cósmico de turno.
Un paseo por Hollywood en blanco y negro (y amarillo)
Los primeros minutos de Minions & Monsters son un despliegue de referencias que harían las delicias de cualquier cinéfilo. Los personajes se cuelan en los rodajes de los hermanos Lumière, se cruzan con Georges Méliès y hasta interactúan con los Keystone Cops, aquellos policías torpones del cine silente que anticiparon el slapstick. La jugada es inteligente: si los Minions son inmortales y se comunican con gags visuales, ¿por qué no colocarlos en el Hollywood de principios del siglo XX? La secuencia en la que irrumpen en Asalto y robo de un tren (1903) y se descubren como futuros actores es puro caos amarillo, de ese que arranca carcajadas sin necesidad de palabras.
La película aprovecha al máximo la expresividad muda de estas criaturas, recordándonos que su humor más efectivo siempre ha sido físico: tropiezos, explosiones y un punto escatológico que aquí encaja como un guante en la era silente. Incluso hay espacio para cameos de Charles Chaplin, Harold Lloyd y Buster Keaton antes de que el cine sonoro asome la patita.
Cuando el sonoro llegó... y la película se quedó sin palabras
El gran giro argumental viene con la llegada del sonido, que deja a los Minions fuera de juego porque, seamos honestos, su idioma inventado y sus balbuceos no encajan en una industria que ahora exige diálogos. Aquí la cinta regala el chiste más memorable de toda Illumination: un guiño a Ciudadano Kane que demuestra que, por una vez, alguien en el estudio se lo estaba pasando bien. Lástima que ese momento de genialidad sea el canto del cisne de una película que pronto se desmorona.
El filme se parte en dos tramas. Por un lado, un extraterrestre llamado Dort —homenaje a Gort de Ultimátum a la Tierra— que recluta a un grupo de Minions; por otro, la insólita idea de invocar monstruos lovecraftianos auténticos para triunfar en el incipiente cine de terror. Y lo que empieza como un disparatado paseo por la historia del cine se convierte en un desfile de tópicos de ciencia ficción y terror cósmico que aburre hasta a las piedras.
Hubo un momento, durante los primeros veinte minutos, en que creí que Illumination había hecho una película digna. Luego recordé quiénes son sus dueños.
La maldición de las secuelas: demasiado argumento para tan poco chiste
El problema de Minions & Monsters es el mismo que aqueja a las últimas entregas de la saga: intentar construir una trama lineal y coherente cuando la fórmula funciona mejor como una sucesión de catástrofes sin sentido. Los Minions rinden cuando son el caos puro, no cuando se convierten en actores frustrados que luchan contra monstruos interdimensionales. La segunda mitad del metraje se vuelve anodina, con subtramas que ni aportan humor ni logran la épica que pretenden.
Es una lástima porque los guiños cinéfilos demuestran que alguien en el equipo de Pierre Coffin tenía ganas de hacer algo distinto, de rendir tributo a Chaplin y Méliès sin caer en la parodia barata. Pero el miedo a alejarse del producto previsible acaba ganando la partida, y la película se convierte en otro entretenimiento palomitero tan correcto como olvidable.
El resumen para vagos (TL;DR)
- 🎯 ¿Qué ha pasado? Los Minions se meten en el Hollywood mudo y homenajean a Chaplin, Méliès y los Keystone Cops.
- 🔥 ¿Por qué importa? Porque demuestra que la saga aún podía sorprender, aunque el intento se desinfle.
- 🤔 ¿Nos afecta o es solo un meme? Te entretiene un rato y tiene más chispa de lo esperado, pero sigue siendo una película de Minions.



