El galeón San José, el 'Santo Grial' de los naufragios que sigue dando batalla

El galeón español reposa a seiscientos metros de profundidad frente a Cartagena de Indias con un cargamento de oro, plata y esmeraldas valorado en miles de millones. Descubierto en 2015 tras tres décadas de pesquisas, sigue atrapado en una maraña de litigios que enfrenta a Colomb

En el verano de 1984, un arqueólogo cubanoamericano llamado Roger Dooley se inclinaba sobre un legajo de seis pulgadas de grosor en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Buscaba el rastro de la Nuestra Señora de las Mercedes, una fragata española hundida cerca de La Habana en 1698, cuando sus ojos tropezaron con un puñado de cartas que no tenían nada que ver con su objetivo. Las palabras que leyó le hicieron contener la respiración: «galeones», «batalla», «navíos de guerra ingleses», «oro», «plata», «el tesoro de Su Majestad» y «todos se ahogaron». Aquellos folios, sacados de contrabando de Cartagena de Indias en 1708 bajo el bloqueo de una escuadra británica, contaban la historia del San José, el último gran galeón del Imperio español. Dooley acababa de enamorarse del pecio más codiciado de la historia. Tardaría tres décadas en demostrar que estaba exactamente donde él creía.

El San José reposa hoy a casi seiscientos metros de profundidad, a unas doce millas de la costa de Cartagena, en el Caribe colombiano. Su hallazgo, anunciado en diciembre de 2015 por el entonces presidente Juan Manuel Santos, fue calificado por el propio gobierno como «el mayor tesoro de la historia de la humanidad». Pero el galeón no ha emergido del fondo marino. Sigue atrapado en una red de litigios, reclamaciones de propiedad y disputas diplomáticas que lo han convertido en rehén político. El libro Neptune's Fortune: The Billion-Dollar Shipwreck and the Ghosts of the Spanish Empire, del autor Julian Sancton, publicado en 2026, reconstruye por primera vez la odisea de quienes lo buscaron y la tormenta que se desató al encontrarlo.

El último viaje de un gigante

La historia del San José comienza en 1698, cuando el galeón fue botado para servir a la defensa de Cádiz en los primeros compases de la Guerra de Sucesión Española. Aquel conflicto, que enfrentó a Borbones y Habsburgo entre 1701 y 1714, vació las arcas de Felipe V. El rey necesitaba con urgencia los caudales de las colonias americanas, y el San José fue elegido para encabezar la primera Flota de Tierra Firme que zarpaba hacia el Nuevo Mundo en más de una década.

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En marzo de 1706, el galeón partió rumbo a Portobelo, en la actual Panamá, donde se celebraba una de las ferias comerciales más importantes del imperio. Allí cargó plata, esmeraldas, oro en lingotes y monedas —hasta ocho toneladas del metal amarillo, según algunas estimaciones— además de mercancías de contrabando procedentes de China. El valor total de la carga se ha cifrado entre siete y doce millones de pesos de la época, una suma que equivaldría hoy a varios miles de millones de euros.

El San José debía reunirse con otra flota en Cartagena de Indias antes de emprender el regreso a España. Pero el comodoro inglés Charles Wager, al mando del navío de guerra Expedition, de setenta cañones, llevaba meses acechando la ruta. Su misión era interceptar los barcos españoles que volvían de la feria de Portobelo. La tarde del 8 de junio de 1708, frente a la península de Barú, Wager encontró a su presa.

El combate fue breve y feroz. Apenas una hora después del primer cañonazo, el San José se incendió. Las versiones sobre la causa de la explosión difieren. Los contemporáneos españoles culparon a un casco agrietado que debía haber sido calafateado meses atrás; los ingleses atribuyeron la catástrofe a la detonación de la santabárbara. Lo cierto es que el galeón se fue al fondo con cerca de seiscientas personas a bordo. Solo once sobrevivieron.

El hombre que no podía dejar de buscar

Roger Dooley no era un cazatesoros al uso. Arqueólogo jefe de Carisub, la empresa estatal cubana, trabajaba por encargo de Fidel Castro, que pretendía financiar las arcas de la revolución con los rescates de pecios coloniales. Dooley aceptó el trato con la esperanza de ser el primero en excavar un galeón español en aguas cubanas, pero su verdadero empeño era la preservación. Sabía que el mandato del dictador chocaba con los principios de la arqueología subacuática, y aun así jugó sus cartas.

El hallazgo fortuito de aquellas cartas en Sevilla lo desvió hacia una obsesión que ya no lo abandonaría. Durante años, Dooley peinó archivos de medio mundo. En 2000, en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, dio con un mapa de 1729 que mostraba la costa de Cartagena. Frente a las islas del Rosario, cuatro pequeñas equis manuscritas señalaban un lugar llamado «Bajo del Almirante», una referencia apenas velada a Wager, el comodoro inglés que había atacado al San José. Dooley estaba convencido: aquella equis marcaba la tumba del galeón.

Pero convencer a los demás fue otra historia. Durante más de una década, el arqueólogo llamó a puertas que no se abrían. En 2013, su suerte cambió cuando Anthony Clake, un gestor de fondos de alto riesgo londinense, decidió financiar la expedición. Clake creó Maritime Archaeology Consultants (MAC), la empresa que pilotaría la búsqueda. Un año después, Dooley logró que el presidente Santos —que veía en el proyecto un relato patriótico para Colombia— diera luz verde oficial a la operación.

«. A sus setenta años, el arqueólogo había volcado en aquella empresa su dinero, su salud y su reputación.

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Migajas en un mantel oxidado

La búsqueda se aceleró en 2015. En colaboración con la Institución Oceanográfica Woods Hole, de Massachusetts, el equipo de Dooley y MAC realizó dos campañas de prospección en aguas de Cartagena con un vehículo submarino autónomo, o AUV por sus siglas en inglés. Durante la segunda expedición, la máquina detectó en la pantalla lo que Sancton describe como «unas motas de luz que parecían migas de pan sobre un mantel liso de color óxido amarillento». La señal era lo bastante prometedora como para que los investigadores decidieran acoplar una cámara al AUV y tomar decenas de miles de fotografías del lecho marino.

Una de aquellas instantáneas mostró tres cañones descansando en un lecho de conchas. El detalle que lo cambió todo eran los cascabeles, las protuberancias decorativas del extremo posterior de cada pieza de artillería. Dooley sabía por sus investigaciones que los más de sesenta cañones de bronce fundidos para el San José por el artesano Enrique Habet llevaban delfines como motivo ornamental. Cuando el hijo de Habet heredó el oficio, sustituyó el delfín por un simple pomo redondo. Las fotografías no dejaban lugar a dudas: todos los cañones del pecio tenían cascabeles con forma de delfín.

naufragio San José

«En ese instante, mientras mis ojos permanecían fijos en la imagen, me desconecté de la realidad», confesaría Dooley. «Mi cuerpo estaba literalmente paralizado, pero mi mente corría a la velocidad de la luz, repasando las páginas de mi vida». El galeón se encontraba exactamente donde el arqueólogo había predicho, a la altura del Bajo del Almirante que figuraba en el mapa de 1729. Dooley, a punto de cumplir setenta y un años —la misma edad que tenía el comandante del San José cuando se hundió con su barco—, no tendría que cortarse la cabeza.

Los secretos del fondo

En mayo de 2016, un sondeo con dos robots teledirigidos cartografió cada palmo del galeón hundido. Las imágenes revelaron una cápsula del tiempo congelada en el Caribe. Grandes calderos de cobre indicaban dónde había estado la cocina. Cientos de tazas de porcelana azul y blanca confirmaban la presencia de contrabando chino, una práctica habitual en las flotas españolas pese a las prohibiciones oficiales. Cajas enteras de jeringas de peltre —otra mercancía de estraperlo— estaban probablemente destinadas a la alta sociedad española, que administrarse enemas se consideraba beneficioso para la tez y la lozanía juvenil.

En la popa, donde se alojaban los aposentos del comandante, los robots registraron escudos de oro, lingotes y talegos de monedas de plata. Aquellos objetos, visibles en la superficie del sedimento, solo insinuaban la vastedad del tesoro sepultado debajo. Los investigadores creen que el cargamento principal —la plata, las esmeraldas y la mayor parte de las ocho toneladas de oro— yace bajo capas de lodo, conchas y coral acumuladas durante tres siglos.

El San José no es solo una mina de metales preciosos. «Fue el último de los grandes galeones, el último representante de este sistema transatlántico, un vector fundamental de la globalización, de la transformación del hemisferio occidental», explica Julian Sancton. El galeón simboliza, en sus bodegas y en sus maderas, el engranaje que unió continentes, virreinatos y monarquías. Como emblema, añade el autor, «es increíblemente poderoso».

La batalla que no cesa

El 5 de diciembre de 2015, cuando Juan Manuel Santos compareció ante los medios para anunciar el descubrimiento del San José, Roger Dooley no estaba en el estrado. El presidente colombiano reescribió el relato para presentarlo como un éxito nacional, protagonizado por científicos y funcionarios del país. Del arqueólogo cubanoamericano que había consagrado treinta años a la empresa, del gestor de fondos inglés que había puesto el capital y de la institución oceanográfica estadounidense que había aportado la tecnología, apenas se supo nada.

Lo que vino después fue una tormenta jurídica y diplomática. Colombia reclamó la propiedad del pecio por hallarse en sus aguas territoriales. España invocó su derecho sobre un buque de Estado que enarbolaba pabellón español en el momento del naufragio. Las comunidades indígenas de Bolivia exigieron una parte del tesoro, argumentando que la plata y el oro habían sido extraídos de las minas del Potosí con mano de obra forzada. Una empresa cazatesoros estadounidense, Sea Search Armada, alegó haber localizado el pecio en 1981 y reclamó una indemnización multimillonaria.

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Los tribunales han dictado sentencias contradictorias. En 2022, la Corte Constitucional colombiana ordenó al gobierno proteger el galeón in situ y considerarlo patrimonio cultural sumergido, lo que en principio excluye su explotación comercial. Pero las aguas siguen turbias. La presión para extraer el tesoro —valorado por algunos en más de diecisiete mil millones de euros— convive con la convicción académica de que el verdadero valor del San José es arqueológico y no monetario.

Dooley, entretanto, ha quedado como un fantasma en la historia oficial. El hombre que parecía Ernest Hemingway —barba blanca, mirada cansada, una fotografía de 1976 en la que sostiene un ancla recuperada de pescadores cubanos— nunca recibió el reconocimiento público que esperaba. Su nombre apenas aparece en los documentos oficiales colombianos. La obsesión de su vida le fue arrebatada en el último minuto.

naufragio San José

El dilema de lo irrecuperable

La arqueología subacuática afronta hoy un dilema que el San José encarna a la perfección. Extraer un pecio de seiscientos metros de profundidad requiere una tecnología que apenas existe y un presupuesto que pocos Estados están dispuestos a asumir. Conservar las maderas, los metales y los materiales orgánicos que han permanecido tres siglos en un entorno estable de baja temperatura y escaso oxígeno es un desafío científico de primer orden. Cualquier intervención mal calculada podría destruir lo que se pretende salvar.

Algunos especialistas abogan por dejar el galeón donde está, protegido por la presión y la oscuridad, y limitarse a documentarlo con robots no intrusivos. Otros sostienen que el saqueo es inevitable si el Estado no toma la iniciativa: los cazatesoros ilegales ya han demostrado su capacidad para operar en aguas profundas con equipos cada vez más asequibles. Entre ambas posiciones, el San José aguarda.

La historiadora Carla Rahn Phillips, autora de The Treasure of the San José: Death at Sea in the War of the Spanish Succession, recuerda que el galeón no era solo un banco flotante. «El objetivo de Wager era interceptar y, si era posible, capturar los galeones españoles y los barcos mercantes que regresaban de la feria de Portobelo», escribe. «La cuestión era el momento». Ese momento llegó el 8 de junio de 1708 y duró poco más de una hora. Tres siglos después, el reloj sigue corriendo, pero ahora la prisa no la dicta un comodoro inglés sino la codicia, la política y la memoria.

Un espejo sumergido

El San José es muchas cosas a la vez: una fosa común de seiscientas almas, la caja fuerte de un imperio en bancarrota, un santuario de coral y esponjas, un rompecabezas jurídico sin resolver y el sueño inalcanzable de un arqueólogo al que la historia dejó fuera de su propio relato. Su valor depende de a quién se le pregunte. Para Santos fue un golpe de efecto patriótico; para Sancton, la última pieza de un sistema de globalización que nació sobre cubiertas de madera y se sostuvo sobre cañones de bronce con delfines en la culata.

El libro de Sancton devuelve a Dooley el protagonismo que le fue negado, pero también retrata la paradoja de un hallazgo que, en lugar de cerrar capítulos, abrió disputas más feroces que el combate naval que lo envió al fondo. El galeón que transportaba el Tesoro de Su Majestad sigue siendo, trescientos dieciocho años después de su naufragio, un tesoro sin dueño claro.

naufragio San José

Las seiscientas personas que murieron aquella noche de junio de 1708 no dejaron diarios ni testamentos. Sus nombres se los tragó el mar junto con sus cuerpos. Pero las cartas que un barco ligero sacó a escondidas de Cartagena, los mapas con equis minúsculas, los cañones con delfines de bronce y las tazas de porcelana china que nunca llegaron a Cádiz dibujan una constelación de indicios. Cada fragmento del San José cuenta una historia que no es solo de oro y plata, sino de un mundo que se estaba haciendo a cañonazos mientras se deshacía por las juntas mal calafateadas de sus propios barcos.