Las catástrofes naturales que cambiaron la Historia

Terremotos que inspiraron la sismología, volcanes que alumbraron el Neoclasicismo y eclipses que sellaron paces: cinco fenómenos en los que la naturaleza torció el destino de imperios y civilizaciones.

A las nueve y media de la mañana del 1 de noviembre de 1755, los fieles que abarrotaban las iglesias de Lisboa para celebrar la festividad de Todos los Santos sintieron el primer temblor. Duró apenas un minuto y medio. Minutos después, un segundo seísmo —este sí, devastador— derribó templos, palacios y viviendas. Los supervivientes que corrieron hacia la desembocadura del Tajo buscando refugio en la orilla contemplaron cómo el río retrocedía de golpe, succionado por una fuerza invisible. Luego, el mar regresó convertido en una ola de entre seis y quince metros que arrasó el puerto y engulló a cuantos esperaban allí. Aquella mañana murieron en Lisboa entre sesenta y cien mil personas. Pero el terremoto de 1755 hizo algo más que destruir una capital: quebró la confianza de Europa en un universo ordenado y sentó, a golpe de ruina, las bases de la sismología moderna.

A lo largo de los siglos, los fenómenos naturales han interrumpido conquistas, sepultado ciudades, inspirado movimientos artísticos y dictado las fronteras entre reinos. Sin el conocimiento científico que hoy permite anticiparlos y, en ocasiones, mitigarlos, nuestros antepasados los interpretaron como castigos divinos, portentos astrológicos o golpes de azar. Pero en todos los casos esas fuerzas telúricas, meteorológicas o volcánicas moldearon el curso de la Historia con la misma contundencia que cualquier batalla o tratado. El cataclismo de Lisboa fue solo uno de esos puntos de inflexión.

Lo que sigue es un recorrido por cinco episodios en los que la Tierra —con su atmósfera, sus placas tectónicas y sus volcanes— decidió el destino de imperios y naciones.

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El General Invierno: cuando el clima derrota a los invasores

El invierno ruso no es una catástrofe puntual sino un adversario recurrente, un aliado involuntario de Moscú que aparece cada año con puntualidad inmisericorde y que, en tres ocasiones, quebrantó el sueño expansionista de otras tantas potencias europeas.

En el verano de 1708, el rey Carlos XII de Suecia —entonces una de las monarquías militares más temibles del continente— invadió el oeste de Rusia al frente de cuarenta mil hombres. Avanzó hacia Moscú con la arrogancia de un monarca de veintiséis años que jamás había perdido una batalla. Pero el zar Pedro el Grande aplicó la estrategia que los rusos perfeccionarían durante los dos siglos siguientes: retirarse tierra adentro y quemarlo todo a su paso. Granjas, cosechas, aldeas enteras quedaron reducidas a ceniza. Cuando el termómetro se desplomó en el invierno de 1708-1709 —con temperaturas tan bajas que los pájaros caían congelados del cielo, según los cronistas—, los soldados suecos, hambrientos y diezmados, fueron presa fácil en la batalla de Poltava. Suecia perdió su hegemonía báltica y Rusia emergió como potencia europea.

Más de un siglo después, Napoleón Bonaparte repitió el error. En junio de 1812, la Grande Armée cruzó el Niemen con más de seiscientos mil efectivos, la mayor fuerza de invasión que Europa había visto hasta entonces. De nuevo, los rusos rehusaron el combate decisivo y prendieron fuego a sus propias ciudades, incluida Moscú. Cuando Napoleón ordenó la retirada, en octubre, el termómetro ya rozaba los veinte grados bajo cero. Los caballos resbalaban sobre la nieve helada, los cañones quedaban atascados, la disciplina se deshacía. De aquel ejército colosal regresaron a Francia menos de treinta mil hombres. «El General Invierno», como lo bautizaron los historiadores, había quebrado la espina dorsal del Imperio napoleónico.

En el siglo XX, Adolf Hitler confió en que la Wehrmacht derrotaría a la Unión Soviética antes de que llegaran los fríos intensos. La Operación Barbarroja, lanzada en junio de 1941, avanzó arrasando aldeas y cercando ejércitos soviéticos. Pero las lluvias de otoño convirtieron los caminos en barrizales intransitables, y cuando las divisiones alemanas avistaron las torres del Kremlin desde las afueras de Moscú, el invierno —con temperaturas de treinta y cinco grados bajo cero y motores de tanques que había que calentar con fuego durante horas— detuvo la ofensiva en seco. A partir de ahí, la iniciativa pasó al Ejército Rojo.

El patrón es idéntico en los tres casos: un invasor soberbio, un territorio inmenso, una política de tierra quemada y un invierno que no perdona. La geografía climática actuó como un escudo tan eficaz como cualquier alianza militar.

El Vesubio sepulta Pompeya y alumbra el Neoclasicismo

El 20 de agosto del año 79, la tierra tembló en la bahía de Nápoles. Los habitantes de Pompeya, Herculano, Estabia y Oplontis estaban habituados a los seísmos: apenas diecisiete años antes, en el 62, un terremoto había dañado buena parte de la ciudad. Vieron agrietarse los muros y caer algunas tejas, pero no huyeron. Cuatro días después, en la tarde del 24 de agosto, el Vesubio estalló con una violencia que superaba cualquier experiencia humana registrada hasta entonces. Una columna eruptiva de gases, ceniza y piedra pómez se elevó a más de treinta y dos kilómetros de altura. Plinio el Joven, que observó la escena desde Miseno, al otro lado de la bahía, dejaría el único testimonio ocular escrito: una nube con forma de pino —«como un pino mediterráneo», anotó— cuya copa se expandía horizontalmente mientras el tronco brotaba del cráter.

En Pompeya, la lluvia de lapilli y ceniza sepultó los tejados hasta hacerlos colapsar. Quienes no escaparon en las primeras horas murieron asfixiados por los gases tóxicos o aplastados por los derrumbes. En Herculano, más próxima al volcán, los flujos piroclásticos —avalanchas ardientes de gas y roca a más de cuatrocientos grados— carbonizaron instantáneamente a quienes aguardaban refugio en la playa o en los almacenes portuarios. La cifra exacta de víctimas se desconoce; las estimaciones oscilan entre dos mil y dieciséis mil muertos solo en Pompeya. La arqueología moderna ha recuperado más de mil moldes de yeso de los cuerpos atrapados en la ceniza, cada uno congelado en la postura de su último instante.

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La erupción borró del mapa aquellas ciudades prósperas. Pero la catástrofe tuvo un epílogo insospechado. Mil setecientos años después, en 1738, las excavaciones patrocinadas por el rey Carlos de Borbón —futuro Carlos III de España— sacaron a la luz las ruinas de Herculano. Una década más tarde, en 1748, apareció Pompeya. Lo que emergió no fueron solo calles, templos y viviendas: era una cápsula del tiempo que había conservado, bajo metros de ceniza solidificada, frescos de colores intensos, mosaicos intactos, panes carbonizados en los hornos y grafitis electorales en las paredes.

El hallazgo electrizó a la intelectualidad europea. Artistas, arqueólogos y aristócratas del Grand Tour viajaron hasta Nápoles para contemplar las ruinas. Los cuadernos de apuntes que corrieron de mano en mano por los salones de París y Londres desencadenaron una fiebre por la Antigüedad clásica que dio el golpe de gracia al Rococó y sentó las bases estéticas del Neoclasicismo. Las pinturas de Jacques-Louis David, la arquitectura de Robert Adam, la porcelana de Wedgwood y hasta la moda femenina de talle alto —la llamada chemise à la reine— deben algo a aquel volcán que sepultó la Campania diecisiete siglos antes. «El descubrimiento de Pompeya», escribió Goethe tras visitar las excavaciones, «ha traído mucha alegría a la humanidad».

Un eclipse que detuvo una guerra en el siglo VI a.C.

La astronomía y la astrología nacieron juntas en Mesopotamia, donde los sacerdotes caldeos escrutaban el cielo en busca de mensajes divinos. Un eclipse, con su capacidad de convertir el mediodía en noche en cuestión de minutos, era la señal más temible que los dioses podían enviar.

Hacia el año 585 a.C., las tropas del reino de Lidia, gobernado por Aliates, se alinearon frente al ejército del reino de Media, comandado por Ciáxares, a orillas del río Halys, en la Anatolia central. Ambos estados llevaban quince años en guerra por el control de la meseta de Anatolia, un conflicto que se había estancado sin que ninguna potencia consiguiera una ventaja decisiva. Los soldados ya estaban formados para la batalla cuando el sol comenzó a desaparecer. En pleno día, el cielo se oscureció por completo. El eclipse total duró siete minutos y medio —un lapso que debió de sentirse eterno para quienes ignoraban su causa— y sumió a ambos ejércitos en un pavor supersticioso.

Cuando la luz regresó, los reyes interpretaron el fenómeno como una advertencia inequívoca. En lugar de luchar, pactaron la paz: la frontera entre Lidia y Media quedó fijada en el propio río Halys, el mismo lugar donde debía librarse la batalla. Para sellar el tratado, Aliates casó a su hija Arienis con Astiages, hijo de Ciáxares, uniendo las dos casas reales en una alianza dinástica que sobreviviría más de treinta años.

Este eclipse es célebre por otra razón: fue el primero que la ciencia predijo con antelación. El filósofo griego Tales de Mileto, según relató Heródoto un siglo después, había anunciado su llegada. No sabemos cómo lo calculó —quizá tuvo acceso a los registros astronómicos babilonios, que ya conocían el ciclo de Saros—, pero aquel pronóstico marcó el nacimiento simbólico de la astronomía predictiva. El eclipse del Halys, pues, no solo detuvo una guerra e inauguró una dinastía: señaló también el momento en que el ser humano empezaba a despojar al cielo de sus dioses para empezar a leerlo con herramientas matemáticas.

El terremoto de Lisboa de 1755: cómo un seísmo reordenó el pensamiento europeo

Regresemos a aquella mañana de Todos los Santos. El epicentro del terremoto se localizó en el fondo del Atlántico, a unos doscientos kilómetros al suroeste del cabo de San Vicente. Los sismólogos modernos estiman que la magnitud osciló entre 8,5 y 9,0 en la escala de Richter —un valor que lo sitúa entre los más potentes jamás registrados en Europa—. Las sacudidas se sintieron en un área de más de dos millones de kilómetros cuadrados: desde las Azores hasta Suecia, y desde el norte de África hasta el corazón de Centroeuropa. En Sevilla, la Giralda perdió parte de su remate; en Madrid, las campanas repicaron solas; en Cádiz, una torre vigía se derrumbó sobre los artilleros que custodiaban la costa.

Pero fue Lisboa la que soportó la peor parte. Tras los dos seísmos iniciales, un incendio voraz —alimentado por los cirios encendidos en las iglesias, los hornos de pan y los braseros domésticos— devoró durante cinco días lo que quedaba en pie. La ola del maremoto, que se estrelló contra el estuario del Tajo cuarenta minutos después de la primera sacudida, barrió la zona portuaria y remontó el río con fuerza suficiente para arrasar embarcaciones, almacenes y muelles. En total, las estimaciones más conservadoras hablan de sesenta mil muertos solo en Lisboa, de una población que entonces rondaba los doscientos cincuenta mil habitantes. En España, se contabilizaron cinco mil víctimas, la mayoría en las costas de Huelva y Cádiz. Incluso en Cornualles, al sur de Inglaterra, el mar subió tres metros en pocos minutos.

Para la Europa de la Ilustración, aquel desastre fue un shock filosófico. Lisboa no era una capital cualquiera: era una de las ciudades más ricas y devotas del continente, puerto del imperio colonial portugués y centro de un catolicismo fervoroso. ¿Cómo podía un Dios bondadoso permitir que una catástrofe así asolase sus iglesias justo en el día de Todos los Santos, matando a miles de fieles mientras rezaban? Voltaire le dedicó un Poema sobre el desastre de Lisboa y, más tarde, utilizó el terremoto como argumento central en su Cándido para ridiculizar la doctrina filosófica de que «vivimos en el mejor de los mundos posibles». Rousseau le replicó que la culpa no era de Dios sino de los hombres, que se hacinaban en ciudades de edificios altos y frágiles; si los lisboetas hubieran vivido dispersos en el campo, argumentó, el número de víctimas habría sido menor. El debate sobre el mal y la Providencia se enriqueció con un dato nuevo y perturbador: la tierra se movía sin propósito moral alguno.

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La erupción del Tambora y el año sin verano

En abril de 1815, en la isla indonesia de Sumbawa, el monte Tambora entró en erupción con una violencia que la ciencia moderna cataloga como la más potente de los últimos diez mil años. La explosión se oyó a más de dos mil kilómetros de distancia; la columna de ceniza y aerosoles sulfurosos inyectó a la estratosfera una cantidad de partículas suficiente para filtrar la radiación solar a escala planetaria durante los años siguientes. Se calcula que la temperatura global descendió entre uno y tres grados centígrados. El propio Napoleón, recluido en la isla de Santa Elena desde octubre de ese año, soportaría los veranos más fríos que se recordaban en el Atlántico sur.

Pero las consecuencias más graves se sintieron en 1816, el «año sin verano». En Nueva Inglaterra, las heladas destruyeron las cosechas en pleno mes de julio y la nieve cayó en junio sobre Boston y Albany. En Europa, las lluvias torrenciales empaparon los campos de trigo de Francia, Alemania y Gran Bretaña; en Suiza nevó copiosamente en agosto y el hambre golpeó con especial dureza a las comarcas de montaña. Las malas cosechas dispararon el precio del grano: en algunas regiones de Gales y Alemania se multiplicó por ocho. Las revueltas por alimentos estallaron en Inglaterra, Francia y los Países Bajos, y en Suiza el gobierno hubo de decretar el estado de emergencia ante las protestas de los campesinos hambrientos. El tifus y el cólera aprovecharon la debilidad de las poblaciones desnutridas para extenderse. La cifra de muertos indirectos del Tambora se estima en varias decenas de miles solo en el continente europeo.

Paradójicamente, el desastre climático también tuvo efectos culturales. Aquel verano gélido y lluvioso confinó en una villa a orillas del lago Lemán (o lago de Ginebra) a un grupo de jóvenes ingleses: lord Byron, su médico John Polidori, el poeta Percy Bysshe Shelley y su prometida Mary Godwin. Para combatir el tedio de unas vacaciones empapadas por la lluvia incesante, se retaron a escribir cada uno una historia de terror. Mary, que por entonces tenía dieciocho años, concibió aquella noche la trama de una novela que publicaría dos años después con el título de Frankenstein o el moderno Prometeo. Polidori, por su parte, esbozó El vampiro, la obra que inauguraría en la literatura europea el arquetipo moderno del vampiro aristocrático. La erupción del Tambora, acaecida a once mil kilómetros de distancia puso así la primera piedra —o la primera chispa— de dos mitos literarios que perduran dos siglos después.

La crisis del Tambora también aceleró la investigación científica sobre el clima. Fue a raíz de aquel año sin verano cuando los naturalistas empezaron a sospechar la relación entre las grandes erupciones volcánicas y las alteraciones climatológicas globales, una hipótesis que la vulcanología confirmaría plenamente en el siglo XX.

Sequías, huracanes y el fin de civilizaciones

Las erupciones y los terremotos exhiben una teatralidad apocalíptica que los vuelve memorables. Pero hay otro tipo de fenómeno natural cuya acción es tan lenta que apenas se percibe en una vida humana y, sin embargo, capaz de derribar imperios: la sequía.

El caso más estudiado es el colapso de la civilización maya clásica. En el siglo IX, las ciudades-estado del Petén guatemalteco y del sur de Yucatán —Tikal, Calakmul, Copán, Palenque— habían alcanzado un apogeo demográfico y artístico que parecía inagotable. Sus palacios de piedra labrada, sus sistemas de escritura jeroglífica y sus calendarios astronómicamente precisos asombran todavía a los arqueólogos. Sin embargo, alrededor del año 800 d.C., la región entró en un período de sequías recurrentes que se prolongó durante dos siglos [PENDIENTE: fechas concretas de inicio y fin de las sequías según estudios paleoclimáticos recientes]. El análisis de sedimentos en los lagos del Petén ha revelado una reducción drástica de las precipitaciones —entre un cuarenta y un cincuenta por ciento— durante las décadas críticas. Sin agua suficiente para sostener a poblaciones de hasta doscientas personas por kilómetro cuadrado en el entorno de las grandes capitales, el sistema colapsó: hambrunas, revueltas y abandono de los centros ceremoniales en un lapso de apenas cien años.

No fue el único colapso ligado al clima. En Mesopotamia, el Imperio acadio —el primer estado territorial de la Historia, fundado por Sargón I hacia el 2300 a.C.— se desintegró abruptamente tras varias décadas de sequía que secaron los campos de trigo y cebada del norte de la actual Siria. Los textos cuneiformes de la época describen cómo las murallas de las ciudades «quedaron vacías» y la gente «se comía la carne de sus propios hijos». Las excavaciones en Tell Leilan, una ciudad acadia del valle del Jabur, muestran una capa de polvo estéril de trescientos años de espesor que coincide exactamente con el colapso. En el Egipto ptolemaico, una serie de inundaciones insuficientes del Nilo —provocadas por la alteración de los monzones africanos a raíz de erupciones volcánicas lejanas— debilitó la dinastía lágida hasta facilitar la anexión romana tras la batalla de Actium en el 31 a.C.

También los huracanes han cambiado el rumbo de imperios. En 1588, la conocida como Armada Invencible que Felipe II envió contra Inglaterra no fue derrotada solo por los barcos de Francis Drake y los brulotes incendiarios: una serie de tormentas septentrionales —los temporales del Atlántico norte que los marineros españoles bautizaron como «la borrasca de Dios»— dispersó los galeones y estrelló contra las costas de Irlanda y Escocia muchos de los que lograron escapar de los combates. De los ciento treinta barcos que zarparon de Lisboa, apenas sesenta y cinco regresaron a puerto español. Aquella borrasca preservó la independencia de la Inglaterra isabelina y, con ella, el protestantismo inglés.

Lo que la Historia y la geología comparten

No es casual que los grandes desastres naturales coincidan con cambios de era. La Tierra ha sido siempre una presencia activa en los asuntos humanos, no un simple escenario sobre el que se representa la obra de reyes y generales. Las cenizas del Vesubio moldearon el gusto de la Europa ilustrada tanto como los mármoles del Partenón. El eclipse del Halys selló una paz dinástica cuando la espada ya estaba desenvainada. Y la furia del Tambora, a once mil kilómetros de Ginebra, engendró en la penumbra lluviosa de una villa suiza el monstruo de Frankenstein.

El filósofo francés Voltaire, el mismo que empleó el terremoto de Lisboa para demoler el optimismo metafísico de su siglo, escribió en una carta de 1756: «La filosofía consuela, pero no reconstruye». Afortunadamente, de aquellas ruinas también surgió una ciudad nueva —la Lisboa pombalina de calles rectas y edificios con la primera estructura antisísmica de Europa— y una disciplina científica, la sismología, que hoy salva vidas. Del Vesubio brotó el Neoclasicismo y de las sequías mayas, advertencias que la arqueología climática lee ahora en los sedimentos de los lagos. La Historia, mirada desde sus catástrofes, revela que en cada pérdida hay ya la semilla de una transformación.