Yellowstone, naturaleza a la americana: el géiser que dicta el reloj turístico

Cada 92 minutos, el Old Faithful lanza un chorro de agua y vapor que congrega a cientos de visitantes. Pero a unos metros del aparcamiento, la vida salvaje recuerda que Yellowstone es un volcán activo y el hogar de osos grizzly.

En pleno verano, el aparcamiento del Old Faithful se vacía y se llena con la misma cadencia que el géiser. Cada 92 minutos de promedio, un chorro de vapor y agua hirviente se eleva hasta 60 metros sobre la cuenca, puntual como un reloj suizo. Los turistas abandonan los coches, ocupan las pasarelas de madera y aguardan con los móviles en alto. Minutos después, el espectáculo termina, los vehículos arrancan y el lugar queda momentáneamente silencioso, a la espera del siguiente ciclo.

Esa regularidad ha convertido al Old Faithful en el icono turístico de Yellowstone, pero también en el guardián invisible de un lugar que se resiste a la domesticación. Basta alejarse 200 metros de la carretera y adentrarse en un barranco arbolado para que el parque muestre su verdadera naturaleza: una altiplanicie de 2.400 metros de altura que hierve bajo la corteza terrestre y donde los osos grizzly deambulan sin horario.

«Uno de los peores temores de todos los superintendentes de Yellowstone es que el Old Faithful deje de manar estando ellos en ejercicio», afirma Dan Wenk, el hombre que durante años dirigió el parque.

Un paseo mortal en solitario

Una mañana de verano, Lance Crosby, un enfermero de 63 años natural de Billings, Montana, salió a caminar por los senderos de Yellowstone. No llevaba espray antiosos. Se topó con una osa grizzly y sus dos crías. En cuestión de minutos, el encuentro terminó con la muerte del senderista. La osa lo mató y, siguiendo un instinto ancestral, semienterró los restos con tierra y pinaza para reservar el alimento.

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El suceso conmocionó al personal del parque. Los guardas localizaron a la osa, confirmaron su implicación mediante análisis de ADN y, tras sedarla y anestesiarla, la sacrificaron. La decisión no fue sencilla: una hembra adulta que ha devorado carne humana, aun cuando el ataque no fuera provocado intencionadamente, se considera demasiado peligrosa. «Estamos consternados por esta tragedia y no dejamos de pensar en los allegados de la víctima», declaró Dan Wenk.

La muerte de Crosby fue apenas la séptima en el parque atribuida a un oso en el último siglo. En esos mismos años, hubo más ahogamientos, quemaduras en las fuentes termales e incluso suicidios que víctimas de las garras de un grizzly. Dos personas murieron alcanzadas por un rayo y otras dos por bisontes. La cifra no resta dramatismo al suceso, pero lo coloca en una perspectiva inquietante: Yellowstone es un espacio salvaje donde la naturaleza impone sus reglas, aunque las rutas estén señalizadas y los aparcamientos se llenen cada 92 minutos.

Old Faithful Yellowstone

Bajo la meseta, un supervolcán

El paisaje engaña. La meseta de Yellowstone parece un altiplano frío y estático, surcado de bosques de pinos retorcidos y prados de artemisa. Pero bajo los pies de los excursionistas se esconde uno de los sistemas volcánicos más activos del planeta. Un gigantesco punto caliente perfora el manto y la corteza terrestre: una pluma magmática que funde las rocas y eleva el terreno. Dos cámaras superpuestas de roca parcialmente fundida alimentan este hervor subterráneo.

Los geólogos han identificado tres enormes calderas, cicatrices de otras tantas erupciones colosales registradas en los últimos 2,1 millones de años. Esas explosiones bastan para clasificar a Yellowstone como un supervolcán. A diferencia de los volcanes corrientes, que brotan en el borde de las placas litosféricas, los supervolcanes arden directamente bajo ellas, «como una tea estática que levanta ampollas a través de una plancha de acero», según describen los científicos.

De ese horno interno nacen los más de diez mil géiseres y fuentes termales que salpican el parque, una concentración que no se repite en ningún otro lugar de la Tierra. En la Cuenca Superior de los Géiseres, el calor del suelo derrite la nieve en invierno y proporciona brotes verdes incluso cuando los bisontes tienen que apartar la nieve con el testuz en el resto del territorio. El géiser Old Faithful es solo el más famoso de una legión de respiraderos que recuerdan que Yellowstone es, ante todo, un lugar geológicamente vivo.

Old Faithful Yellowstone

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La expedición que cambió el Oeste

Antes de que los europeos pisaran la meseta, los pueblos nativos —bannock, crow, shoshone— recorrían estacionalmente este territorio en busca de caza y abrigo. Sus tradiciones aún vinculan a sus descendientes con el lugar. Pero a mediados del siglo XIX, la fiebre por explorar el Oeste atrajo a tramperos y expedicionarios que regresaban con relatos asombrosos: cañones profundos, cascadas rugientes y columnas de agua hirviente que brotaban del suelo.

El punto de inflexión llegó con tres expediciones sucesivas entre 1869 y 1871. La de 1870, en la que participó Nathaniel Langford, un publicista del Ferrocarril del Pacífico Norte, fue especialmente visionaria. Otro de sus integrantes, Walter Trumbull, escribiría poco después: «Cuando, gracias al Ferrocarril del Pacífico Norte, las cataratas del Yellowstone y la cuenca de los geísers estén bien comunicadas, seguramente no habrá en América destino más apreciado para tomar las aguas y pasar las vacaciones de verano».

La expedición de 1871, dirigida por Ferdinand V. Hayden, director del Servicio Geológico de los Territorios de Estados Unidos, fue decisiva. Contó con el fotógrafo William Henry Jackson y el pintor Thomas Moran. Sus imágenes llevaron el paisaje de Yellowstone hasta el Este del país y, sobre todo, hasta el Congreso.

Un parque público para el Ferrocarril

Un agente del Ferrocarril del Pacífico Norte sugirió entonces algo insólito: convertir la cuenca de los géiseres en un parque público. Hayden, Langford y otros hombres de negocios presionaron para que se protegiera aquel rectángulo de casi un millón de hectáreas, que abarcaba los géiseres, el Gran Cañón del Yellowstone, Mammoth Hot Springs, el lago Yellowstone y el valle del Lamar. El objetivo confeso era atraer turistas que llenaran los vagones y los hoteles.

El 1 de marzo de 1872, el presidente Ulysses S. Grant sancionó la ley que creaba el primer parque nacional del mundo. El texto hablaba literalmente de «un parque público o terreno de recreo para beneficio y disfrute de la ciudadanía», sin mencionar a los indígenas que llevaban siglos viviendo allí. La frontera del parque era una línea recta sobre el mapa, ajena a los ritmos ecológicos de la fauna y a los corredores migratorios.

La matanza de los hermanos Bottler

Durante los años siguientes, la recién estrenada protección no fue mucho más que papel mojado. Sin presupuesto ni personal, el parque se convirtió en un cazadero sin ley. Los cazadores profesionales operaban a plena luz del día, abatiendo uapitíes, bisontes, carneros de las Rocosas y cualquier ungulado que se pusiera a tiro. Se dice que los hermanos Bottler, dos célebres cazadores de la zona, llegaron a matar unos 2.000 uapitíes cerca de Mammoth Hot Springs a principios de 1875. Solo se llevaban la lengua y la piel; el resto quedaba abandonado, atrayendo a osos grizzly que seguramente también caían bajo sus rifles.

«Entre 1871 y 1881 se produjo aquí una matanza masiva», resume Lee Whittlesey, historiógrafo del parque. Una piel de uapití costaba entre seis y ocho dólares, un buen jornal en la época, y un cazador podía abatir entre 25 y 50 ejemplares al día. Las laderas aparecían sembradas de cornamentas. Los primeros turistas, aunque menos numerosos que hoy, también dejaban su huella: arrancaban formaciones de los géiseres, grababan sus nombres en las rocas y perseguían a los animales.

No fue hasta la llegada del ejército en 1886 —y más tarde, del Servicio de Parques Nacionales en 1916— cuando comenzó a imponerse un orden. Pero la paradoja estaba sembrada: proteger la naturaleza salvaje significaba, al mismo tiempo, vigilarla y domarla para garantizar la seguridad de los visitantes.

Nueve millones de hectáreas de contradicción

Old Faithful Yellowstone

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Hoy, Yellowstone no es solo un parque nacional. Da nombre a un ecosistema mucho mayor: el Gran Ecosistema de Yellowstone, una mancha en forma de ameba que abarca también el Parque Nacional del Grand Teton, bosques nacionales, refugios de vida salvaje y otros terrenos públicos y privados, y que suma unos nueve millones de hectáreas. En su interior, todavía es posible encontrar a todas las grandes especies que habitaban la región antes de la llegada del hombre blanco: lobos reintroducidos en 1995, osos grizzly, uapitíes, bisontes, linces, pumas y águilas calvas.

Alrededor de esa ameba se extiende una zona de transición donde empieza a ser más fácil toparse con reses que con uapitíes, con silos que con osos grizzly. Y más allá, los Estados Unidos del siglo XXI: autopistas, centros comerciales, barrios residenciales infinitos y Starbucks. La pregunta es si tiene sentido, casi siglo y medio después, preservar en el corazón del país un vestigio del paisaje primordial del continente americano, un lugar de inhospitalidad gloriosa donde los depredadores aún cazan a sus presas.

La respuesta no es sencilla. Los gestores del parque deben equilibrar cada año un alud de más de cuatro millones de visitantes con la necesidad de no interferir en los ciclos naturales. Se sacrifican osos que matan excursionistas, se controlan manadas de bisontes que salen de los límites del parque, se apagan incendios provocados por rayos y se encienden otros de forma controlada para regenerar el bosque. Es naturaleza gestionada, naturaleza a la americana: tan auténtica como contradictoria.

Cuando el próximo chorro de Old Faithful se eleve puntual contra el cielo de la meseta, los móviles volverán a grabarlo y los aparcamientos volverán a vaciarse. A solo unos minutos a pie, sin embargo, en un barranco cubierto de artemisa, habrá un grizzly olfateando el viento. Nadie le ha explicado que vive en un parque nacional, ni que su existencia depende de la voluntad humana. Simplemente, sigue ahí.