Wicker película: Olivia Colman y Alexander Skarsgård convierten el deseo en un romance monstruoso

La comedia medieval de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson, con Peter Dinklage de cestero, se lee desde The New Yorker como una fábula chauceriana sobre el deseo y el grotesco.

En 'Wicker', Olivia Colman se fabrica un marido de mimbre. El cestero del pueblo, al que da vida Peter Dinklage, se lo trenza y Alexander Skarsgård le pone el cuerpo. Lo que empieza como una comedia rural sobre una mujer que no quiere marido termina siendo una guerra cultural de pueblo con la cama rota como prueba.

La película la firman Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson, dura lo que un cuento y se apoya en la banda sonora de Anna Meredith para convertir un pueblo de barro, trigo, y hombres que son unos zoquetes en un lugar con brillo de fábula. En el reparto, Elizabeth Debicki, Nabhaan Rizwan, Gustav Lindh y Marli Siu interpretan a gente bautizada por su oficio o por el oficio de su cónyuge.

Un pueblo medieval, un chiste de madera dura y un marido perfecto

El punto de partida es un relato de Ursula Wills titulado 'The Wicker Husband'. Los hombres son el Sastre, el Lavador de Botellas; las mujeres, la Mujer del Sastre y la Mujer del Lavador de Botellas. En la boda, la novia agacha la cabeza y recibe encantada un collar —el anillo de este universo— y la ceremonia se pronuncia como 'hombre y su mujer'. Ahí es nada. La estructura tiene truco de cuento viejo, muy cerca de los relatos de Chaucer, con esa mezcla de sátira y rigor histórico que hace que todo parezca sucio y verdadero a la vez.

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En la orilla del río vive la Pescadora de Colman: destripa peces, duerme en una choza y mea en un cubo. Las demás la ridiculizan por oler a pescado, que viene a ser lo mismo que oler a no haber sido elegida. Ella, según recoge The New Yorker, les contesta que el amor le parece más una carga que un premio. Acto seguido le pide al Cestero un marido de mimbre. Y el Cestero, que es el otro marginado del pueblo, se lo hace.

Lo que The New Yorker ha visto en el chiste del mimbre

La lectura de la revista neoyorquina es bastante más ambiciosa de lo que el argumento sugiere. Su crítico pone la película en diálogo con el ensayo que Magdalene Taylor publicó en el Times a finales de mayo, rebautizado como There's Nothing Wrong With Wanting Men, y con el concepto de heteropessimism que Asa Seresin acuñó en The New Inquiry en 2019: esa manía de desmarcarse de la heterosexualidad en voz alta, entre la vergüenza ajena y la desesperanza.

El marido de mimbre no tiene pasado, ni ego, ni opinión sobre el sofá: por eso funciona, y por eso la película se queda a medio camino.

De ahí sale el único reproche serio del texto: que 'Wicker' podía haber sido más valiente. El monstruo es demasiado apuesto, demasiado Skarsgård, y el matrimonio central esquiva la rareza que sí tiene. Traducción libre: la película se enamora de su propio chiste y le quita hierro al grotesco, que era justo la parte interesante.

El monstruo como antídoto y como trampa de mercado

El romance con monstruo es viejo —Pasífae y el toro blanco ya iban por ahí— pero la cosecha reciente funciona como fármaco. Sarah J. Maas ha vendido más de cien millones de libros con la saga 'Una corte de rosas y espinas', que sus fans llaman fairy smut sin ningún pudor. En Hollywood el bicho se ha vuelto sospechosamente atractivo: el Creature de Jacob Elordi en el 'Frankenstein' de Guillermo del Toro, el de Christian Bale en The Bride! de Maggie Gyllenhaal. El susto ya no es el monstruo sino el deseo.

'Wicker' se sostiene sobre un juego de palabras —madera dura, ya me entiendes— y, milagro, sus recombinaciones no se agotan. Es lista, va al grano y no sermonea. El problema llega cuando resuelve el conflicto con la fantasía más cómoda del catálogo: un tipo construido a medida, sin psicología y sin cláusulas. Cuando la duda entra en la Pescadora por el qué dirán, la película señala al mundo exterior como única toxina y ahí se le ve el truco. La fantasía arregla lo que la vida real no, y eso es exactamente lo que el crítico le echa en cara.

Queda la pregunta que el texto deja caer y que nadie en la industria va a responder este año: qué pasaría si el monstruo fuese feo de verdad. Si el deseo no necesitase un Skarsgård de dos metros con pestañas de fibra de lino para resultar presentable. Esa película daría más miedo, desde luego, y también más que hablar. Mientras llega, nos queda el chiste del mimbre y una Olivia Colman destripando peces como quien no quiere la cosa.

El resumen para vagos (TL;DR)

  • 🎯 ¿Qué ha pasado? 'Wicker' convierte a Olivia Colman en novia de un marido de mimbre y The New Yorker lo disecciona.
  • 🔥 ¿Por qué importa? Porque conecta el chiste medieval con el auge del romantasy y el heteropessimism.
  • 🤔 ¿Nos afecta o es solo un meme? Afecta si te preguntas por qué los monstruos del cine están cada vez más buenos.