Hablar de Dolly Parton es hablar de una de las compositoras más fértiles de la música popular estadounidense: convirtió su infancia pobre en las montañas de Tennessee en materia prima de canciones y logró que lo íntimo sonara universal. Ahora que nos ha dejado, las ocho piezas de esta lista recorren su arco completo: del country tradicional de sus primeros singles al pop de su etapa más comercial, sin olvidar la balada que Whitney Houston convirtió en himno global. No están todas, pero cada una define un rasgo esencial de su voz y de su manera de contar historias.
Aquí conviven composiciones suyas, como la autobiográfica Coat of Many Colors o la despedida que se convirtió en I Will Always Love You, con piezas adoptadas que hizo suyas, como Islands in the Stream o Here You Come Again. El criterio no ha sido la posición en las listas, sino la huella que dejan en quien las escucha: la reivindicación feminista de Just Because I'm a Woman, la denuncia laboral disfrazada de éxito pop de 9 to 5 o la fragilidad de Jolene siguen diciendo algo décadas después.
2I Will Always Love You
Pocas canciones resumen mejor el talento de Dolly Parton como compositora que I Will Always Love You, nacida en 1973 de una despedida: la que necesitaba darle a Porter Wagoner, el mentor con el que llevaba siete años y del que quería separarse para volar en solitario. La escribió la misma tarde en que también compuso Jolene y se la cantó a solas, con la guitarra, en la oficina de Wagoner, que rompió a llorar y aceptó su marcha con una condición: producir él la grabación. El tema, publicado en 1974, llegó al número uno de las listas country y repitió cima en 1982 con la regrabación para The Best Little Whorehouse in Texas, un doblete inédito para una misma canción. Antes, Parton había dicho que no a Elvis Presley: su mánager, el coronel Tom Parker, exigía la mitad de los derechos editoriales y ella prefirió conservar su obra por puro instinto, una decisión que acabaría siendo providencial y que revela a una autora dueña absoluta de su catálogo.
La versión de Whitney Houston para El guardaespaldas (1992) convirtió esa delicada balada country en un fenómeno planetario: catorce semanas en el número uno del Billboard Hot 100, entonces un récord, dos Grammy (Grabación del Año y Mejor Interpretación Vocal Femenina) y el título de sencillo más vendido por una mujer en la historia. La propia Parton contó que la escuchó por sorpresa en el coche y tuvo que apartarse de la carretera, abrumada al comprobar hasta dónde había llegado su "pequeña canción triste de country". Las regalías de esa versión superaron los diez millones de dólares solo en los años noventa, y ella invirtió parte en un barrio afroamericano de Nashville que bautizó, con su humor habitual, como "la casa que construyó Whitney". Esa rentabilidad no es un accidente: el tema demuestra que el mayor legado de Parton no fue solo su voz, sino una pluma capaz de convertir un adiós profesional en la declaración más universal de la música popular.

