En el parque de atracciones de Prípiat hay una noria que no ha girado en décadas. Los autos de choque se oxidan al aire libre, mecidos por el viento que llega desde la zona de exclusión de Chernóbil. La ciudad llegó a tener 50.000 habitantes y quedó evacuada por completo apenas treinta y seis horas después de la fusión del reactor nuclear, el 26 de abril de 1986. Aquella noria es una de las imágenes más repetidas del turismo de ruinas, una práctica que viaja a lugares donde la vida se interrumpió de golpe.
España guarda dos piezas mayores de ese atlas de la desolación: Belchite y Granadilla, dos pueblos vacíos por razones distintas y conservados como cicatrices. En ambos, la ruina no es un simple abandono; es una decisión de memoria, el instante en que la historia se congeló antes de que nadie pudiera desvalijar el escenario.
La ruina como espejo
Las ruinas seducen porque son lugares donde el tiempo se hace visible. Un edificio abandonado muestra sus capas: la pared descascarillada, el árbol que horada el suelo, el hierro que se retuerce. La estética romántica ya encontró en los siglos XVIII y XIX una belleza extraña en aquello que se desmorona, una mezcla de melancolía y asombro que la cultura visual traduce en fotografías virales y en rutas cada vez más concurridas. El fenómeno no es nuevo; cambia el soporte, no la fascinación.
No se trata solo de nostalgia. La ruina invita a mirar de otra manera: obliga a recomponer lo que falta, a imaginar los pasos que sonaron en un patio hoy mudo, a calcular la fuerza con la que la arena, la hiedra o el viento reclaman lo que antes les pertenecía. Hay en ese ejercicio una forma de respeto: visitar una ruina es aceptar que todo lo que se levanta lleva dentro su propio derrumbe.
Belchite y Granadilla, dos heridas españolas
En Belchite, la Iglesia de San Martín de Tours mantiene en pie su silueta desollada. La localidad zaragozana fue escenario de una de las batallas simbólicas de la Guerra Civil Española, la batalla de Belchite, que terminó con 5.000 bajas entre los dos contendientes. Los combates dejaron el casco urbano destruido. En lugar de reconstruirlo, el dictador Francisco Franco decidió crear una nueva localidad cercana, conocida como Belchite Nuevo, y dejó intactas las ruinas del anterior como recuerdo de la guerra. Esa decisión convirtió el Pueblo Viejo en un monumento involuntario, con calles donde las fachadas se mantienen de pie sin techo y el silencio pesa más que la piedra.
Granadilla responde a otra lógica: la del agua y el desarrollo. Fundada en el siglo X con el nombre de Granada, en 1492 los Reyes Católicos le cambiaron el nombre tras la conquista del reino nazarí de Granada para evitar confusiones entre ambas. El 24 de junio de 1955 se decretó la expropiación de la mayor parte del término municipal, incluido el casco urbano, a causa de la construcción del embalse de Gabriel y Galán. El 15 de junio de 1960, con motivo del pago de las indemnizaciones, el representante del Gobierno notificó a los vecinos que, a partir de esa fecha, las fincas y el pueblo se consideraban legalmente ocupadas por la Administración del Estado y que sobre ellas no podrían reclamar derecho alguno. Muchos descendientes de los desalojados pelean para que el pueblo deje de estar en una zona inundable como se decretó en 1955.

Las dos ruinas españolas comparten una paradoja: son lugares sin habitantes que, sin embargo, permanecen vivos en la memoria de los descendientes. Mientras Belchite se visita como testimonio bélico, Granadilla se observa desde la orilla de un embalse, con sus casas vacías y su perímetro dibujado por una administración que no ha acabado de cerrar el expediente.
Craco, Prípiat y Varosha: las evacuaciones sin retorno
En Craco, al sur de Italia, el abandono fue geológico y lento. Fundada en el siglo VIII, la ciudad creció en la cima de una colina y durante varios siglos soportó terremotos, guerras y epidemias de peste negra. En 1963, un nuevo terremoto obligó a los habitantes a evacuar la ciudad. La localidad original sigue en un estado de deterioro lento, aunque conserva visitantes. Incluso hay festivales religiosos anuales que se celebran entre las ruinas, mientras los turistas pueden recorrer fuera de temporada las cuestas y los acantilados.
Prípiat es el caso más radical de evacuación. La ciudad ucraniana, a solo una milla del epicentro de la catástrofe de Chernóbil, quedó completamente contaminada con radiactividad. A los residentes se les dijo que el desplazamiento duraría tres días; nunca regresaron. Tras la caída de la Unión Soviética, la zona de exclusión se convirtió en un laboratorio de la naturaleza y en un imán para quienes buscan comprender qué ocurre cuando el ser humano se marcha y deja la ciudad intacta.

En Varosha, el vacío es militar y diplomático. El distrito de Famgusta, que fue un importante centro turístico chipriota, quedó abandonado y sellado por el ejército turco desde que sus residentes huyeron durante la guerra de 1974. Chipre está dividida en un sur grecochipriota y un norte turcochipriota desde aquella breve pero devastadora guerra. Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas mantienen una zona de amortiguación que atraviesa Nicosia y toda la isla para separar a las facciones. En el sur, la República de Chipre, de mayoría griega, está reconocida internacionalmente y es miembro de la Unión Europea; en el norte, la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre solo es reconocida por Turquía, que mantiene estacionadas allí decenas de miles de soldados. Los cientos de edificios de Varosha siguen erguidos entre la maleza y la arena, como un decorado a la espera de un rodaje que no termina de llegar.
Kolmanskop y Uyuni: cuando el dinero se agotó
La ciudad de Kolmanskop, en Namibia, fue un enclave dedicado a la minería de diamantes a partir de 1908. Edificios de estilo centroeuropeo, salones de baile, incluso una bolera, levantados en medio del desierto. Cuando sus habitantes descubrieron diamantes más al sur, el lugar se convirtió instantáneamente en una ciudad fantasma. Ahora es famosa por sus casas llenas de arena, con habitaciones invadidas por dunas que entran por ventanas y puertas como si el desierto quisiera recuperar lo suyo. Esas estancias han aparecido en diferentes películas.
En el altiplano boliviano, el Gran Cementerio de Trenes de Uyuni cuenta otra historia de riqueza que se agotó. A comienzos del siglo XIX se planificó la ampliación de la red de transporte de Uyuni y la construcción de más vías férreas a través de la ciudad, pero el proyecto se abandonó por dificultades técnicas y tensiones con los indígenas locales. Los trenes siguieron usándose para transportar minerales a las ciudades portuarias del Pacífico; cuando los minerales se agotaron en la década de 1940, los mineros se marcharon y el equipo quedó abandonado en el desierto. El tiempo y los vientos salinos han corroído los vagones y las locomotoras, que reposan en la llanura blanca como juguetes gigantes devorados por el óxido.
Naturaleza contra artificio
Hay ruinas en las que la naturaleza no roba la escena: la habita. La aldea de Houtouwan, en la isla china de Shengshan, estuvo habitada por pescadores hasta los años noventa. Con la llegada del transporte marítimo moderno, la construcción y la reparación de buques en la zona, la aldea se vació. Entonces las hiedras se apoderaron de las paredes. El verde cubre fachadas enteras, ventanas, escaleras, y ha convertido el pueblo en una estampa que atrae a quienes buscan el contraste entre el abandono humano y la exuberancia vegetal. Los antiguos habitantes han vuelto para trabajar en el negocio turístico de la isla.
En el puerto de Sídney, el SS Ayrfield es un caso parecido sobre el agua. Construido en 1911, fue hundido en 1972 en la bahía de Homebush. Pasó de ser un barco flotante a un manglar flotante: sobre su casco oxidado crecen árboles que parecen surgir del acero. En Dinamarca, el faro de Rubjerg Knude encarna la lucha contra las fuerzas de la naturaleza. La costa se erosiona allí a una media de 1,5 metros al año. El faro dejó de funcionar en 1968. Durante varios años, sus edificios sirvieron como museo y cafetería, pero el continuo movimiento de arena obligó a abandonarlos en 2002. Se esperaba que la torre cayera al mar en 2023; sin embargo, en 2019 se reubicó 70 metros tierra adentro, una operación que aseguró su futuro al menos hasta alrededor de 2060.

En el extremo opuesto del planeta, el faro del cabo de Aniva se alza en silencio sobre la isla de Sajalín. Construido en las escarpadas formaciones rocosas durante la época en que la isla pertenecía a Japón con el nombre de Karafuto, guió a los barcos a través de aguas difíciles. El dominio de la isla cambió de manos varias veces entre rusos y japoneses, incluso compartida. Los soviéticos tomaron el control total después de la Segunda Guerra Mundial y añadieron radiactividad al faro: generadores nucleares permitían que la estructura funcionara por sí misma. Con la disolución de la Unión Soviética llegó el abandono. En Islandia, el avión de Solheimasandur se estrelló en 1973 y permanece inalterado sobre la playa de arena negra. Requiere una caminata de dos horas y regala, de noche, la imagen del fuselaje iluminado por auroras boreales.
Memoria, desmesura y fracaso
Algunas ruinas son monumentos voluntarios. Oradour-sur-Glane, en la región francesa de Limousin, se conservó deliberadamente para no olvidar. El 10 de junio de 1944, una compañía de las Waffen-SS destruyó la población original y asesinó con armas de fuego a 642 hombres, mujeres y niños. Las ruinas del pueblo permanecen como monumento permanente y museo para expresar la atrocidad de la ocupación nazi de Francia entre 1940 y 1945. La visita no es turística en el sentido amable del término; es una confrontación.
Otras ruinas cuentan el fracaso de la desmesura. Tianducheng, en la provincia china de Zhejiang, es una comunidad residencial construida en 2007 como réplica de París, con una Torre Eiffel de 108 metros en el corazón. La finalización prevista para 2016 convenció a muy pocos compradores y la ciudad pareció más un pueblo fantasma que el París original; con los años ha mejorado al atraer turistas nacionales hacia esta pequeña París china. La antigua estación de Michigan Central en Detroit, inaugurada en 1914, recibía cientos de trenes al día y cerró en 1988 como un recordatorio de la contracción económica de la ciudad.
En Nueva Orleans, el parque Jazzland de Six Flags quedó destruido por el huracán Katrina en 2005. El agua quedó estancada durante semanas, y el parque es ahora un desierto de atracciones abandonadas, lleno de montañas rusas esqueléticas, puestos de comida volcados y adornos destrozados. En el norte de Estados Unidos, el castillo Bannerman, una construcción de estilo escocés levantada por la familia Bannerman a principios del siglo XX en la isla Pollepel del río Hudson para almacenar su colección privada de arte y armas antiguas, perdió la mayoría de sus estructuras en un incendio en 1969; aun con las paredes deterioradas, la silueta se impone a quienes pasan navegando.
En Londres, la antigua estación de metro de Crystal Palace data de 1865 y sirvió originalmente como enlace entre la estación de High Level y el Palacio de Cristal. El grupo de voluntarios Friends of Crystal Palace Subway trabaja desde hace años para restablecer el acceso peatonal seguro y permitir visitas guiadas; la ruina, allí, es un objeto de deseo comunitario.
El turismo de la ausencia
Los lugares abandonados del planeta comparten una cualidad: hacen visible lo que ya no está. El visitante que recorre Belchite, Kolmanskop o el cementerio de trenes de Uyuni no contempla solo muros caídos; contempla una interrupción. La ruina es un relato congelado, y su belleza nace precisamente de esa tensión entre lo que fue y lo que ya no puede ser.
El turismo de ruinas camina sobre una cuerda delicada. Por un lado, rescata del olvido espacios que sin visitantes terminarían devorados por la vegetación o el polvo. Por otro, puede trivializar el dolor, convertir una masacre o un desalojo forzoso en una parada para fotos. El reto no es nuevo: toda ruina conservada es una elección humana, una decisión sobre qué recordar y qué dejar caer.
La noria de Prípiat no volverá a girar. Tampoco los trenes de Uyuni ni las bombas de agua de Kolmanskop. Pero en su quietud siguen contando algo: que la vida, con su ruido, sus gestiones, sus presas y sus guerras, es una excepción frágil frente al tiempo que siempre vuelve a ocupar el espacio vacío.




