La figura del presidente Donald Trump se ha ido fundiendo con la de un showman capaz de convertir cualquier comparecencia pública en un espectáculo impredecible y de mal gusto. Sus declaraciones, cada vez más incendiarias, no son ya episodios aislados, sino un patrón comunicativo que marca su segundo mandato y condiciona la política exterior de Estados Unidos en un momento de máxima tensión, ahora también en medio del conflicto con Irán.
Lejos de atenuarse con el paso de los años y el peso del cargo, sus intervenciones se han intensificado y han adquirido un tono más agresivo, con consecuencias diplomáticas, humanitarias y políticas que trascienden las fronteras estadounidenses.
Aunque ya pareciera que nos hemos olvidado del asedio de Israel a Palestina, el caso de Gaza ilustra mejor que ningún otro esa deriva. Tras una reunión con Benjamín Netanyahu en la Casa Blanca, Trump defendió públicamente la idea de que Estados Unidos tomara el control a largo plazo de la Franja y la reconstruyera como "la nueva Riviera de Oriente Medio", un sueño inmobiliario que implicaría expulsar a la población palestina del enclave. "No quiero ser un gracioso ni un listillo, pero la Riviera de Oriente Medio... Esto podría ser maravilloso", llegó a decir, en plena guerra y con decenas de miles de muertos.
La propuesta, difundida además mediante vídeos generados con inteligencia artificial que vendían ese proyecto turístico, provocó una avalancha de críticas. La relatora especial de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados la calificó de "tontería, ilegal, inmoral e irresponsable", mientras que el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos recordó que toda deportación o transferencia forzosa de población sin base legal está estrictamente prohibida por el derecho internacional. La alta representante para la Política Exterior de la UE fue igual de tajante al subrayar que los aliados rechazaban por completo esa idea.

Y es que no es exabrupto aislado. En el terreno migratorio, Trump ha cultivado un lenguaje que deshumaniza de forma sistemática. Ha presumido de eliminar protecciones de deportación para somalíes vigentes desde 1991, ha suspendido solicitudes de inmigración de casi una veintena de países y ha justificado estas decisiones con frases del tipo "son basura, no los quiero en Estados Unidos" y "me encanta el olor de las deportaciones por la mañana", construyendo un relato en el que la expulsión de personas se presenta como un acto casi épico y cotidiano.
Organizaciones de derechos humanos y agencias internacionales advierten de que retratar a refugiados y migrantes como criminales o despojos alimenta la xenofobia y la violencia, convierte a quienes buscan protección en chivo expiatorio de problemas estructurales, y facilita políticas punitivas que vulneran derechos fundamentales. El mensaje que se envía es que esas vidas valen menos y que su sufrimiento es un daño colateral asumible en nombre de la seguridad nacional.
Trump insulta, ridiculiza y normaliza la humillación
La lógica de la humillación se extiende también a la relación de Trump con la prensa y los líderes extranjeros. Durante un viaje en el Air Force One, cuando la periodista Catherine Lucey intentó repreguntar sobre el caso Epstein, se volvió hacia ella con un "Silencio. Cállate, cerdita", un insulto sexista que provocó indignación en redacciones y redes sociales. Poco después tildó de "tonta" a otra reportera por cuestionar sus acusaciones contra Joe Biden tras un tiroteo en Washington.
Ese patrón se reproduce con mandatarios y aliados, y lo hemos visto con Pedro Sánchez. En el seno de la OTAN llegó a sugerir que se expulsara a España por no elevar el gasto militar al nivel que exigía Washington. "No estoy contento con España", afirmó, amenazando con represalias y aranceles. En el ámbito comercial, se jactó de que algunos países "nos están llamando, besándome el culo, están locos por llegar a un acuerdo", una frase que resume su visión de la humillación verbal como prueba de poder.
En la Asamblea General de la ONU, Trump advirtió a los líderes europeos de que "sus países se están yendo al infierno" y de que "Europa está en serios problemas" por su gestión de la inmigración. En lugar de matizar tras la polémica, reforzó el mensaje, presentándose como el único capaz de decir "verdades incómodas" y de frenar una supuesta decadencia europea asociada a la llegada de migrantes. Una retórica que —sorpresa— es aplaudida por buena parte del electorado.
A su vez, en la política interna ha abrazado abiertamente posiciones que organizaciones de derechos humanos califican de discriminatorias. Al firmar una orden ejecutiva para prohibir que mujeres trans compitan en deportes femeninos, sentenció que "a partir de ahora, los deportes femeninos serán solo para mujeres", negando la identidad de género de estas deportistas. Entidades especializadas denunciaron que estas políticas "siguen el patrón cruel de construir políticas basadas en la intolerancia y el odio", y alertaron de que abren la puerta a controles invasivos y nuevas formas de estigmatización y violencia contra las personas trans.
Un repaso a su actividad reciente en comparecencias y redes sociales dibuja, además, a un dirigente cada vez más errático. Trump mezcla asuntos triviales con decisiones de máxima relevancia —desde su obsesión con la presión del agua en las duchas hasta diatribas contra los aerogeneradores en mitad de ruedas de prensa sobre Gaza— y utiliza vídeos manipulados con IA para atacar a adversarios o alimentar teorías conspirativas sobre hospitales "regalados" a migrantes o supuestas tecnologías milagrosas de curación.
Los especialistas consultados sobre el estilo discursivo de Trump detectan rápidamente una volatilidad arriesgada y una "cacofonía trumpiana" creciente: pensamiento tangencial, discurso truncado, incapacidad para mantener un hilo argumental y una agresividad verbal que no distingue entre rivales, periodistas, organismos internacionales o colectivos vulnerables.
Aunque la Casa Blanca insiste en que el presidente goza de excelente salud y él mismo se define como un "genio estable", profesionales de la salud mental han alertado de rasgos de liderazgo marcados por el narcisismo, la impulsividad y la dificultad para asumir errores.

En paralelo, su relación con el sistema internacional de justicia se ha ido tensando. "En lo que concierne a Estados Unidos, la Corte Penal Internacional no tiene jurisdicción, legitimidad ni autoridad", declaró, acompañando esas palabras de sanciones y ataques directos al tribunal. La corte denunció un intento de socavar su independencia y la Unión Europea advirtió de que estas medidas amenazan la búsqueda de justicia y socavan el sistema de justicia penal internacional en su conjunto.
Mientras tanto, Trump sigue presentando el cambio climático como "la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo", minimizando su gravedad ante líderes de países ya golpeados por fenómenos extremos. Con lenguaje directo y simple, rompe deliberadamente con los códigos tradicionales del cargo para reforzar un vínculo emocional con una base que celebra esas transgresiones como gestos de autenticidad y desafío al establishment.
Es algo que cobra más importancia ahora, con la Casa Blanca implicada en un pulso geopolítico de alto voltaje en Oriente Medio, incluida la escalada con Irán. Cada nueva declaración de Trump no se lee ya como una excentricidad, sino como un factor de riesgo añadido: sus palabras tienen consecuencias tangibles sobre alianzas, mercados, minorías y conflictos abiertos. Y todo indica que, lejos de contenerse, el presidente seguirá apostando por esta retórica incendiaria que le ha permitido mantener una devoción casi incuestionable entre sus seguidores.



