El hombre que atraía los rayos y otras coincidencias absolutamente increíbles

A veces ocurren cosas que llegan a ser tan sorprendentes, que nos cuesta creerlo. Ya sean coincidencias históricas, o simplemente una cosa que le sucedió a una persona un día en concreto de un año en concreto. Normalmente suelen ser reencuentros con objetos antiguos, o personas con las que te relacionaste alguna vez. En cualquier caso, verás que los casos que te vamos a contar son sorprendentes.

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El Hombre Que Atraía Los Rayos Y Otras Coincidencias Absolutamente Increíbles

Titan o Titanic

No estamos hablando de la épica historia de amor entre Jack y Rose, creada por James Cameron, sino del accidente en sí. Existen numerosas leyendas urbanas sobre predicciones de la tragedia, pero esta supera los límites de la ficción.

El autor Morgan Robertson, en 1896, escribió una novela llamada «Vanidad«, en 1898, catorce años antes del accidente. Como puedes imaginar, se relataba la historia de un barco llamado «Titan», lujoso y transatlántico, que tenía fama de ser insumergible. Sí, nos imaginamos cómo acabó la novela: también choca contra un iceberg. 

Es una gran casualidad ya de por sí, pero va a más, puesto que en la novela, también se hunde en abril, aunque no del mismo año. El número de pasajeros, tripulantes, y de botes salvavidas también coinciden, y no solo eso, sino también la velocidad del choque. 

Si es que a veces hay que hacer mucho más caso a los libros.

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El Hombre Que Atraía Los Rayos Y Otras Coincidencias Absolutamente Increíbles

Edgar Allan Poe

Otra de novelas. Es muy conocida, aunque sea de oídas, «Narración de Arthur Gordon Pym». En esta novela, se habla del naufragio de un barco, y de cómo los cuatro supervivientes se quedan en medio del mar, en un bote abierto. Tres son veteranos, y el otro es un grumete, Richard Parker. Con el paso de los días, los veteranos deciden matar a Parker para comérselo. 

Esta novela fue publicada en 1838. La casualidad increíble se produjo en 1884, cuando un velero, de nombre Mignonette, se fue a pique, y fueron cuatro los supervivientes. Efectivamente, con el mismo perfil que los de la novela: tres veteranos y un grumete. Y como era de esperar, al final el grumete acabó en el estómago de los tres veteranos.

¿El nombre del grumete real? Richard Parker. 

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[nextpage title=»Mark Twain y el cometa Halley»]

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Mark Twain y el cometa Halley

Se sabe que el cometa Halley pasa cada 75 años, más o menos (su período orbital es de 74 a 79 años). Y es lógico que muchos niños nazcan cuando pase el cometa por la Tierra. Mark Twain fue uno de esos niños, en 1835. Pero lo más inquietante fue la declaración que él mismo hizo.

Lo que dijo fue: «llegué con el cometa en 1835, y el año que viene volverá a pasar. Espero irme con él. Si no, sería una gran desilusión».

Efectivamente, el escritor murió en 1910. Seguramente fue una de las mayores ilusiones de su vida, porque nadie podría tener un logro parecido.

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[nextpage title=»La bala llevaba tu nombre»]

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La bala llevaba tu nombre

Unos dicen que fue la «bala más lenta del mundo», mientras que otros dicen que fue el karma, o algo así. En 1883, Henry Ziegland cortó la relación con su novia, que terminó suicidándose. El hermano de ésta, quiso venganza y le disparó. Acto seguido, creyendo que Ziegland estaba muerto, se pegó un tiro. El problema fue que Henry Ziegland no murió, sino que la bala le rozó, y acabó en un árbol que estaba detrás de él. Por tanto, Ziegland siguió con su vida. 

Años después, Ziegland se decidió acabar con el árbol, no sabemos el motivo. Pero como era tan grande, decidió que lo mejor era usar dinamita. Craso error, puesto que el árbol voló por los aires, así como la bala que seguía ahí alojada.

Una bala que tenía su nombre, y que por la explosión, acabó en su cabeza. 

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[nextpage title=»Jung y el escarabajo dorado»]

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Jung y el escarabajo dorado

Carl Jung es uno de los padres de la psicología analítica, y en uno de sus libros relata una de las casualidad más impresionantes que se hayan datado. La historia es la siguiente:

En su consulta, una mujer le estaba relatando un sueño que ella había tenido. En él, alguien daba a la señora un escarabajo dorado. El doctor Jung, fuera del sueño, piensa sobre ello, y en uno de sus libros cuenta: “en el momento en el que ella me relataba esto, yo me encontraba sentado de espaldas a la ventana cerrada. Súbitamente oí un ruido detrás de mí, como un suave golpeteo. Me volteé y vi un insecto volador golpeando contra el vidrio de la ventana. Abrí la ventana y atrapé el insecto cuando entró volando. El insecto resultó ser la analogía más cercana a un escarabajo dorado que puede hallarse en nuestras latitudes, un ejemplar de la especie “Cetonia Aurata” que, contrario a sus costumbres, había sentido la urgente necesidad de entrar en un recinto oscuro en ese momento. Debo admitir que nada similar me ha ocurrido antes o después, y que el sueño de esa paciente ha permanecido como una experiencia”.

No le volvió a pasar, ni a él, ni a la señora pero aún así, es algo inquietante.

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[nextpage title=»El monje salvavidas»]

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El monje salvavidas

Hay personas que están conectadas sin saberlo. Y no nos referimos a historias de amor, sino algo más profundo. Este caso ocurrió en Australia en el siglo XIX, y el pintor Joseph Aigner intentaba suicidarse colgándose de un árbol. Por casualidades del destino, un monje capuchino le interrumpió y le disuadió. 

Cuatro años más tarde, volvió a pasar lo mismo, con el mismo pintor y el mismo monje capuchino. Finalmente, cuando Aigner contaba con treinta años, fue condenado a la horca, por su oposición política. Pero el monje capuchino intercedió por él, y volvió a salvarlo.

No os preocupéis, Aigner consiguió suicidarse, con 68 años, pegándose un tiro en la cabeza. ¿Queréis otra casualidad más? Fue el capuchino el que ofició su funeral.

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[nextpage title=»Jack Frost y Anne Parrish»]

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Jack Frost y Anne Parrish

Con los libros también suelen ocurrir un montón de casualidades. En esta ocasión, la protagonista es la escritora Anne Parrish, que va recorriendo las librerías de París viendo los libros de segunda mano. Entonces, encuentra un libro que le emociona: «Jack Frost y otras historias».

Cuando llega a casa, cuenta a su familia que ha encontrado una edición de su libro favorito de su infancia. Pero lo más sorprendente llega cuando lo abre. En la primera página pone: “Anne Parrish, 209 N. Weber Street, Colorado Spring”.

Es decir, era el mismo libro que tenía cuando era pequeña, en Estados Unidos.

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[nextpage title=»La muerte a manos de un taxista»]

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La muerte a manos de un taxista

Esta historia es de gente enlazada, una vez más. Los hermanos Ebin murieron porque fueron atropellados por un taxi. ¿Cuál es la casualidad? Que murieron el mismo día, del mismo mes, pero no del mismo año, sino con un año de diferencia.

El primer atropello ocurrió en 1975, en una calle de Bermuda. Lo que no se sabe es si el atropello fue en el mismo lugar.

Lo que sí se sabe, y es mucho más sorprendente, es que el taxista era el mismo. Y no solo eso, sino que el pasajero que llevaba también era el mismo. Vamos, o el taxista era gafe, o los hermanos Ebin tenían muy mala suerte. 

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[nextpage title=»El hombre pararrayos»]

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El hombre pararrayos

Se dice que hay más probabilidades de que te caiga un rayo a que te toque la lotería. Bien, el mayor Summerford tendría derecho a varios premios gordos de lotería entonces. El hombre, que combatía en Flanders en 1918, tuvo la mala suerte de caerse del caballo por el resplandor de un rayo. No podía moverse de cintura para abajo.

Decidió entonces que lo mejor era retirarse. Quería vivir una vida tranquila, aunque paralítico. Quiso pescar, y un día de 1924, un rayo cayó sobre un árbol. La rama se partió y se le cayó encima, quedando la parte derecha de su cuerpo totalmente paralizada, aunque no de forma permanente. Seis años después, en 1930, le caería un rayo a él mismo, que le paralizaría por completo, aunque no le mató.

Murió dos años más tarde (sin rayos de por medio), pero la verdad es que en 1936, un rayo cayó sobre el cementerio en el que esta enterrado. Más concretamente sobre su lápida, destruyéndola.

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[nextpage title=»Vivir la misma vida»]

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Vivir la misma vida

Habrá quien piense que nuestras vidas están predestinadas, y ya están escritas, aunque nosotros pensemos que tenemos libre albedrío. No sé entonces qué dirían al enterarse de esta historia. Se trata de la vida de unos gemelos, que fueron separados al nacer, y adoptados por familias distintas.

La primera de la casualidad es que tienen el mismo nombre, Jim, pero distinto apellido: uno es Jim Lewis y el otro Jim Springer. Crecieron sin saber su pasado, y acabaron del mismo modo: con la profesión de agente de orden público. A los dos, también se les daba bien la carpintería. Aunque esto puede que sea un decir.

Los dos se casaron, y las mujeres tenían el mismo nombre: Linda. Cuando tuvieron a su primer hijo, le llamaron (ambos) James Alan, y James Allan, con una sutil diferencia. Pero ambos se divorciaron, y volvieron a casarse. Las dos mujeres también compartían nombre. Betty.

¿Estaban destinados a tener la misma vida? Porque lo más probable es que si hubieran crecido juntos no habría pasado esto.

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