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La ministra de Asuntos Exteriores, UE y Cooperación, Arancha González Laya, dejó claro este martes el compromiso “firme” e “intenso” de España con la memoria del Holocausto y reivindicó la vigencia de la lucha contra la discriminación y el antisemitismo.

Lo hizo durante el homenaje que el Centro Sefarad-Israel tributó a Annette Cabelli (Salónica, Grecia, 1925), superviviente del campo de exterminio de Auschwitz en el marco de las actividades conmemorativas del 75 aniversario de la liberación del mismo.

La jefa de la diplomacia española dio la bienvenida a Annette Cabelli con un discurso en el que combinó la reivindicación de la lucha contra la xenofobia, la discriminación y el antisemitismo con la necesidad de rememorar la historia de quienes sufrieron la persecución por cuestión de raza, ideología y religión.

De este modo, reafirmó el compromiso “firme” e “intenso” de España con la memoria del Holocausto, como lo pone de manifiesto que la semana próxima el Rey se pondrá al frente de la delegación española que acudirá a Auschwitz en el marco de los actos conmemorativos del 75 aniversario de la liberación de este campo de exterminio, sucedida el 27 de enero de 1945.

González Laya subrayó el “intenso vínculo” que une a España con los judíos sefardíes exterminados en las cámaras de gas y con aquellos republicanos españoles que sufrieron la muerte y conocieron la tortura en campos de concentración como el Mauthausen, a los que el Gobierno rendirá el debido homenaje el próximo mes de mayo.

A continuación, se dirigió a Annete Cabelli, que en el año 2015 recibió la nacionalidad española acogiéndose a la Ley de nacionalidad española de los sefardíes, para esbozar una semblanza sobre su experiencia en Auschwit, que tuvo lugar “en un lugar no muy lejano no hace mucho tiempo: en Europa hace 75 años”.

ANNETTE CABELLI

Tras el exordio de la ministra, Annette Cabelli tomó la palabra para rememorar con lucidez y templaza su paso por Auschwitz, si bien antes recordó que quedó huérfana a los cinco años de edad quedando al cargo de su madre y de sus dos hermanos mayores.

Tras la ocupación alemana de Grecia, conoció en primera persona los horrores que los nazis perpetraron sobre la población judía local, de los que no fueron ajenos ni su familia ni ella: trabajos forzados, confinamiento en guetos, obligación de llevar la estrella amarilla.

A los 17 años fue deportada con su familia a Auschwitz, donde, nada más llegar, fue separada de ella, mientras algunos de sus integrantes fueron trasladados a las cámaras de gas. Ella logró salvarse gracias a la intercesión de uno de sus seres queridos, conocedor del alemán, que comunicó a uno de los guardianes nazis que era menor de edad.

A continuación, raparon su cabello y le rasuraron el vello del resto de su cuerpo, le despojaron de su ropa y fue conducida, junto con otras mujeres, a una ducha donde le alternaron baños de agua fría con otros de agua caliente. Luego de esta iniquidad, fue deshumanizada y hurtada de su identidad que pasó a ser el número 4065 que le tatuaron en su antebrazo. “Sentí perder la dignidad”, subrayó.

Cree que sobrevivió gracias a que no fue obligada a trabajar diariamente a la intemperie, lo que le libró de soportar el cruel invierno polaco, puesto que fue destinada al pabellón hospital donde se vio obligada a retirar las heces de los enfermos allí ingresados.

Su estancia en ese pabellón la llevó a contraer tifus, una enfermedad que superó y después de la cual fue trasladada a una fábrica de material bélico en la que se reencontró con su hermano, con quien estuvo hasta su salida del campo.

Ante el avance soviético, los nazis decidieron trasladar a la frontera alemana a los prisioneros confinados en los campos de cocentración, en las conocidas como “marchas de la muerte”, largas caminatas a pie en las que más de la mitad, incluido su hermano, perecieron exánimes y ayunos de alimento y bebida.

Annette Cabelli fue conducida hasta el campo de Ravensbrück, un campo donde se encontraban cautivas presas políticas y de ahí al de Malchow. Tras otra larga marcha, una mañana de 1945 se encontró libre y recuerda que lo primero que hizo fue acercarse a una casa y, aprovechando el alemán macarrónico que había aprendido en su paso por los campos, logró comer una noche patatas crudas y sin pelar.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, se negó a volver a Salónica y se dirigió a Francia donde se instaló en un barrio parisino poblado mayoritariamente por judíos sefardíes. Allí, por primera vez desde que fue confinada en Auschwitz, lloró, consciente de su soledad.

En el país galo logró rehacer su vida y casarse con un superviviente de un campo de concentración, Henry Cabelli. Fue en París, el 20 de mayo de 1945, donde le comunicaron oficialmente que nunca más volvería a ver a su familia, desaparecidos tras la guerra.

Tras la crudeza de su testimonio, Annette Cabelli entonó canciones del acervo cultural sefardí, entre ellas, una que hizo fama entre la comunidad de judíos griegos: ‘Los piconeros’, que popularizó Imperio Argentina en la película ‘Carmen, la de Triana’ (1938); o ‘Adio Kerida’.

Annete Cabelli remachó su alocución celebrando que todavía le cuesta creerse que “haya podido venir a España, mi casa”, una afirmación que fue recibida con un clamor y un aplauso unánime de los asistentes al acto que provocó que ella no pudiera reprimir la emoción.

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