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Guido Fernández trabajaba sin descanso como productor en la televisión argentina ‘Telefé’ hasta que un día el cuerpo le paró. Se acostó con dolor de cabeza y cuando se despertó se había quedado sordo y ciego. En casa estaba su mujer y sus dos hijos de tres años y cuatro meses.

Fue el 23 de mayo de 2011 cuando el productor insistió en ir a trabajar pese a encontrarse mal y con otitis.

Según ‘Infobae’, fue a grabar exteriores con el peor dolor de cabeza de su vida: “El programa salía ya, ya, ya. Al final, salió 3 meses después de que yo cayera en coma”, asegura.

La pareja de Guido con la que llevaba ocho años se llevó un horrible susto cuando en medio de la noche comenzó a convulsionar y se orinó en la cama. Según le contó después, “las primeras horas fueron de incertidumbre total”. Llegaron a pensar que su cuerpo luchaba contra el VIH. Sin embargo, era una meningitis feroz provocada por la bacteria neumococo.

Tras 21 días en los que estuvo en coma inducido, Guido despertó pero volvió a “oscuras y en silencio total, no me di cuenta de que estaba ciego y sordo. Estaba muy confundido por las drogas y como sentía que me ponían cables e inyecciones, pensé que estaba secuestrado. Me convencí de que me tenían a oscuras y en silencio como parte de una tortura despiadada”.

Fue su mujer quien, con las letras de goma eva imantadas que suelen utilizar los niños, pudo establecer la comunicación con él: “Me las daba en la mano, yo las palpaba e iba decodificando primero qué letra era, después qué palabra formaba y qué oración. Y así, con mucha serenidad, me contó que había tenido meningitis y había estado en coma. Fue un baldazo de agua helada pero había algo positivo después de esa semana de tortura: me dí cuenta de que me estaban cuidando, nadie estaba tratando de matarme. Sacar positividad de algún lado fue una reacción instintiva, era una fibra mía que desconocía”.

Pese al golpe, Guido recuerda que aprendió mucho de ese ‘aislamiento’ porque le enseñó a conectar mucho mejor con sus familiares y amigos: “En el peor momento, ciego y sordo, me di cuenta de que había empezado a sanear viejos dolores: cosas de mi infancia, mi familia, mis amigos. Yo necesitaba sanar de adentro hacia afuera, no podía pretender curarme exteriormente cuando por dentro estaba cargado de lugares oscuros, de veneno, de tristezas. De golpe, fue como empezar a sacarme piedras de la espalda que me pesaban mucho más que mi ceguera y mi sordera. Las charlas más profundas y más importantes de mi vida con mi mamá las tuve así, con letritas de goma eva”.

En ese tiempo de sanación interna, como lo bautizó, también aprendió otra lección, la de vivir en el presente, y fue entonces cuando lloró la reciente muerte de su abuela, una de las personas más importantes de su vida, que apenas había procesado: “Tampoco me había tomado el tiempo para parar y llorarla. La enterré y volví a trabajar. Fue muy triste no poder hacer el duelo, no poder vincularme con lo que me estaba pasando, pero de eso me di cuenta después”.

En la parte física, Guido estuvo hospitalizado durante cuatro meses, un tiempo en el que tuvo que someterse a rehabilitación y le colocaron implantes cocleares en ambos oídos. Uno no funcionó, pero el otro sí. Ayudado por una profesora de sordos consiguió reeducar el oído y recuperar la audición. También tuvo que aprender a caminar, tras haber estado tanto tiempo inmovilizado y recobró un 20% de visión en un ojo, “capaz te parece poco pero pensá que estuve 9 meses completamente ciego. Ahora veo a través de una cerradura, pero veo”..

Tras esta lección de vida, que le ayudó a reencontrarse consigo mismo, Guido escribió su libro ‘Abrir los ojos’, que presentó ante un público de 200 personas en 2015, y por el que le reclaman para impartir charlas motivacionales. También creó su propia productora audiovisual.