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El mercurio enterrado en una roca antigua proporciona la evidencia más sólida nunca encontrada hasta ahora de que las erupciones volcánicas causaron la ‘Gran Muerte’ o ‘Gran Mortandad’ hace unos 252 millones de años, que fue la mayor extinción masiva en la historia de la Tierra y resultó ser tan dramática y generalizada que mató a más del 95% de la vida del planeta a lo largo de cientos de miles de años.

Ésta es la conclusión principal de un estudio realizado por nueve investigadores de instituciones de China y Estados Unidos, y publicado en la revista ‘Nature Communications’. Paleontólogos de las universidades de Geociencias de China, de Yale y de Cincinnati encontraron un aumento de mercurio en el registro geológico en casi una docena de sitios en todo el mundo, lo que consideran una evidencia de que las erupciones volcánicas ocasionaron la extinción de hace 252 millones de años.

Las erupciones encendieron vastos depósitos de carbón y liberaron vapor de mercurio a la atmósfera. “Las actividades volcánicas, incluidas las emisiones de gases volcánicos y la combustión de materia orgánica, liberaron abundante mercurio a la superficie de la Tierra”, apunta Jun Shen, profesor asociado de la Universidad de Geociencias de China, y autor principal del estudio.

Esa extinción masiva se produjo en lo que los científicos llaman el límite del periodo Pérmico-Triásico y mató a gran parte de la vida terrestre y marina antes del surgimiento de los dinosaurios. Algunos eran monstruos prehistóricos por derecho propio, como los fieros gorgonópsidos, que parecían un cruce entre un tigre dientes de sable y un dragón de Komodo.

Las erupciones ocurrieron en un sistema volcánico llamado ‘traps’ de Siberia, en lo que hoy es el centro de Rusia. Muchas ocurrieron no en volcanes en forma de cono, sino a través de enormes fisuras en el suelo. Fueron frecuentes y duraderas, y su furia se extendió a lo largo de cientos de miles de años.

“Por lo general, cuando se producen grandes erupciones volcánicas explosivas se libera una gran cantidad de mercurio a la atmósfera”, apunta Thomas Algeo, profesor de geología en la Facultad McMicken de Artes y Ciencias de la Univesidad de Cincinnati.

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Los investigadores utilizan los afilados dientes fosilizados de criaturas similares a las lampreas llamadas conodontos para datar la roca en la que se depositó el mercurio. Como la mayoría de las otras criaturas del planeta, los conodontos fueron diezmados por la catástrofe.

Las erupciones propulsaron hasta tres millones de kilómetros cúbicos de ceniza en el aire durante este periodo prolongado. Para poner eso en perspectiva, la erupción del Monte Santa Elena, en Washington, envió en 1980 sólo un kilómetro cúbico de ceniza a la atmósfera, pese a que cayeron cenizas en parabrisas de automóviles tan lejos como Oklahoma.

Algeo añade que las erupciones de los ‘traps’ siberianos arrojaron tanto material al aire, especialmente gases de efecto invernadero, que calentaron el planeta en una media de unos 10ºC, lo que probablemente determinó la extinción masiva.

Además, la lluvia ácida sobre muchos cuerpos de agua aumentó la acidez de los océanos globales y el calentamiento marino habría provocado más zonas muertas por la falta de oxígeno disuelto.

“A menudo nos rascamos la cabeza sobre qué fue exactamente lo más dañino. Las criaturas adaptadas a ambientes más fríos no tendrían suerte. Así que mi conjetura es que el cambio de temperatura sería el asesino número uno. Los efectos se exacerbaron por la acidificación y otras toxinas en el medio ambiente”, añade Algeo.

En un tiempo más prolongado, las erupciones impidieron que la cadena alimentaria de la Tierra se recuperara. “No es necesariamente la intensidad sino la duración lo que importa. Cuanto más se prolongó, más presión se ejerció sobre el medio ambiente”, precisa Algeo.