El ADN del tiburón blanco incluye pistas para prevenir el cáncer y curar heridas

Un equipo de científicos ha decodificado el genoma del gran tiburón blanco, que revela no sólo su enorme tamaño -equivale a un genoma y medio humano-, sino una gran cantidad de cambios genéticos que podrían estar detrás de su éxito evolutivo para tener una larga vida por contener genes clave en la curación de heridas y la protección contra el cáncer.

Los científicos pertenecen al Centro de Investigación de Tiburones de la Fundación Save Our Seas y el Instituto de Investigación Guy Harvey, de la Universidad Nova Southeastern, así como la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Cornell y el Acuario de la Bahía de Monterrey (Estados Unidos), así como investigadores de la Univesidad de Oporto (Portugal) y el Centro Thodosius Dobzhansky para Bioinformática del Genoma (Rusia). El trabajo está publicado en la revista ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’.

El gran tiburón blanco es una de las criaturas marinas más reconocidas de la Tierra y genera una gran fascinación pública y atención de los medios de comunicación, e incluso ‘protagoniza’ una de las películas más exitosas en la historia de Hollywood.

Posee características notables, puesto que puede medir seis metros y pesar unas tres toneladas, y bucea a casi 1.200 metros de profundidad. También suponen una preocupación para su conservación porque su número de individuos es relativamente bajo en los océanos.

Al decodificar el genoma, los investigadores hallaron cambios específicos en la secuencia del ADN que indican una adaptación molecular (también conocida como selección positiva) en numerosos genes con funciones importantes en el mantenimiento de la estabilidad del genoma.

Estos cambios de secuencia adaptativa se encontraron en genes íntimamente relacionados con la reparación, la respuesta y la tolerancia al daño del ADN, entre otros. El fenómeno opuesto, la inestabilidad del genoma, que resulta del daño acumulado en el ADN, es bien conocido por predisponer a los humanos a numerosos cánceres y enfermedades relacionadas con la edad.

«No solo había un número sorprendentemente alto de genes de estabilidad del genoma que contenían estos cambios adaptativos, sino que también había un enriquecimiento de varios de estos genes, destacando la importancia de este ajuste genético en el tiburón blanco», apunta Mahmood Shivji, director del Centro de Investigación de Tiburones de la Fundación Save Our Seas, que codirigió el estudio con Michael Stanhope, de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Cornell.

‘GENES SALTARINES’

También fue notable que el genoma del tiburón blanco contenía un número muy alto de ‘genes saltarines’ o transposones, y en este caso un tipo específico, conocido como LINE, con una de las proporciones más altas (casi el 30%) descubiertas hasta ahora en vertebrados.

Los investigadores también encontraron que muchos de los mismos genes de estabilidad del genoma en el tiburón blanco también estaban bajo selección positiva y se enriquecieron con el tiburón ballena, que tiene un gran cuerpo y larga vida, lo cual es significativo porque, en teoría, el riesgo de desarrollar cáncer debería aumentar tanto con el número de células (cuerpos grandes) como con la vida útil de un organismo.

Al contrario de lo que se espera, los animales de cuerpo muy grande no padecen cáncer con más frecuencia que los humanos, lo que sugiere que han desarrollado capacidades superiores de protección contra el cáncer. Las innovaciones genéticas descubiertas en los genes de estabilidad del genoma en los tiburones blanco y ballena podrían ser adaptaciones que faciliten la evolución de sus grandes cuerpos y su larga vida útil.

«Decodificar el genoma del tiburón blanco es proporcionar a la ciencia un nuevo conjunto de claves para descubrir misterios persistentes sobre estos depredadores temidos e incomprendidos: por qué los tiburones han prosperado durante unos 500 millones de años, más que casi cualquier vertebrado en la tierra», subraya Salvador Jorgensen, investigador en el acuario de la Bahía de Monterrey y coautor del estudio.