En 2005, un equipo de arqueólogos que excavaba el atrio del Dolmen de Menga, en Antequera (Málaga), se topó con dos esqueletos. No eran los restos de quienes habían levantado el monumento. Eran dos hombres enterrados miles de años después de que la última losa quedara encajada, depositados en fosas simples, sin ajuar, con el cuerpo de costado y la mirada vuelta hacia el interior de la piedra.
Dos décadas más tarde, un análisis genético publicado en 2025 en la revista Journal of Archaeological Science: Reports ha puesto continentes y linajes a aquel origen. Uno de los dos hombres, el mejor conservado, no era solo europeo. Su ADN guardaba también rastro de poblaciones de Oriente Próximo y del norte de África, hasta el punto de compartir una mutación concreta con dos individuos aún vivos registrados en una base de datos genética, uno en Marruecos y otro en Argelia.
La genética, sin embargo, no responde a la pregunta que más intriga a los arqueólogos: ¿qué religión profesaban aquellos dos hombres? La posición de los cuerpos apunta hacia La Meca, pero el lugar elegido para el enterramiento no encaja del todo con los cementerios islámicos de la comarca. El enigma admite una hipótesis tan sugerente como difícil de demostrar: que aquellos dos hombres veneraran el antiguo sepulcro y mezclaran en su fe el islam con creencias mucho más antiguas que él.
Un sepulcro mucho más antiguo que sus inquilinos
El Dolmen de Menga no es un sepulcro cualquiera. Se alza en término de Antequera, en la provincia de Málaga, y forma parte del conjunto megalítico que la UNESCO inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial en 2016, junto a los dólmenes de Viera y El Romeral y a dos hitos del paisaje, la Peña de los Enamorados y El Torcal.
Levantado en el cuarto milenio antes de nuestra era, en pleno Neolítico, Menga figura entre los mayores monumentos megalíticos de Europa. Su galería cubierta, de unos 25 metros de longitud, se apoya en grandes ortostatos, algunos de los cuales se cuentan entre los bloques más pesados que dejó la arquitectura prehistórica del continente. Y su orientación es insólita: a diferencia de la mayoría de los dólmenes, que miran hacia el este, Menga dirige su eje hacia la Peña de los Enamorados, un espolón calizo cuya silueta se asemeja a un rostro humano recostado.
El conjunto que la UNESCO protegió no se limita a las piedras. Incluye también dos monumentos naturales que los constructores del Neolítico parecen haber tenido en cuenta: la Peña de los Enamorados y la sierra kárstica de El Torcal. Juntos, dólmenes y paisaje cuentan la historia de unas comunidades capaces de organizar enormes obras colectivas, mover bloques de decenas de toneladas y orientarlos con una precisión que aún hoy desconcierta a los ingenieros.
Para cuando los dos hombres fueron enterrados en su atrio, el monumento llevaba en pie más de cuatro mil años. Había visto pasar civilizaciones enteras: el final del Neolítico, la Edad del Cobre, la del Bronce, el mundo ibérico, Roma y, por último, la llegada del islam a la península. Pocos rincones de la geografía española condensan tantas capas de tiempo superpuestas.
Dos tumbas en el atrio
El hallazgo se produjo durante las excavaciones de 2005, en el atrio del monumento, la franja más próxima a la entrada. Bajo los sedimentos aparecieron dos enterramientos que nada tenían que ver con el uso original del sepulcro: uno datado en torno a los siglos VIII o IX, y otro entre los siglos X y XI de nuestra era.
El más reciente resultó ser el más revelador. Pertenecía a un varón que había superado los 45 años cuando murió. Sus restos conservaban material genético suficiente para un análisis en profundidad, algo poco frecuente en contextos de este tipo. El otro, también un hombre de más de 45 años, apenas pudo aportar información: su ADN estaba demasiado fragmentado y los investigadores constataron incluso la intrusión de raíces entre algunos huesos.
Ninguno de los dos recibió ajuar. No había cerámica, ni armas, ni adornos que delataran su condición o sus creencias. Ambos reposaban en fosas simples, abiertas en el suelo del atrio, sin más compañía que la piedra milenaria que los cubría. La sencillez del enterramiento contrasta, precisamente, con la singularidad del lugar escogido para hacerlo.

Tres continentes en un genoma
Para descifrar el origen de aquel hombre, los investigadores recurrieron a las dos vías que ofrece el ADN antiguo. Por un lado, el linaje paterno, contenido en el cromosoma Y, que pasa de padres a hijos y permite reconstruir la estirpe masculina. Por otro, el linaje materno, escrito en el ADN mitocondrial, que se hereda de la madre y rastrea la ascendencia femenina. Cada uno cuenta una historia distinta, y a veces complementaria.
El linaje paterno coincide con uno que «ha estado presente en España desde al menos el Calcolítico», esto es, la Edad del Cobre, que en la península ibérica se extiende aproximadamente entre el 3200 y el 2200 antes de nuestra era. Aquel hombre, por tanto, llevaba en sus cromosomas una herencia que hundía sus raíces en la población prehistórica del sur peninsular. No era un recién llegado: era, en parte, un hijo lejano de la propia tierra.
El linaje materno, reconstruido a partir del ADN mitocondrial, remite a un tipo presente en Europa y conocido en Iberia desde el Neolítico Antiguo, pero que también se encuentra hoy en el noroeste de África. Y aquí asoma el detalle más llamativo del estudio: el hombre medieval comparte una mutación concreta con dos individuos actuales de una base de datos genética, uno de Marruecos y otro de Argelia.
Que un solo individuo reúna herencias de tres grandes regiones del Mediterráneo y del Atlántico no es un capricho estadístico. Es la prueba de que las poblaciones antiguas no vivían aisladas en compartimentos cerrados, sino que se movían, comerciaban, se aliaban y se mezclaban. La historia genética del sur de Iberia es, en buena medida, una historia de contactos, y este esqueleto la resume en un puñado de cromosomas.
Reconstruir un genoma de hace un milenio es, además, una tarea minada. El ADN se degrada con el tiempo, se rompe en fragmentos diminutos y se contamina con facilidad. Por eso cada esqueleto que aún conserva material genético legible constituye una excepción. El segundo hombre de Menga se llevó su parte del enigma a la tumba: la degradación de sus restos impidió comprobar si compartía o no ese mismo mestizaje.
El rastro norteafricano que trajo el Mediterráneo
Encontrar genes del norte de África en un hombre medieval enterrado en el sur de España no sorprendió a los investigadores. La ascendencia norteafricana era «común» en el sur de Iberia al menos desde los siglos III y IV, un fenómeno «probablemente relacionado con el movimiento regular de personas a través del Mediterráneo, potenciado por el comercio griego, fenicio y cartaginés y, más tarde, por el Imperio romano», escriben en el estudio.
El mar, más que una frontera, fue durante siglos un corredor. Navegantes fenicios, colonos griegos, mercaderes cartagineses y, después, las legiones romanas tejieron una red de intercambios que dejó su huella tanto en las ánforas como en los genes. Las poblaciones no permanecieron inmóviles: se mezclaron, se desplazaron y volvieron a mezclarse, generación tras generación.
A partir de 711, con el inicio del periodo islámico, esos contactos se estrecharon. «Con el comienzo del periodo islámico en el año 711 de nuestra era, los contactos con el norte de África fueron probablemente más frecuentes, favorecidos por los acontecimientos políticos y por unas prácticas culturales compartidas», señalan los autores.
Ese flujo de ida y vuelta entre las dos orillas del Mediterráneo occidental no fue un episodio puntual, sino una constante que recorrió siglos. El estrecho de Gibraltar, hoy frontera, funcionó durante milenios como puente, y las rutas que unían el sur de Iberia con el Magreb transportaron mercancías, ideas y, con ellas, personas. Los genes viajaban en los mismos barcos que las ánforas.
Durante los siglos siguientes, el sur de la península formó parte de Al-Ándalus, la extensa área bajo dominio musulmán que tuvo en Córdoba uno de sus grandes centros políticos y culturales. En aquel territorio convivieron comunidades muy diversas. En el reino se practicaban, según recoge el estudio, varias religiones a la vez: el islam, el cristianismo, el judaísmo y distintas formas de paganismo. La mezcla genética reflejaba, al fin y al cabo, una mezcla de mundos.
Los cuerpos vueltos hacia el sureste
Los dos hombres descansaban de costado, sobre el lado derecho, con la cabeza al suroeste, en línea con el eje de simetría del monumento, y el rostro girado hacia el sureste. «Sus cabezas reposaban sobre su lado derecho, apuntando al suroeste —en línea con el eje de simetría del monumento—, con los rostros mirando al sureste», detallan los autores. Esa dirección, la del sureste, señala hacia La Meca.
La orientación introduce, sin embargo, una paradoja. La alineación de los cuerpos con el propio dolmen «contrasta con las necrópolis islámicas de la zona». Porque los cementerios musulmanes de la comarca también orientaban a sus muertos hacia La Meca, pero lo hacían siguiendo otras pautas y otros ejes, ajenos por completo al antiguo megalito. En Menga, en cambio, el orden que gobernaba los cuerpos era el del monumento prehistórico, no el de una comunidad de creyentes.
«El hecho de que ambos individuos fueran enterrados en la entrada de un monumento que ya en su época era extremadamente antiguo, y con las cabezas apuntando hacia su interior, puede ser significativo: indica que estos dos hombres veneraban el dolmen», sostiene Leonardo García Sanjuán, profesor del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla y coautor del trabajo.
La orientación de los difuntos hacia La Meca, la qibla, es un elemento central del ritual funerario islámico. Que dos cuerpos medievales miraran en esa dirección no es, por tanto, extraordinario. Lo insólito es que el eje que ordenaba su postura fuese el de una construcción levantada miles de años antes, como si el gesto religioso se hubiera plegado a la geometría de la piedra antigua.
«En conjunto, esto sugiere que su visión del mundo pudo ser una mezcla de creencias islámicas y paganas», concluye García Sanjuán.

La cueva, el profeta y la piedra
La cautela recorre todo el debate. Yves Gleize, arqueólogo y antropólogo biológico del Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas de Francia y de la Universidad de Burdeos, que no participó en el estudio, aporta una clave distinta: la posibilidad de que aquellos hombres interpretaran el dolmen como una cueva.
«En el mundo musulmán, la cueva es un lugar importante; por ejemplo, el profeta recibió las primeras revelaciones en la cueva de Hira, cerca de La Meca», recuerda Gleize. Aquellas grutas, añade, fueron en ocasiones espacios de retiro espiritual. Si el atrio de Menga, cubierto por su túmulo y apenas iluminado, se parecía a una caverna, tal vez sus ocupantes lo leyeran como un lugar sagrado por su propia forma, al margen de cualquier norma funeraria establecida.
La cueva ocupa, en efecto, un lugar singular en la tradición islámica y, más allá de ella, en buena parte de las culturas del desierto. Lugares oscuros, cerrados, protegidos de la intemperie y de las miradas, donde alguien se retira para pensar, rezar o simplemente alejarse del mundo. Si el atrio de Menga evocaba uno de esos espacios, el enterramiento adquiriría un sentido difícil de plasmar en un registro arqueológico.
Gleize, en todo caso, pide prudencia. Le interesaría conocer más detalles sobre la orientación exacta de los enterramientos y considera preferible no adjudicarles una religión concreta. La duda, más que una laguna, es el resultado lógico de unos restos que no dejaron ninguna inscripción, ninguna ofrenda ni ningún símbolo que hablara por ellos.
Megalitos reutilizados de punta a punta del sur
El fenómeno no fue exclusivo de Menga. Leonor Rocha, profesora de Arqueología de la Universidad de Évora, en Portugal, que tampoco participó en el estudio, señala que en la región del Alentejo, en el sur del país vecino, también existen pruebas de que los monumentos megalíticos prehistóricos se reutilizaron para enterramientos durante la Edad Media. La diferencia es que allí no se han conservado los huesos.
«En la región del Alentejo tenemos algunas evidencias de reutilización de aquel periodo, pero por desgracia sin huesos conservados», explica. A su juicio, el trabajo le parece «muy interesante, sobre todo porque han conservado huesos y por el análisis del ADN».
Reutilizar una construcción antiquísima como sepulcro no es, además, un gesto aislado. A lo largo de la Edad Media, comunidades de buena parte de Europa occidental volvieron la vista hacia los túmulos y dólmenes de sus antepasados remotos y los emplearon de nuevo para enterrar a sus muertos. Muchas veces sin saber quién los había levantado ni para qué, pero reconociendo en ellos, aun así, algo digno de respeto.
La diferencia entre un caso y otro no es menor. Sin huesos no hay material genético, y sin material genético no hay forma de reconstruir el origen de quienes fueron enterrados. Los dos hombres de Menga, al conservar sus restos en un ambiente protegido, ofrecieron a los investigadores algo que la mayoría de sus contemporáneos sepultados en megalitos no pudo ofrecer: una voz, aunque sea fragmentaria y sin palabras.

Lo que el ADN no puede responder
La genética ha respondido a la pregunta por el origen, pero no a la de la fe. El análisis de un esqueleto puede reconstruir rutas migratorias, mestizajes y parentescos remotos; no puede leer una oración, ni saber si un hombre se arrodillaba mirando al sureste por devoción o por costumbre. Entre el dato y la creencia se abre un vacío que ningún laboratorio cierra.
El estudio no cierra el caso; lo abre. Cada nueva técnica aplicada a los huesos devuelve respuestas y, casi siempre, un puñado de preguntas nuevas. Queda por saber si otros megalitos del sur guardan enterramientos igual de informativos, si los dos hombres de Menga estaban emparentados entre sí o si su elección del lugar respondía a una costumbre compartida o a una decisión estrictamente personal.
Quedan, eso sí, las pistas. Un cuerpo colocado con cuidado, girado hacia el interior de una piedra que ya entonces era antiquísima. Una alineación que no es la de los cementerios vecinos, sino la del propio monumento. Y un silencio de siglos sobre qué pensaban aquellos dos hombres cuando eligieron dormir a la entrada del dolmen.
Menga seguirá en pie, como ha estado durante casi seis milenios, mientras los arqueólogos discuten quién fue aquel hombre y en qué creía. Quizá sea esa la lección más silenciosa del yacimiento: la piedra que sobrevivió a sus constructores sobrevivió también al olvido de los dos hombres que, mucho después, decidieron descansar a su abrigo con el rostro vuelto hacia La Meca.



