El sencillo método recomendado por psicólogos para reducir la ansiedad antes de acostarse

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Por qué funciona: el cerebro deja de rumiar cuando sabe que el asunto ya tiene su momento

Close-up de una resonancia magnética que muestra una vista sagital del cerebro humano para análisis.

La dificultad para dormirse cuando hay algo pendiente no es una casualidad, sino el resultado de cómo gestiona el cerebro las tareas sin cerrar. Lo que queda a medias mantiene un nivel alto de activación en la memoria: es lo que describe el efecto Zeigarnik y lo que la teoría del progreso de metas aplica a la rumiación, entendida como el fruto de objetivos que no avanzan al ritmo esperado. Esa vigilancia se convierte en pensamientos intrusivos precisamente cuando baja el estímulo externo, y la activación cognitiva que genera compite con lo que el sueño necesita, que es justo lo contrario: un estado de baja alerta. La prueba más citada es el experimento de Michael Scullin (Universidad de Baylor) publicado en 2018 en Journal of Experimental Psychology: General: 57 adultos de 18 a 30 años, monitorizados con polisomnografía, que dedicaron cinco minutos a escribir antes de acostarse. Quienes anotaron sus tareas pendientes se durmieron de media en unos 15 minutos, frente a los 25 de quienes escribieron sobre lo ya hecho ese día, y cuanto más detallada era la lista, más rápido llegaba el sueño.

La clave no está en desahogarse, sino en darle al asunto un lugar y una hora. En varios estudios publicados en 2011 en Journal of Personality and Social Psychology, E. J. Masicampo y Roy Baumeister comprobaron que los objetivos sin resolver invadían la mente y consumían recursos atencionales, pero que bastaba formular un plan concreto para que esos efectos se desvanecieran: la persecución del objetivo se suspende y se reanuda en el momento previsto. De ahí la lógica de la "hora de preocuparse" de las terapias cognitivo-conductuales: reservar entre 15 y 30 minutos diarios, a la misma hora y nunca pegados al momento de acostarse, para repasar lo anotado. Cuando la preocupación aparece de noche, la respuesta no es discutirla sino aplazarla —"esto lo miro mañana a las once"—, porque el papel hace de memoria externa y el cerebro deja de sostener la tarea. Los datos acompañan, aunque con matices: una revisión de 2024 y un ensayo aleatorizado de 2025 (publicado en Psychology & Health) hallaron reducciones en la duración del preocuparse, si bien este último no logró mejoras medibles en el sueño.