Destinos de otro mundo que de verdad existen en la Tierra

Del desierto rojo de Utah a los hielos de Groenlandia, la Tierra alberga paisajes que imitan Marte, Venus, la Luna o las lunas de Saturno. Un recorrido por seis escenarios terrestres que funcionan como ensayo de la exploración espacial.

El rojo lo inunda todo. En el sur de Utah, la arenisca de Kayenta se despliega en cañones, mesetas y agujas que parecen esculpidas por un artesano con debilidad por el óxido de hierro. Quien recorre estos parajes y aparta la vista de los matorrales y las suculentas podría jurar que camina por el lecho de un mundo ajeno. No es una impresión gratuita: este rincón del suroeste de Estados Unidos es uno de los lugares del planeta donde la Tierra se parece más a Marte, el mundo que la humanidad lleva décadas soñando con pisar.

La fascinación viene de lejos. En octubre de 2016, el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, publicó un artículo de opinión en el que reafirmaba su objetivo de enviar astronautas al planeta rojo en la década de 2030. Ese mismo año, la empresa de cohetes de Elon Musk, SpaceX, había anunciado su intención de trasladar a cientos de personas a Marte. Entre la aspiración y el billete, sin embargo, media un abismo de distancia, de coste y de tecnología, y quien sienta el gusanillo interplanetario no necesita esperar a una nave para saciarlo.

Porque repartidos por la geografía terrestre hay rincones con un sabor inequívocamente marciano, venusiano, lunar o incluso propio de las lunas heladas de Júpiter y Saturno. Son paisajes que la Tierra ha producido por su cuenta, entre volcanes, cráteres, desiertos y hielos, y que, mirados con la imaginación adecuada, funcionan como ensayos de un viaje que quizá nunca llegue. Este recorrido propone seis de esos lugares: seis ventanas a otros mundos sin salir del nuestro.

Publicidad

Marte en el desierto de Utah

El paisaje desértico del sur de Utah imita a la vez el aislamiento, la geología y la paleta de colores del planeta vecino. Una caminata por la región revela cañones de un rojo profundo, mesetas de cima plana y pináculos que se yerguen como centinelas de piedra. Si el viajero ignora las suculentas y los arbustos resecos, si se olvida por un momento de que el aire es respirable y de que el sol no quema más de la cuenta, puede imaginarse recorriendo el Valles Marineris, la versión marciana del Gran Cañón.

En esta parte del estado se alza el Monumento Nacional del Puente del Arco Iris, uno de los mayores puentes naturales conocidos del mundo. La arcada, de unos 88 metros de altura, está tallada en arenisca de Kayenta, de un tono pardo rojizo, y se arquea sobre un afluente del lago Powell. A su alrededor, el terreno se rompe en barrancos y cornisas que cambian de matiz según avanza la luz del día, del ocre al granate y del granate al casi negro.

La pieza más singular de la zona es la Estación de Investigación del Desierto de Marte, un edificio de dos plantas que imita una hipotética base de investigación marciana, con esclusas de aire simuladas incluidas. Desde 2001, más de mil personas han participado en misiones de dos a tres semanas en sus instalaciones. La Mars Society, la organización que aboga por enviar seres humanos a Marte cuanto antes, sigue reclutando voluntarios para futuras misiones, convencida de que cada ensayo en el desierto acerca un poco más el viaje de verdad.

El ejercicio no es un mero entretenimiento. Buena parte de la investigación sobre cómo vivir en otro planeta se hace hoy sobre suelos que, por composición y por clima, se parecen a los del vecino cósmico. El desierto rojo de Utah ofrece, en ese sentido, un laboratorio a cielo abierto: roca, aislamiento, silencio y una luz que a mediodía cae como una losa sobre la arena. Quien haya visitado la región entiende por qué los ingenieros vuelven una y otra vez a ella: aquí, la fantasía y la geología se dan la mano.

Venus flotando sobre Nuevo México

Si algún día los humanos visitan Venus, es probable que nunca lleguen a pisar su superficie volcánica, envuelta en nubes que llueven ácido sulfúrico y que hornean la corteza a 471 grados centígrados. Lejos de descender, los visitantes podrían flotar un día por encima del planeta, en las ciudades de nubes impulsadas por energía solar que la NASA ha imaginado para la hipotética misión HAVOC, acrónimo de High Altitude Venus Operational Concept. A mayor altitud, las temperaturas y otras condiciones serían mucho menos hostiles para los viajeros llegados de nuestro planeta azul.

Venus, el planeta gemelo de la Tierra por tamaño, es en realidad un infierno: su atmósfera es tan densa que aplastaría a cualquier visitante y sus nubes son un baño de ácido. Por eso los planes para explorarlo han renunciado a la superficie y han puesto la mirada en el cielo. Allí arriba, donde la presión se parece más a la terrestre y el Sol puede alimentar una nave, cabe imaginar hábitats que floten como corchos sobre un mar de nubes.

Para hacerse una idea de la sensación de unas vacaciones venusianas, conviene acercarse al ascenso masivo del Festival Internacional de Globos Aerostáticos de Albuquerque, en Nuevo México, donde más de quinientos globos se elevan en rápida sucesión en un espectáculo de fuego y color. El certamen, uno de los principales del mundo en su especialidad, se prolonga durante nueve días cada octubre e incluye espectáculos nocturnos bajo globos amarrados a tierra que brillan como farolillos vibrantes.

Publicidad

La imagen de cientos de esferas suspendidas, quietas y luminosas sobre el desierto, se acerca bastante a lo que los ingenieros imaginan para las futuras ciudades flotantes de Venus. En ambos casos la clave es la misma: no bajar, sino quedarse arriba, sostenido por la física. La diferencia es que en Albuquerque el viajero regresa a casa por una carretera, y en Venus no hay carretera posible.

paisajes de otro mundo

Los ensayos lunares de Mauna Kea

Buzz Aldrin, astronauta de la misión Apolo 11 que llevó por primera vez a seres humanos a la superficie lunar, dejó escrito que «de todos los lugares de la Tierra donde nos entrenamos, la Isla Grande fue el que más se pareció a la Luna». Aquel páramo de lava negra, en Hawái, fue durante los años sesenta el aula de quienes se preparaban para caminar sobre otro mundo.

El lugar, situado a unos 3.350 metros de altitud en las faldas del Mauna Kea, donde Aldrin y otros astronautas practicaron sus paseos lunares, se ha ganado el apodo de «Valle Apolo». Los geólogos sometieron a los astronautas a un curso intensivo sobre formaciones volcánicas: sobrevuelos y visitas a pie a tubos de lava, coladas onduladas de lava pahoehoe y formaciones fibrosas conocidas como cabellos de Pele, filamentos de vidrio volcánico tan finos que parecen hebras de cabello.

El Mauna Kea, el más alto de los volcanes de Hawái, sigue poniendo a prueba a los vehículos lunares y ofreciendo observaciones astronómicas de primer orden gracias al complejo de observatorios de categoría mundial agrupados en su cumbre. Durante el día, los excursionistas con experiencia pueden ascender a la cima en una caminata de ida y vuelta de ocho horas. Si el tiempo acompaña, se dispone de un vehículo con tracción a las cuatro ruedas y el cuerpo tolera el cambio de altitud, tambien cabe subir desde el centro de visitantes, abierto cada noche, hasta la cumbre para contemplar la puesta de sol y mirar las estrellas y, cómo no, la Luna.

No es casualidad que Hawái se haya convertido en el escenario favorito de los ensayos lunares. Su suelo volcánico, joven en términos geológicos, conserva intactas las formas que el magma esculpió al enfriarse: tubos huecos, superficies trenzadas, colinas de escoria. Sobre ese catálogo de texturas se entrenaron los primeros exploradores, y sobre él siguen aprendiendo hoy los ingenieros que diseñan los próximos vehículos. La Luna y Hawái comparten, además, un rasgo decisivo para el visitante: en ambos lugares uno se siente pequeño bajo un cielo que no perdona.

El ojo de cristal de Nunavik

Calisto, una de las lunas de Júpiter, es uno de los objetos más craterizados del sistema solar. Lo descubrió Galileo en el siglo XVII, y su superficie, sembrada de impactos, apenas ha cambiado desde entonces. En ella, el cráter Valhala, bautizado así por el hogar de los guerreros caídos en la mitología nórdica, es el mayor de todos, con unos 4.000 kilómetros de diámetro. A diferencia de Calisto, la Tierra está protegida de las rocas espaciales por su atmósfera, pero aun así ha recibido su ración de impactos.

Quien quiera sentir lo que es estar en el borde del cráter Valhala puede visitar uno de los 190 cráteres confirmados que los meteoritos han dejado en nuestro planeta. El mayor es el cráter de Vredefort, en Sudáfrica, un anillo arrugado de montañas de unos 160 kilómetros de diámetro, tan grande que tal vez no dé la sensación de hallarse dentro de una de las mayores cicatrices de la Tierra.

Más pequeño, más joven y mejor conservado es el cráter de Pingualuit, que se alza sobre la tundra del norte de Quebec. Un buscador de minerales creyó en su día, equivocadamente, que aquella forma casi perfectamente redonda era una chimenea de kimberlita donde hallar diamantes. Quien se aventura hasta el Pingualuit encuentra hoy el Ojo de Cristal de Nunavik, un lago de agua dulce profundo y de una transparencia extraordinaria, encajado en el borde del cráter como una pupila en su cuenca.

El contraste entre la geometría casi perfecta del borde y la irregularidad de la tundra que lo rodea produce una sensación de irrealidad que ningún paisaje de Júpiter puede superar en extrañeza. La Tierra, después de todo, también guarda sus propias cicatrices celestes, aunque el agua y el hielo las hayan ido puliendo con el paso de los milenios.

Publicidad
paisajes de otro mundo

Auroras que danzan en el cielo

El Sol expulsa partículas durante las tormentas solares que bombardean todo el sistema solar, pero solo los planetas con campo magnético y atmósfera convierten esas partículas en espectáculos de luz. Los científicos han observado el fenómeno en torno a los polos de Júpiter, Saturno y Urano. En la Tierra, esas tormentas se contemplan cerca de los polos: en el norte, como aurora boreal, y en el sur, como aurora austral.

Esas cintas danzantes en el cielo adoptan tonos verdes, azules, rojos o violetas y aparecen cuando las partículas interactúan con los gases de la atmósfera. Presenciarlas exige planificación y algo de suerte. Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia se encuentran en latitudes muy septentrionales, por lo que son buenos lugares de observación. Hace falta un cielo oscuro, así que lo mejor es acudir entre septiembre y abril, cuando las noches son largas. El buen tiempo y la luna nueva aumentan la visibilidad. Después de una tormenta solar, las luces se intensifican, pero no hay forma de predecir esos episodios con antelación.

Para el aficionado impaciente, el Instituto Geofísico de Fairbanks, en Alaska, vigila el estado actual de la aurora y ofrece un pronóstico a muy corto plazo: un atisbo de lo que puede llegar en la próxima hora. Es una herramienta modesta, pero suficiente para decidir si merece la pena salir a la intemperie a esperar un espectáculo que, como el propio cielo, nunca se repite igual. Verdes, rojos, violetas: cada noche el firmamento compone un cartel distinto, y ninguna de esas funciones se anuncia con antelación.

Bajo el hielo de Encelado

En 2011, la sonda Cassini detectó chorros de vapor de agua y hielo que brotaban del polo sur de Encelado, una de las lunas de Saturno. El hallazgo apuntaba a la existencia de una reserva de agua bajo su superficie congelada. Cuando los investigadores analizaron el leve bamboleo de la luna, sus cálculos señalaron algo aún más asombroso: un océano global, escondido entre la corteza helada y el núcleo rocoso.

¿Qué se sentiría al nadar por ese manto acuoso? Sumergirse bajo los icebergs frente a la costa de Groenlandia puede dar una idea de la experiencia de Encelado. Las texturas ahuecadas del envés de los témpanos se derriten y se transforman sin cesar, de modo que no hay dos inmersiones iguales. Sin embargo, esos mismos cambios pueden entrañar un peligro real para los buceadores cuando un bloque de hielo se desploma hacia las gélidas aguas.

Para quien prefiera mojar sus aletas bajo el hielo en un entorno más accesible, existe la opción del centro de formación de buceo de la cantera de Morrison, en Canadá. No hay allí chorros de vapor ni océanos alienígenas, pero el ejercicio de descender bajo una superficie sólida y emerger a un mundo de luz filtrada conserva algo del asombro que promete la luna de Saturno: la certeza de que bajo el hielo, en cualquier mundo, suele haber agua y, a veces, vida.

paisajes de otro mundo

Por qué buscamos otros mundos aquí abajo

Cada uno de estos parajes comparte un mismo mecanismo: la analogía. Un cañón rojo se convierte en Marte porque nuestra imaginación necesita un término de comparación; un globo que asciende sobre Nuevo México evoca las nubes de ácido sulfúrico de Venus porque ambos flotan; un campo de lava en Hawái remite a la Luna porque así lo decidieron quienes un día entrenaron allí para caminar sobre ella. La Tierra, vista con esos ojos, se convierte en un catálogo de otros mundos.

La ciencia se sirve de esa misma analogía, y no solo por romanticismo. Los geólogos estudian los tubos de lava hawaianos para entender formaciones similares en Marte; los astrobiólogos se asoman a los lagos bajo el hielo polar porque sospechan que allí, en la Tierra, pueden encontrar pistas sobre océanos extraterrestres; los investigadores de la atmósfera observan el ácido sulfúrico de las nubes venusinas para calibrar sus modelos. Lo que empezó como un juego de parecidos se ha convertido en un método.

Hay, además, una razón más íntima. Comparar un paisaje terrestre con otro planetario es una forma de domesticar lo inabarcable: reduce la distancia cósmica a la escala de una excursión. El viajero que se interna en el desierto de Utah no visita Marte, pero regresa con una intuición que ninguna fotografía puede darle: la de haber estado, aunque solo sea un rato, en el umbral de otro mundo.

Durante milenios, mirar el cielo fue imaginar. Hoy, mirar la Tierra es reconocer en ella los rasgos de los mundos que aún no hemos visitado y quizá no visitemos nunca. El desierto de Utah anticipa Marte; los globos de Albuquerque ensayan un Venus imposible; el hielo de Groenlandia prefigura un océano sepultado bajo la corteza de Encelado. La frontera entre lo terrestre y lo celeste se difumina en estos paisajes, y el viajero descubre que el sistema solar, en cierto modo, ya está aquí abajo, esperando a que alguien se moleste en mirarlo con atención.