Novelas de la Segunda Guerra Mundial que te meten en las trincheras desde la primera página

Hay novelas de la Segunda Guerra Mundial escritas desde la distancia y otras escritas desde dentro. Esta lista reúne cinco del segundo tipo: libros firmados por hombres que estuvieron en el frente y que, desde las primeras páginas, meten al lector en el barro, el frío y el ruido de la primera línea. Stalingrado aparece dos veces, desde experiencias muy distintas. También el Pacífico, el frente oriental de la Wehrmacht y un frente finlandés que casi nunca entra en los recuentos habituales del género.

El criterio es la inmediatez: autores que combatieron y que escribieron sobre lo que vieron, no sobre lo que leyeron. Grossman pasó cinco meses en el frente del Volga como enviado de Estrella Roja; Nekrásov fue teniente de zapadores en Stalingrado; Mailer publicó a los veintiséis años lo que había vivido en el Pacífico; Heinrich sirvió en la Wehrmacht y fue herido cinco veces; Linna noveló la Guerra de Continuación finlandesa. No todas están en el canon habitual, pero ninguna deja al lector en la retaguardia.

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«En las trincheras de Stalingrado», de Víktor Nekrásov: la novela que cumple el título al pie de la letra

Foto de Lena Netkach en Pexels

El título no es una metáfora: Víktor Nekrásov combatió en Stalingrado como teniente e ingeniero de un batallón de zapadores, y tras ser herido aprovechó su convalecencia en un hospital de Kiev, a finales de 1944, para convertir esa experiencia directa en literatura. La novela sigue a Yuri Kerzhentsev, un joven teniente, en un relato casi diario que arranca con una humillante orden de retirada y reconstruye el repliegue soviético hasta el Volga y los combates por la ciudad entre septiembre de 1942 y enero de 1943. Nekrásov renuncia a la panorámica estratégica y al heroísmo de manual para quedarse en lo que los soldados tenían delante de las narices: el barro, el frío, el hambre, las ametralladoras, los heridos y los muertos.

Publicada por entregas en la revista Znamya en 1946 y galardonada con el Premio Stalin al año siguiente, la obra inauguró en la URSS lo que la crítica llamó la «verdad de las trincheras», una corriente que ponía el foco en el soldado común y no en el mando. Su crudeza le granjeó reproches oficiales y, con el tiempo, la retirada del autor de las bibliotecas soviéticas tras su exilio en París en 1974. Antes se había traducido a 36 idiomas e inspirado la película Soldados (1956). Su capacidad de teletransporte está en el detalle menudo: las conversaciones en el refugio, el reparto de tabaco, la lotería de la supervivencia. La edición española de Automática Editorial (2022), con traducción de Fernando Otero Macías, recupera las 464 páginas de ese testimonio.