7 desastres naturales causados por el hombre: lecciones no aprendidas

Desde el fueloil del Prestige hasta el cráter de Darvaza, siete catástrofes ambientales comparten un mismo detonante: una decisión humana. Varias siguen activas décadas después y sus efectos pasan de una generación a la siguiente.

Poco después de la medianoche del 3 de diciembre de 1984, algo empezó a escaparse por una de las chimeneas de la planta de pesticidas que la compañía Union Carbide tenía en Bhopal, en el corazón de la India. No era humo. Era isocianato de metilo, un gas más pesado que el aire que se derramó como un líquido invisible sobre los barrios dormidos y fue asfixiando a cuantos lo respiraban sin llegar a despertar. Al amanecer, las calles estaban sembradas de cuerpos.

Bhopal no fue un terremoto ni un huracán ni una sequía. Fue una catástrofe enteramente humana: una válvula, un mantenimiento descuidado, una sustancia letal almacenada junto a una ciudad de cientos de miles de habitantes. Y no está sola. A lo largo de poco más de un siglo, la industria, la guerra, la energía nuclear y la extracción de combustibles fósiles han ido dejando sobre el planeta una serie de heridas que la naturaleza no puede cerrar por sí sola. Estas son siete de las más profundas.

Cómo se fabrica una catástrofe

Los desastres de esta lista no son accidentes aislados e imprevisibles, sino la culminación de una cadena de decisiones que, vistas con distancia, casi siempre parecen evitables. Hay un patrón que se repite: una actividad peligrosa, como transportar crudo, refinar productos químicos o detonar un arma nuclear, se lleva a cabo a gran escala; se subestima la magnitud del riesgo; y cuando algo falla, no existe un plan a la altura de las consecuencias. La sorpresa, en casi todos los casos, es una sorpresa fingida.

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A eso se suma un factor de proximidad. Las plantas químicas suelen levantarse junto a núcleos de población porque allí está la mano de obra; los petroleros navegan rutas que bordean costas habitadas; los reactores se construyen allí donde hay demanda de energía. La distancia entre el origen de la catástrofe y las personas que la sufren es, muchas veces, de apenas unos kilómetros. Y cuando la emergencia estalla, la respuesta llega tarde y con medios insuficientes.

Estos episodios tampoco son un fenómeno exclusivo de un país o de una época. Han ocurrido en dictaduras y en democracias, en economías en desarrollo y en potencias industriales, en tiempos de guerra y en tiempos de paz. Lo que los une no es la ideología ni la geografía, sino la manera de gestionar el riesgo: cuando el beneficio es grande y el peligro parece remoto, las medidas de seguridad se posponen, se recortan o se confía en que no harán falta. Hasta que hacen falta.

Muchos de estos desastres tuvieron, además, un anticipo incómodo. Antes de que ocurrieran hubo informes que señalaban fallos, técnicos que alertaron de riesgos, comunidades que protestaron por la cercanía de una planta o de una ruta peligrosa. Casi nunca se les hizo caso. La catástrofe fue, en la mayoría de los casos, la confirmación tardía de algo que ya se sabía.

El petróleo derramado en el mar

La historia del transporte marítimo de crudo está salpicada de naufragios que convirtieron miles de kilómetros de costa en una película negra y espesa. El más recordado en España es el del Prestige, un petrolero que se hundió frente al litoral gallego el 13 de noviembre de 2002 y que liberó unas 77.000 toneladas de fueloil. Puesto en perspectiva, es el contenido de más de treinta piscinas olímpicas llenas de un líquido denso, pegajoso y casi imposible de separar del agua. La marea negra alcanzó las rías de Galicia, avanzó hacia el Cantábrico y siguió su camino hasta tocar el suroeste de Francia. Durante meses, miles de voluntarios intentaron limpiar arena y rocas con rastrillos, cubos y las manos desnudas, conscientes de que buena parte del fueloil no se recuperaría jamás.

Trece años antes, el 24 de marzo de 1989, el Exxon Valdez había encallado en el estrecho de Prince William, en Alaska, y había vertido unas 37.000 toneladas, el equivalente a unas diecisiete piscinas olímpicas. En unas aguas frías y casi sin oleaje, la mancha se extendió a lo largo de centenares de kilómetros y diezmó poblaciones enteras de nutrias marinas, focas, águilas y aves buceadoras que se hundían con las plumas cargadas de crudo. El ecosistema tardó décadas en dar signos de recuperación. Otros nombres, como el Amoco Cádiz, reaparecen una y otra vez en cualquier recuento de mareas negras.

El daño del petróleo no termina en los animales que aparecen muertos en la orilla. El crudo se adhiere al plancton, envenena a los peces que lo ingieren y acaba precipitándose hacia el fondo, donde contamina los sedimentos y a los organismos que viven en ellos. Un mar aparentemente limpio puede esconder, durante años, una capa de hidrocarburos que reaparece con cada temporal.

Los grandes vertidos dejan además una estela que dura generaciones. En las zonas afectadas, las cofradías de pescadores ven desplomarse las capturas, los mariscadores pierden su medio de vida y la economía local tarda años en recuperarse. La marea negra no solo mata peces: rompe la relación entre una comunidad y el mar del que depende desde siempre.

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desastres naturales provocados por el hombre

Las islas de plástico

Hay catástrofes que no se ven y que, sin embargo, no dejan de crecer. Repartidas por océanos y mares existen miles de acumulaciones de basura flotante, pero la más preocupante es la gran mancha de residuos que gira sin descanso en aguas del Pacífico. Las corrientes la empujan y la concentran hasta formar una masa de desechos que las estimaciones sitúan por encima del millón de kilómetros cuadrados, un área comparable a la de países enteros, y que podría contener más de cien millones de toneladas de plástico.

Conviene deshacer un malentendido: no es una isla compacta sobre la que se pueda caminar, sino una sopa difusa de fragmentos en la que flotan bolsas, botellas, redes de pesca y, sobre todo, trozos diminutos que se esparcen entre dos aguas y resultan imposibles de recoger con cualquier barredera. Esa fragmentación es precisamente lo que la vuelve tan peligrosa. Los animales marinos confunden las partículas con alimento, y el plástico inicia así un viaje hacia el interior de la cadena trófica: lo que entra en el estómago de un pez puede acabar, mucho más tarde, en el plato de una persona.

A diferencia de un vertido de petróleo, que llega de golpe y luego, con suerte, se contiene, la contaminación por plástico es silenciosa y acumulativa. Cada año se suma material nuevo al que ya estaba; el fragmento que flota se romperá mañana en otros dos, y cada trozo seguirá ahí durante siglos. Las islas de plástico no son un accidente puntual, sino el resultado de un sistema que produce y desecha más rápido de lo que el mar puede digerir.

El origen de esa basura es fácil de rastrear: casi todo el plástico que llega al mar procede de tierra firme. Botellas y envases mal gestionados, redes perdidas por los barcos, residuos industriales arrastrados por los ríos tras cada lluvia. El océano se ha convertido en el vertedero final de un material que tarda siglos en degradarse y que, mientras tanto, se rompe, se dispersa y se multiplica. Fragmentos de plástico han sido hallados ya en lugares tan remotos como los hielos polares o las fosas oceánicas más profundas.

El átomo descontrolado

Si hay una tecnología que ha demostrado su capacidad de arruinar un territorio de golpe, es la nuclear. El nombre en clave Castle Bravo designa la mayor explosión nuclear que se ha detonado jamás como prueba. Fue una bomba termonuclear que estalló en el atolón Bikini, en las islas Marshall, durante 1954, en el marco de la llamada Operación Castle. Sus responsables esperaban una potencia mucho menor de la que finalmente alcanzó: unos quince megatones, es decir, cerca de mil veces la energía de la bomba lanzada sobre Hiroshima.

La célebre nube con forma de hongo se alzó sobre el océano, y la contaminación radiactiva, lejos de quedarse en el punto cero, se extendió por las islas cercanas y por las embarcaciones que faenaban en la zona, cuyos tripulantes quedaron expuestos sin saberlo. El territorio no solo quedó arrasado por el impacto instantáneo, sino envenenado durante generaciones. Murieron personas, animales y plantas, y entre los supervivientes muchos arrastraron secuelas graves durante el resto de su vida.

Algo parecido, y todavía más conocido, ocurrió en Chernóbil. La explosión del reactor de la central ucraniana en 1986, en lo que entonces era la Unión Soviética, acabó al instante con la vida de más de treinta personas, pero su huella fue mucho más larga. La radiación se extendió sobre Ucrania, Bielorrusia y parte de Rusia; a lo largo de los años siguientes murieron muchas más personas por la exposición, otras nacieron con problemas de salud graves y malformaciones, y amplias zonas quedaron marcadas para siempre.

Lo que Castle Bravo y Chernóbil comparten no es solo la magnitud del daño, sino su carácter invisible y duradero. A diferencia de un vertido de petróleo, que se ve y se toca, la radiactividad no avisa: se filtra en el suelo, en las aguas subterráneas, en las plantas y en los cuerpos, y obliga a abandonar pueblos enteros sin que exista una fecha cierta para regresar.

Las pruebas nucleares en la atmósfera, practicadas por varias potencias durante las décadas centrales del siglo XX, dejaron un rastro de contaminación repartido por todo el globo: isótopos que viajaron con los vientos y se depositaron en suelos y océanos a miles de kilómetros de cualquier polígono de tiro. Castle Bravo fue el caso más brutal, pero no el único ni el primero.

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Los pozos de Kuwait en llamas

Durante la primera Guerra del Golfo, las fuerzas militares iraquíes en retirada prendieron fuego a unos setecientos pozos petrolíferos de Kuwait. No se limitaron a encenderlos: rodearon muchos de ellos con minas para impedir que los equipos de extinción pudieran acercarse. El resultado fue una de las mayores catástrofes ambientales provocadas de forma deliberada por el ser humano. Las llamas se mantuvieron activas durante los diez meses siguientes, alimentadas por el crudo que brotaba a presión desde el subsuelo, y el aire, el suelo y las aguas subterráneas de la región quedaron cubiertos por una contaminación de proporciones difíciles de imaginar.

Allí donde antes se alzaban torres de extracción se levantaron columnas de fuego y humo negro capaces de oscurecer el cielo a plena luz del día, y de esparcir hollín y partículas tóxicas sobre cientos de kilómetros a la redonda. Apagarlas fue una operación de ingeniería colosal, complicada aún más por las minas enterradas junto a cada pozo, que convertían la aproximación en un ejercicio de riesgo extremo. El episodio recuerda hasta qué punto el petróleo puede transformarse en un arma dirigida contra el propio territorio que se pretende controlar.

El humo de aquellos pozos no se quedó en Kuwait. Las partículas y los gases que arrastraba el viento cubrieron buena parte de la región y degradaron la calidad del aire de países vecinos durante meses, hasta el punto de alterar la vida cotidiana de comunidades que no tenían nada que ver con el conflicto.

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Jilin: el veneno en el río

En 2005, una fábrica petroquímica de Jilin, en el noreste de China, sufrió una cadena de explosiones. Las detonaciones acabaron con la vida de varias personas, pero el daño más duradero se deslizó hacia el río Songhua. Con las explosiones se vertieron en el agua enormes cantidades de nitrobenceno y benceno, dos compuestos tóxicos que no solo envenenan lo que tocan de forma directa, sino que resultan cancerígenos a largo plazo, ya sea por inhalarlos de manera continua o por ingerirlos en dosis pequeñas a través del agua contaminada o de los alimentos cultivados en suelos intoxicados.

Días después del accidente, sobre la superficie del río se distinguía con claridad una mancha de benceno de unos ochenta kilómetros de longitud. Los habitantes de las poblaciones más cercanas, con la ciudad de Harbin a la cabeza, se quedaron sin abastecimiento de agua durante bastante tiempo mientras la contaminación descendía por el cauce. La catástrofe mostró hasta qué punto un accidente industrial puede viajar: el veneno no se queda donde nace, sino que sigue la corriente y arrastra sus consecuencias río abajo.

El caso de Jilin ilustra algo que comparten casi todos los accidentes industriales: la distancia entre el lugar donde se produce el fallo y el lugar donde se sufre. La fábrica está en una orilla; el veneno viaja por el agua y llega a ciudades que no participaron en la decisión de producir allí. El río, que es fuente de vida y de abastecimiento, se convierte de pronto en el vehículo de la contaminación.

Bhopal: la noche más letal

Volvamos al lugar donde empezaba este relato. La madrugada del 3 de diciembre de 1984, en la planta de pesticidas de Union Carbide en Bhopal, se produjo una fuga de isocianato de metilo, un gas extremadamente tóxico. Según las investigaciones posteriores, el fallo fue humano: un error en el mantenimiento de los equipos desembocó en la liberación de la sustancia. El balance estremece incluso a distancia de décadas. Entre seis mil y ocho mil personas fallecieron durante la primera semana; otras doce mil murieron poco después, y se estima que el desastre afectó, directa o indirectamente, a más de medio millón de personas.

No murieron solo las personas. Perecieron también animales y plantas de toda clase, y el entorno quedó impregnado de la sustancia tóxica y de metales pesados. Décadas después, la zona sigue sin ser un lugar seguro para vivir, y sus habitantes continúan cargando con las consecuencias de una noche que no provocaron. Bhopal se ha convertido en la referencia obligada de cualquier discusión sobre los riesgos de la industria química cuando la producción se impone a la seguridad.

El legado del desastre no se cierra con las víctimas mortales. Miles de personas quedaron con lesiones respiratorias y oculares crónicas, y las generaciones siguientes siguieron naciendo en una ciudad cuyo suelo y agua arrastran metales pesados. Bhopal es, para quienes lo estudian, el ejemplo más claro de que los efectos de una catástrofe química pueden durar más que cualquier sentencia.

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Darvaza: la puerta que sigue ardiendo

No todas las catástrofes de esta lista nacieron de la negligencia o de la guerra. Algunas empezaron como una decisión razonable en un momento de urgencia. En 1971, un equipo de geólogos soviéticos trabajaba en una prospección de gas en lo que hoy es Turkmenistán. Al perforar, el terreno se hundió bajo sus pies y tanto la zona de trabajo como el propio campamento desaparecieron dentro de una cueva subterránea repleta de gas natural. Para evitar que el gas se acumulara y provocara una explosión o un escape masivo, tomaron la que parecía la solución más sencilla: prenderle fuego.

Esperaban que el incendio se consumiera en unos pocos días y se apagara solo. No ocurrió. La cantidad de gas era mucho mayor de la que habían calculado, y aquel fuego lleva ardiendo desde entonces, casi medio siglo después. Lo que hoy se conoce como el cráter de Darvaza, o la puerta del infierno, es una hondonada de unos treinta metros de profundidad y sesenta y nueve de diámetro en cuyo fondo las llamas alcanzan los cuatrocientos grados. De noche, el resplandor anaranjado se divisa desde lejos y tiñe de rojo la roca: un espectáculo tan hipnótico como el recordatorio de un cálculo equivocado que ya nadie sabe cómo deshacer.

A diferencia de los otros seis episodios, aquí no hubo víctimas directas ni una marea tóxica que arrasara un ecosistema. Y, sin embargo, el cráter sigue liberando a la atmósfera los productos de la combustión de un gas que podría haberse aprovechado de otra manera. Es la metáfora perfecta de esta lista: un problema que se quiso resolver rápido, se dejó arder y acabó convirtiéndose en un paisaje permanente.

Los siete episodios comparten un rasgo que los separa de los desastres genuinamente naturales: ninguno habría ocurrido sin una decisión humana. La naturaleza pone el escenario: el mar, la geología, la corriente que arrastra un río. El detonante, en cambio, es siempre nuestro. Un petrolero que se hace a la mar sin garantías, una planta química levantada junto a una ciudad, un pozo al que se prende fuego para no tener que pensarlo mejor, un reactor llevado más allá de sus límites: en cada caso, la catástrofe empezó mucho antes de la explosión, en el momento en que alguien decidió que el riesgo merecía la pena.

Y hay un detalle que todos estos lugares tienen en común y que no admite discusión: siguen ahí. El cráter de Darvaza continúa ardiendo, la mancha de plástico del Pacífico sigue creciendo, los suelos de Bhopal y de Chernóbil siguen impregnados de lo que un día se liberó sobre ellos. No son cicatrices que el tiempo haya borrado, sino marcas que pasan de una generación a la siguiente, cada una con su fecha, su lugar en el mapa y las mismas advertencias que nadie quiso escuchar a tiempo.