Turismo oscuro: de las escenas del crimen a los memoriales del terror

Del recinto selvático de Jonestown a la mansión de los hermanos Menéndez, el turismo oscuro convierte escenarios de tragedia en destinos. La clave para distinguir el homenaje del morbo está en la intención del visitante y en el respeto a quienes viven junto a la herida.

La vegetación ha ido cerrando sobre las cabañas de madera y los cobertizos de lo que fue una comunidad agrícola en plena selva de Guyana. Allí, el 18 de noviembre de 1978, murieron más de 900 personas en uno de los episodios más trágicos y aún mal explicados de la historia contemporánea: el final del proyecto que Jim Jones, pastor del Templo del Pueblo, había levantado a miles de kilómetros de su California natal. Entre los fallecidos hubo un congresista estadounidense, Leo Ryan.

Un operador turístico respaldado por el Gobierno de Guyana ha propuesto abrir ese recinto, invadido por la vegetación, a los visitantes. La idea ha reavivado una discusión que reaparece cada vez que una tragedia se convierte en destino: ¿por qué queremos acercarnos a los lugares donde ocurrieron las peores cosas? ¿Qué aprende alguien delante de la fachada de una casa donde hubo un asesinato? ¿Y quién tiene derecho a decidir cómo se cuenta ese pasado a quienes llegan de fuera?

El fenómeno tiene nombre desde hace décadas: turismo oscuro, también llamado turismo de memoria, o tanatoturismo, del griego Thanatos, la muerte personificada. Los más críticos lo llaman turismo mórbido o turismo del duelo. Bajo la etiqueta caben realidades muy dispares: los campos de batalla donde se decidió el rumbo de una guerra, los memoriales levantados sobre los escombros de un atentado, las cárceles que encerraron a miles de presos, las casas donde falleció un personaje célebre y las direcciones exactas donde alguien fue asesinado.

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La frontera entre recordar y consumir, entre rendir homenaje y curiosear, no figura en ningún mapa. Depende de la intención del que viaja, del modo en que se presenta el lugar y, sobretodo, de la relación que la comunidad vecina mantiene con su propia herida.

El nombre que lo abarca todo

Conviene distinguir matices, porque no todo lo que se visita tiene el mismo peso. No es lo mismo recorrer un campo de batalla convertido en parque nacional que detenerse a fotografiar la fachada de una vivienda donde hace pocos años murió alguien de forma violenta. Lo primero suele leerse como una lección de historia; lo segundo, como un acto de curiosidad malsana. En algún punto intermedio discurre esa línea subjetiva alrededor de la cual baila el turismo oscuro, y que cada visitante traza a su manera.

El turismo oscuro es, en cierto sentido, lo contrario de la disneyficación de los lugares. Los parques temáticos disfrazan la realidad; estos sitios la exhiben sin adornos. Son los lugares más infelices del planeta. Y precisamente por eso, se argumenta, son lugares que nunca deberíamos olvidar: ir hasta ellos honra a los muertos, su memoria y su dolor.

El término en inglés, dark tourism, se acuñó para describir esa atracción por los lugares de muerte y catástrofe: atrocidades del pasado, desastres naturales, fallecimientos famosos y recintos de reclusión. La variedad es tal que algunos especialistas prefieren hablar de un espectro, con un extremo más aceptable —el del patrimonio histórico y el duelo colectivo— y otro más incómodo, el del consumo puro de la desgracia ajena. Entre ambos media a menudo una delgada frontera de intenciones.

Los investigadores que se han acercado al fenómeno coinciden en señalar que la etiqueta es tan amplia que casi cualquier viaje con carga histórica o emocional puede caber en ella. Y que eso, más que un defecto, es una pista: revela que la frontera no está en los lugares, sino en las personas que los miran. Hay quien añade un matiz psicológico: lo que atrae no es el dolor ajeno en sí, sino la posibilidad de asomarse a un abismo controlado, de rozar la muerte sin correr peligro. El viaje al horror se hace siempre con billete de vuelta, y esa seguridad es la que separa al visitante de la víctima.

De Gettysburg a las playas de Normandía

En un extremo del espectro están los escenarios que la historia ha convertido en patrimonio. Gettysburg fue la batalla más letal de la guerra civil estadounidense: 51.000 personas perdieron allí la vida. Es parque nacional y, según los datos del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, recibe alrededor de 1,5 millones de visitantes al año, buena parte de ellos en excursiones escolares. ¿Es eso turismo oscuro?

¿Lo es recorrer las playas francesas donde murieron entre 8.000 y 14.000 soldados durante el desembarco de Normandía, la operación que inclinó la balanza de la Segunda Guerra Mundial? ¿Y visitar los memoriales del World Trade Center o del vuelo 93, dedicados a las más de 3.000 personas que fallecieron el 11 de septiembre de 2001? La lista podría seguir con los campos de batalla de cualquier continente, con los cementerios militares y con las plazas donde se levantaron monumentos a los caídos.

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Para muchos viajeros, la respuesta es que sí, que todo eso es turismo oscuro, y que no tiene nada de reprobable. El objetivo de ir a estos lugares es, precisamente, sentirse incómodo: ser testigo, tomar nota y contarlo después. Hay quien sostiene que viajar nos cambia, y a veces lo hace por exposición a lo peor de la naturaleza humana.

También hay quien defiende que el valor educativo de estas visitas es difícil de sustituir. Ver el terreno, calcular distancias, entender la escala de lo ocurrido con los propios ojos proporciona una comprensión que ningún libro entrega. La historia, en el aula, es una abstracción; en el lugar, se vuelve paisaje, clima, olor y silencio.

Conviene recordar que muchos de estos lugares no nacieron como atracciones, sino como obligaciones. Los cementerios militares, los monumentos a los caídos y los museos de la memoria se levantaron para que las generaciones siguientes no olvidaran lo que costó una guerra. Con el tiempo, la visita se ha ido mezclando con el ocio, y esa mezcla es la que genera el desconcierto: el mismo viaje que conmueve a un adulto puede convertirse en una excursión más para un grupo de adolescentes.

ética del turismo oscuro

El imán de las escenas del crimen

El problema aparece cuando la línea se difumina y el homenaje se parece demasiado a frenar para mirar el resultado de un accidente. La mansión de Los Ángeles donde Lyle y Erik Menéndez asesinaron a sus padres se ha convertido en un punto de peregrinación para curiosos, una parada más del turismo oscuro contemporáneo. Cuesta imaginar qué aprende nadie contemplando la fachada de una casa donde se cometió un doble crimen, por mucho que el caso siga alimentando documentales y series.

Es la misma sensación que produce detenerse ante la dirección exacta donde fue asesinada Nicole Brown Simpson, o intentar localizar la calle Cielo Drive de Los Ángeles, el escenario de los crímenes que la «familia» de Charles Manson cometió en 1969. En Savannah, en Georgia, un recorrido nocturno inspirado en «Medianoche en el jardín del bien y del mal» —el libro y luego la película que recrean un doble asesinato real— arrastra cada noche a decenas de personas por delante de casas cuyos vecinos pueden haber conocido a las víctimas, o incluso haber sido sus amigos.

Y, sin embargo, ¿cuántos grados separan esas paradas de la visita al Teatro Ford de Washington, donde fue tiroteado un presidente, o del museo del sexto piso de Dealey Plaza, en Dallas, desde donde se disparó contra otro? El visitante que se escandaliza ante una escena del crimen reciente quizá no vea nada extraño en recorrer el lugar donde murió un mandatario. La diferencia, otra vez, es el tiempo y la intención.

Algo parecido ocurre con los monumentos que conmemoran batallas antiguas. En el Álamo de San Antonio, en Texas, murieron cerca de 200 personas, entre ellas el que fuera congresista Davy Crockett. Para un viajero, la parada se parece más a una clase de historia que a un acto de morbo. La misma escena, mirada desde otro ángulo, es un lugar donde un puñado de hombres fue masacrado. El envoltorio del relato —histórico o morboso— decide cómo lo percibimos.

La cercanía temporal agrava el problema. Cuando la tragedia es reciente, los vecinos no son anónimos: son personas que recuerdan a las víctimas, que quizá compartieron colegio con ellas. Un turista que pasa una tarde fotografiando una fachada se marcha; quien vive enfrente se queda con el gesto, con la mirada, con la sensación de que su duelo se ha vuelto un espectáculo.

Pompeya, Jack el Destripador y el Titanic

¿Nos insensibiliza el paso de los siglos? Ver a miles de víctimas del Vesubio en Pompeya, petrificadas hace 2.000 años, resulta para muchos un ejercicio de arqueología y no de morbo. Pasear por el Londres de finales del siglo XIX siguiendo los pasos de las víctimas de Jack el Destripador se ha convertido en un entretenimiento turístico de éxito, con guías disfrazados y paradas teatralizadas. Y pagar sumas considerables por descender en un sumergible hasta los restos del Titanic, donde murieron alrededor de 1.500 personas hace poco más de un siglo, pareció durante años una hazaña admirada. Una de esas inmersiones terminó en tragedia: en ella fallecieron los propios visitantes.

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La pregunta que queda flotando es si la distancia temporal lava la moralidad de la mirada. Lo que en 1978 era un horror indescriptible, ¿se convierte con el tiempo en una visita escolar más? ¿Hay un número de años a partir del cual mirar deja de ser una falta de respeto? ¿O lo que cambia no es la moral, sino sencillamente nuestra capacidad de olvidar?

El paso del tiempo, sin embargo, no actúa de forma uniforme. Hay heridas que cicatrizan con las generaciones y otras que, lejos de cerrarse, se reabren cada vez que alguien las convierte en negocio. La antigüedad de una tragedia no siempre la vuelve inofensiva: a veces solo la vuelve más fácil de empaquetar.

La industria de los recorridos históricos conoce bien ese resorte. Convertir un crimen en itinerario exige un relato, un narrador y un horario. La teatralización del horror, sin embargo, tiene un límite: cuando el guía se convierte en maestro de ceremonias y la víctima en personaje, el recuerdo empieza a parecerse a la ficción.

La industria responde con un argumento práctico: si el sitio genera ingresos, se conserva; si se conserva, se recuerda. Los gestores de muchos de estos lugares sostienen que la taquilla financia el mantenimiento y la investigación, y que sin visitantes la memoria se apaga. El contraargumento es igual de sencillo: hay memorias que no deberían depender de una entrada.

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Testigos de la atrocidad

En el otro extremo, hay lugares que casi nadie discute. Los Campos de la Muerte de Camboya, donde el régimen de los Jemeres Rojos dejó entre 1,5 y 3 millones de asesinados en los cuatro años que siguieron a la tragedia de Jonestown, son un lugar de peregrinación y de duelo. Los antiguos campos de concentración nazis reciben visitantes de todo el mundo. La casa de Ana Frank en Ámsterdam conmueve a quien la recorre tanto como el Museo Nacional de los Derechos Civiles de Memphis, instalado en el viejo motel Lorraine donde fue asesinado Martin Luther King Jr.

Recorrer el barrio del «Domingo Sangriento» en Derry, en Irlanda del Norte, o viajar hasta Hiroshima —donde la bomba atómica causó al menos 66.000 muertos solo en esa ciudad— no se plantea como una curiosidad, sino como un deber. La idea que sostiene estas visitas es sencilla: hay cosas que solo se entienden estando delante, y contarlas después forma parte de la obligación de no repetirlas.

Quienes defienden esta forma de viajar insisten en que la incomodidad es el objetivo, no un efecto secundario. No se va a pasar un buen rato, sino a mirar de frente algo que preferiríamos no haber sabido nunca. De ese malestar nace, sostienen, una forma de respeto: la de quien dedica tiempo y atención a unas víctimas que la mayoría prefiere no ver. El visitante se convierte, en cierto modo, en testigo, y el testimonio, en un acto de reparación simbólica.

No todo el mundo está de acuerdo. Hay quien sostiene que multiplicar los memoriales convierte la memoria en una industria y el dolor en una marca. El turismo oscuro, advierten, corre el riesgo de banalizar aquello que dice honrar, de reducir grandes tragedias a una foto y una anécdota.

Esa lógica, la del deber de memoria, sostiene los memoriales del terror y los museos del horror repartidos por el mundo. No pretenden entretener, sino advertir. Su éxito se mide en visitantes incómodos, no en visitantes satisfechos.

La intención lo es todo

La pregunta decisiva, sostienen quienes estudian el fenómeno, no es adónde se va, sino por qué. En Gloucester, un pueblo pesquero de Massachusetts, el bar Crow's Nest se hizo famoso por un libro de Sebastian Junger y la película que lo siguió, «La tormenta perfecta», que relataron la tempestad de 1991 y los últimos días de seis pescadores de la comunidad. La fama trajo visitantes y, con ellos, un negocio de helados llamado The Perfect Scoop. El juego de palabras, construido sobre una tragedia que dejó seis viudas, resultaba difícil de digerir y dejaba al visitante con la incómoda sensación de haber mirado donde no debía.

Ese es el filo. Antes de planear una visita de este tipo conviene hacerse una pregunta simple: ¿cuál es la intención? ¿Aprender y comprender, o rascar el picor de una curiosidad morbosa? Y, junto a ella, otra que casi nunca se formula en voz alta: ¿la visita honra una memoria o explota una desgracia? Quienes viven al lado de estos lugares, los amigos y familiares de las víctimas, rara vez son consultados sobre lo que se hace a pocos metros de su casa.

La respuesta honesta admite grados. Un mismo viaje puede contener ambos impulsos, el de aprender y el de fisgonear, y la frontera entre uno y otro se cruza sin darse cuenta. Lo que para un visitante es un acto de duelo, para el vecino puede ser una invasión; lo que para uno es curiosidad histórica, para otro es la herida abierta de un familiar muerto.

No hay una respuesta única, y quizá por eso el debate se repite en cada nuevo destino. Lo que para unos es un acto legítimo de duelo, para otros es un espectáculo; lo que para unos es conocimiento, para otros es morbo. La línea la traza cada cual, casi siempre a posteriori, cuando ya ha vuelto a casa.

En el fondo, el turismo oscuro obliga a cada viajero a responder una pregunta que normalmente evitamos: ¿qué buscamos cuando nos acercamos al dolor de otros? La respuesta, admiten incluso sus defensores, rara vez es del todo limpia.

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¿Quién decide qué se cuenta?

Detrás de cada recinto abierto o cerrado hay una decisión política. ¿Qué obligaciones tienen los gobiernos a la hora de permitir o negar el acceso? ¿Quién elige cómo se presenta la historia a quien paga la entrada? El caso de Jonestown es elocuente: abrir el lugar a los turistas puede dar a conocer un episodio que muchos prefieren enterrado, pero también puede transformar en espectáculo un dolor que sigue vivo entre quienes sobrevivieron o perdieron a alguien allí.

No es una cuestión menor. Cuando un Estado decide convertir en atracción el escenario de una matanza, está eligiendo una versión del relato: qué se destaca, qué se silencia, a quién se culpa. El modo de presentar un lugar es tan importante como el lugar mismo. Un panel mal redactado, una ruta mal diseñada o una tienda de recuerdos a la salida pueden cambiar por completo el sentido de la visita.

La cercanía añade otra capa de complejidad. Los vecinos de los escenarios trágicos no solo conviven con el pasado, sino con la mirada ajena sobre ese pasado. Para ellos, el lugar no es una atracción ni una lección: es el sitio donde crecieron, donde trabajan, donde murió alguien. La diferencia entre el visitante y el residente no es de distancia física, sino de derecho a olvidar.

Por eso algunos países optan por cerrar, o por abrir solo parcialmente, los espacios más sensibles. Otros los integran en un relato educativo y controlan cada detalle de lo que se puede ver. No hay una fórmula única: cada comunidad negocia con su propia memoria, y esa negociación nunca termina.

Al final, quizá no exista una respuesta universal. Cada cual llega a estos lugares con su propia historia y sale con su propio juicio, y en esa soledad incómoda —la de decidir si lo que ha hecho era recordar o fisgonear— reside buena parte del sentido del turismo oscuro. Caminar entre las ruinas de una comunidad arrasada, delante de los restos de una ciudad sepultada por la ceniza o bajo los muros de un campo de exterminio no ofrece certezas. Ofrece, en cambio, algo más difícil de conseguir y más valioso: la ocasión de medirse con lo peor y decidir, después, qué hacer con lo aprendido.