Las 'trampas' en los pasillos de Aldi, Lidl, Mercadona, Carrefour y Alcampo para que termines comprando un 20 % más de lo que anotaste en la lista

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Fruta y horno recién hecho nada más entrar

Una mujer con una blusa rosa brillante seleccionando frutas frescas en el pasillo de productos de una tienda de comestibles.
Foto de Atlantic Ambience en Pexels

El primer tramo del supermercado no vende fruta: vende una impresión. Es la llamada zona de descompresión, el espacio que separa la calle de la compra, y ahí van casi siempre las frutas y verduras, con iluminación cálida y verdosa pensada para realzar el color, y muy a menudo la panadería. El objetivo es el efecto halo: si el cerebro da por bueno lo primero que ve —color vivo, producto con pinta de recién traído del huerto—, extiende ese juicio de calidad al resto del local, incluidos los procesados y hasta la droguería. Es un atajo mental, un sesgo, no una evaluación real de cada artículo. Sobre esa percepción se monta después la licencia moral: con brócoli, espinacas y fruta ya en el carro, el cliente siente que ha cumplido y se permite compensar más adelante con snacks, bollería o caprichos que no figuraban en su lista.

A ese golpe visual se suma el olfato. El aroma de pan recién horneado, café o bollería que sale del obrador es marketing olfativo: activa zonas del cerebro ligadas a emociones positivas y a recuerdos de casa, y estimula la salivación y las enzimas digestivas, de modo que despierta hambre aunque se haya comido hace poco. Con hambre se compra más comida y se decide más por impulso que por necesidad. Por eso algunas cadenas sitúan el obrador a la vista y junto a la entrada, y otras difuminan aromas frescos —fruta, hierbas— para recrear una atmósfera saludable; Carrefour lo hace en Francia con difusores discretos y El Corte Inglés combina aromas e iluminación en su zona fresca. Hay una segunda vuelta de tuerca: el pan básico suele colocarse al fondo, para obligar a recorrer el local entero antes de llegar a él.

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