De la fluoración del agua al terraplanismo: ¿Crece el escepticismo hacia la ciencia?

De la fluoración del agua al terraplanismo, el rechazo a la evidencia científica no es nuevo, pero encuentra en las redes un altavoz sin precedentes. La psicología cognitiva explica por qué preferimos las historias a los datos.

En 2013, en Portland, Oregón, una de las pocas grandes ciudades estadounidenses que no añade flúor a su suministro de agua, los ciudadanos bloquearon un proyecto municipal que pretendía hacerlo. El argumento de quienes se opusieron era sencillo y, a ojos de la ciencia, sorprendente: no les gustaba la idea de que el Gobierno añadiese «sustancias químicas» al agua que bebían. Aducían que el fluoruro podría ser dañino para la salud.

El consenso médico, sólido y repetido hasta la saciedad durante décadas, afirma que el fluoruro es un mineral natural que, en las microconcentraciones usadas en el agua potable, endurece el esmalte dental y previene la caries. Es una forma barata y segura de mejorar la salud dental de toda la población, sin distinción de renta. A lo que parte de la ciudadanía de Portland, en sintonía con activistas antifluoración de todo el planeta, respondió con un escueto: no nos lo creemos.

Un complot comunista en los sesenta

La escena de Portland no es nueva, aunque sí lo sea su escenario. Medio siglo antes, el rechazo a la fluoración del agua ya era materia de sátira. En 1964, Stanley Kubrick estrenó ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. En una de sus escenas, el desquiciado general estadounidense Jack D. Ripper, que acaba de ordenar por su cuenta un ataque nuclear contra la Unión Soviética, explica al atónito coronel británico Lionel Mandrake por qué solo bebe agua destilada, agua de lluvia o alcohol puro. La razón, le espeta, es la fluoración: «El complot comunista más monstruoso y terrible que jamás el hombre haya tenido que afrontar».

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En aquella época, los beneficios sanitarios de la fluoración estaban tan fuera de toda duda que las teorías conspirativas al respecto funcionaban como comedia. Que una patraña sirviese de combustible a un personaje cómico era la confirmación cultural de que se trataba de un delirio. Sin embargo, como demostró la votación de Portland décadas después, aquel delirio no había muerto. Se había agazapado, esperando su momento.

Este episodio no es una anécdota aislada, sino el síntoma de una dinámica más profunda. En la era de la información, cualquier tipo de conocimiento científico —desde la seguridad de las vacunas hasta la realidad del cambio climático— debe vérselas con una oposición organizada y a menudo furibunda. Alentados por fuentes de información propias y por interpretaciones alternativas de los trabajos de investigación, los nuevos escépticos han declarado la guerra al consenso de los expertos. Y lo han hecho con una eficacia tal que el escepticismo hacia la ciencia se ha convertido, en sí mismo, en un meme de la cultura popular contemporánea.

La tiranía de la intuición

En la película Interstellar, estrenada en 2014, se muestra un futuro distópico donde los libros de texto enseñan que los alunizajes del programa Apolo fueron un montaje. Es un guiño a una corriente de pensamiento, el terraplanismo o el negacionismo lunar, que encuentra en internet un caldo de cultivo sin precedentes. Pero, ¿por qué resulta tan fácil que prosperen estas ideas? La respuesta está, en parte, en la geografía de nuestro cerebro.

La ciencia nos conduce a verdades que no son obvias, que a menudo desafían al sentido común y a la intuición más básica. Cuando Galileo afirmó que la Tierra rotaba sobre su eje y giraba alrededor del Sol, no solo contradecía la doctrina eclesiástica: pedía a la gente que creyese algo que iba en contra de la percepción directa de sus sentidos, pues a cualquiera le parece que es el Sol el que se mueve en el cielo. Galileo fue juzgado y obligado a retractarse. Dos siglos después, Charles Darwin esquivó un proceso similar, pero su idea de un ancestro primordial compartido entre humanos, monos y moluscos abisales sigue siendo difícil de digerir para una parte de la sociedad.

desconfianza en la ciencia

A este arraigo de las ideas intuitivas los psicólogos lo llaman «creencias ingenuas». Un estudio dirigido por Andrew Shtulman, del Occidental College de Los Ángeles, demostró que incluso las personas con una sólida formación científica titubean durante una fracción de segundo cuando deben asimilar conceptos contraintuitivos. Los voluntarios del estudio tardaban más en responder «verdadero» a la afirmación de que los humanos descienden de animales marinos que a la de que descienden de criaturas arborícolas, aun siendo ambas ciertas. La segunda encaja mejor con nuestras estructuras narrativas mentales; la primera, no. La investigación de Shtulman sugiere que la educación científica reprime las creencias ingenuas, pero no las elimina. Quedan agazapadas, como un software antiguo que nunca se desinstaló del todo, listo para ejecutarse ante el primer cortocircuito de la lógica.

«La ciencia no es un corpus de datos», explica la geofísica Marcia McNutt, quien fue directora del Servicio Geológico de Estados Unidos y más tarde asumió la dirección de la prestigiosa revista Science. «La ciencia es un método para decidir si aquello en lo que elegimos creer se basa en las leyes de la naturaleza o no».

Cuando el miedo secuestra la estadística

Ese método, sin embargo, no brota de forma natural en la mayoría de las personas. Nuestra mente prefiere las historias a las estadísticas, y tiende a buscar patrones incluso donde solo hay ruido. Es una herramienta evolutiva excelente para sobrevivir en la sabana, pero pésima para navegar los riesgos de un mundo tecnológico.

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Ante la complejidad, recurrimos a la anécdota. Un conocido se hizo una prueba del antígeno prostático específico y le detectaron un cáncer a tiempo, así que esa prueba nos parece imprescindible, aunque múltiples estudios estadísticos meticulosos indiquen que no suele salvar vidas y que, en cambio, conduce a un gran número de cirugías innecesarias con sus secuelas correspondientes. O nos enteramos de que en una localidad cercana a un vertedero se han diagnosticado varios casos de cáncer en un corto período, e inmediatamente tejemos una historia de causa y efecto. Pero una cosa es la causalidad y otra la casualidad. El cerebro odia las coincidencias; la ciencia, en cambio, exige que se demuestre, con análisis estadísticos, la exposición a los agentes tóxicos y la plausibilidad biológica de su efecto cancerígeno, que ese cúmulo de casos no se limite a la pura aleatoriedad.

Esta disonancia entre el miedo y la estadística explica fenómenos como la aversión a los organismos genéticamente modificados (OGM). Para muchos, el consenso científico que respalda su seguridad es irrelevante. La idea de transferir genes de una especie a otra evoca inmediatamente la imagen de un científico loco jugando a ser Dios. Es el fantasma de Frankenstein, dos siglos después, que el imaginario popular ha rebautizado como frankenfood. Y frente a un arquetipo literario tan potente, los metaanálisis y los ensayos clínicos pierden fuelle.

El virus mutante y la distopía digital

La misma lógica se aplica a los miedos víricos. Durante el brote de Ébola que asoló África Occidental en 2014, una de las preguntas que más circuló, alimentada por los rincones más sensacionalistas de internet, fue si el virus podría mutar para transmitirse por vía aérea. El consenso científico era, y es, contundente al respecto: nunca se ha documentado que un virus cambie de un modo tan radical su mecanismo de transmisión en humanos, y no existía la más mínima evidencia de que aquella cepa fuese a ser la primera. Era una posibilidad tan remota que pertenecía más al terreno de la ciencia ficción que al del análisis de riesgos reales.

Sin embargo, bastaba con teclear «transmisión aérea del Ébola» en un buscador para acceder a una distopía paralela donde el virus poseía poderes casi sobrenaturales, listo para desatar una pandemia apocalíptica. Esa distorsión no era solo fruto de la desinformación, sino de nuestra incapacidad para calibrar riesgos. El problema es estructural: cuando el mundo se percibe como un hervidero de peligros reales e imaginarios, distinguir cuáles son unos y cuáles los otros se convierte en un lujo cognitivo que pocos están dispuestos a pagar.

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Un método lleno de trampas

No sería justo presentar la ciencia como una fortaleza sin fisuras. Los propios científicos son humanos, y por tanto vulnerables al sesgo de confirmación: esa tendencia inconsciente a buscar y privilegiar las pruebas que confirman lo que ya se creía de antemano. La diferencia con un lego en la materia es que el sistema científico está diseñado, precisamente, para contrarrestar esa debilidad.

Lo hace mediante la revisión por pares, que somete cada hallazgo al escrutinio de colegas implacables antes de su publicación. Y, una vez publicados los resultados, si estos son relevantes, otros laboratorios intentarán reproducirlos. En el gremio de la investigación, no hay mayor gloria que derribar un estudio importante. Esa competitividad feroz, aliñada con un escepticismo profesional casi atlético, actúa como un sistema inmunitario del conocimiento. El resultado es que las verdades científicas son siempre provisionales, susceptibles de ser anuladas por una observación futura. La incertidumbre es inevitable en la vanguardia del conocimiento, y eso genera una frustración comprensible en un público que anhela certezas absolutas.

Con todo, a veces los científicos, o más a menudo las instituciones que los financian y publican, no cumplen los ideales del método. En la investigación biomédica, por ejemplo, se ha detectado una tendencia preocupante a publicar resultados que luego no pueden ser reproducidos fuera del laboratorio de origen. «La salsa secreta» —procedimientos especializados, software hecho a medida, ingredientes difíciles de replicar— está en el punto de mira de quienes exigen mayor transparencia. Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, ha señalado públicamente este problema como un desafío central para la credibilidad del sistema. Cada vez que un estudio emblemático cae por falta de reproducibilidad, los escépticos de la ciencia encuentran allí un clavo ardiendo al que agarrarse para justificar su desconfianza hacia todo el edificio científico, confundiendo una gotera con un derrumbe estructural.

El eco de las creencias proféticas

En el centro de este conflicto late una paradoja. La ciencia y la tecnología tienen una omnipresencia sin precedentes en nuestra vida cotidiana. Para una gran parte del mundo desarrollado, este es un planeta maravilloso, cómodo y rico en recompensas. Pero es, al mismo tiempo, un mundo más complicado, más desconcertante y, para algunos, más amenazante.

Aceptar, por ejemplo, que no hay peligro en consumir alimentos que contienen OGM, como sostienen las academias científicas, exige un acto de fe en el método, una renuncia al miedo visceral. Ese acto de fe, sin embargo, no es religioso sino estadístico. Descansa sobre la evidencia acumulada y no sobre la ausencia de ella. Pero ahí emerge un nuevo dilema: mientras el método exige aceptar la incertidumbre y las probabilidades, las personas buscan seguridad narrativa, historias que den sentido a un presente convulso.

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Esa hambre de certidumbre explica el auge de creencias que, como la del terraplanismo, no solo contradicen a la física básica, sino que ofrecen un relato cerrado, coherente y que coloca al creyente en el centro de una comunidad de «iluminados». Quienes saben «la verdad» frente a una conspiración global que, por algún motivo, los poderosos quieren ocultar. La narrativa, por inverosímil que sea, es a menudo más seductora que el árido lenguaje de los artículos científicos. Y en esa batalla entre el relato y el dato, el dato no siempre gana.

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Contar mejor el mundo que viene

Ante este panorama, ¿puede hacerse algo más que lamentar la irracionalidad ajena? Marcia McNutt, quien ha navegado en la primera línea de esta trinchera tanto en la gestión pública como en la edición científica, apunta a una de las claves: la necesidad de que los científicos bajen a la arena. No basta con publicar en revistas de alto impacto; hay que comunicar el método, explicar no solo lo que se sabe, sino cómo se ha llegado a saberlo. Porque el verdadero poder de la ciencia no reside en sus conclusiones, sino en su manera de hacer preguntas.

El desafío es de tal calado que atañe a la propia arquitectura del discurso público. Las redes sociales, diseñadas para premiar la emoción y el impacto por encima de la precisión, amplifican las voces que afirman con rotundidad, mientras las voces que matizan, contextualizan y anteponen la duda metódica quedan sepultadas bajo una avalancha de clics. Reconstruir la confianza, por tanto, no es solo un problema de divulgación, sino de arquitectura informativa. Supone regar los canales con un periodismo riguroso que no equipare la opinión del terraplanista con la del geofísico en nombre de un falso equilibrio, y supone educar en el pensamiento crítico desde las primeras etapas de la formación.

Al fin y al cabo, como demostró el general Ripper en su búnker y como repitieron los vecinos de Portland medio siglo después, el problema no es la química del agua. El problema es cómo elegimos aquello en lo que creer. Y en esa elección, a menudo irracional, nos jugamos la capacidad de afrontar los verdaderos peligros del siglo XXI. La ciencia ofrece un método, pero el primer paso para aplicarlo sigue siendo el más antiguo de todos: aprender a dudar de uno mismo.