Olvidos a partir de los 60: cuándo es normal y cuándo hay que preocuparse de verdad

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La regla de oro: no importa lo que olvidas, sino cómo te afecta

Una toma en primer plano de un planificador y un teclado en un escritorio, mostrando organización.

La neurología insiste en un criterio que funciona como brújula: lo decisivo no es el olvido en sí, sino cómo repercute en la vida diaria. Olvidar dónde se dejaron las llaves y encontrarlas repasando los pasos, o no recordar un nombre y recuperarlo minutos después, entra dentro de lo que se conoce como pérdida de memoria asociada a la edad. Se trata de un enlentecimiento en la recuperación de la información, no de una pérdida real, y no altera la capacidad de trabajar, vivir solo o mantener la vida social. El deterioro cognitivo leve marca un escalón intermedio: el déficit es objetivable en las pruebas y mayor de lo esperable para la edad, pero la persona sigue siendo autónoma. La demencia, en cambio, se define precisamente por la interferencia funcional: olvidar pagar facturas, manejar mal la medicación, perderse en trayectos conocidos o no hacer ya la receta de siempre.

Esa es la razón por la que los especialistas preguntan menos por lo olvidado y más por sus efectos. Hay incluso una pista clínica llamativa: cuando es la propia persona quien acude preocupada por su memoria, lo más probable es un envejecimiento normal; cuando es la familia la que insiste en llevarla al médico y a ella apenas le inquieta, el cuadro apunta más a demencia. Pero conviene no bajar la guardia, porque existen causas reversibles: hipotiroidismo, déficit de vitamina B12, efectos secundarios de fármacos o una depresión, que puede simular un deterioro cognitivo. No en vano, la demencia afecta al 6% de las personas de 65 años y a cerca del 30% a los 90, y la enfermedad de Alzheimer representa entre el 60% y el 80% de los casos. Dormir bien, hacer ejercicio, mantener vida social y seguir dietas como la MIND son las medidas con más respaldo.

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