San José, el galeón del tesoro que aún disputan España y Colombia

El pecio, hundido frente a Cartagena en 1708 con casi 600 personas a bordo, apareció en noviembre de 2015 a unos 600 metros de profundidad. España lo considera un buque de Estado; Colombia lo inscribe en su patrimonio cultural sumergido.

En una de las decenas de miles de fotografías que un vehículo autónomo tomó a casi 600 metros de profundidad, aparecen tres cañones de bronce tumbados sobre un lecho de conchas. La imagen es gris, casi abstracta, del tipo que un ojo sin entrenamiento confundiría con chatarra. Roger Dooley llevaba tres décadas esperándola. Cuando por fin la vio, según relató después al escritor Julian Sancton, dejó de estar en el mundo: «Mi cuerpo estaba literalmente paralizado, pero mi mente corría a la velocidad de la luz, hojeando las páginas de mi vida».

Los tres cañones eran del San José, el galeón español que se hundió frente a Cartagena de Indias el 8 de junio de 1708. A bordo viajaban cerca de 600 personas, entre pasajeros y tripulación, y un cargamento de plata, gemas y hasta ocho toneladas de oro que los cálculos manejados desde entonces cifran entre siete y doce millones de pesos de la época. Casi nadie se salvó. El buque insignia de la flota de Tierra Firme se fue al fondo con su fortuna y con la posición exacta de su tumba.

Durante tres siglos, ese dato fue el santo grial de la arqueología submarina. El pecio apareció en noviembre de 2015, a unas 12 millas de la costa, 19 kilómetros, y a cerca de 2.000 pies de profundidad, unos 600 metros, en unas circunstancias discretas en las que intervinieron un gestor de fondos de inversión inglés y un antiguo colaborador de Fidel Castro. Desde entonces, el barco sigue en el fondo, envuelto en un tira y afloja sobre a quién pertenece y qué debe hacerse con él. El libro Neptune's Fortune: The Billion-Dollar Shipwreck and the Ghosts of the Spanish Empire, del escritor Julian Sancton, reconstruye la búsqueda y el incendio político que la siguió.

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Un pecio fuera del alcance de los buzos

A 600 metros de profundidad la presión ronda las sesenta atmósferas y la luz solar hace tiempo que se ha quedado atrás. Es un territorio para máquinas, no para personas. Esa inaccesibilidad explica por qué el San José llegó hasta el siglo XXI con su carga en su sitio: los galeones españoles que yacían en aguas someras habían sido rescatados o expoliados poco después del naufragio o en las décadas siguientes, y ninguno apareció entero.

Los papeles de 1708 que describían el lugar del hundimiento dejaban constancia de que allí «no era posible bucear de ninguna manera». Lo escribieron contemporáneos que ignoraban que llegarían a existir robots capaces de fotografiar cada rincón de una cubierta. La frase, pensada como lamento, funcionó tres centurias después como certificado de conservación.

La tecnología cambió el cálculo a finales de los años ochenta, cuando los sónares de barrido lateral y los vehículos sumergibles dejaron de hacer rentable la impunidad de la profundidad. La diferencia entre un yacimiento somero y uno abisal no es solo de metros: un pecio profundo es caro de documentar, exige campañas largas, equipos de superficie y un permiso estatal que rara vez se concede a quien no puede demostrar solvencia científica. Durante mucho tiempo, esa combinación de coste y burocracia protegió al galeón mejor que el agua.

La última flota del Imperio

pecio San José

El San José se botó en 1698 y en sus primeros años tomó parte en la defensa de Cádiz, en los comienzos de la guerra de Sucesión española. En marzo de 1706 zarpó hacia América con el encargo de trasladar las rentas reales y otras riquezas desde Portobelo, en Panamá, sede de una de las ferias comerciales más concurridas del imperio, hasta Cartagena. Allí debía reunirse con otra flota y emprender el regreso a la península.

El dinero tenía un destino concreto: financiar la causa de Felipe V en una contienda que enfrentó a dos casas reales, los Borbones y los Habsburgo, y a media Europa con ellas. Carlos II había muerto sin descendencia en 1700 y había dejado el trono a su sobrino-nieto borbónico, Felipe. El archiduque Carlos de Austria presentó una candidatura rival. Francia respaldó a los Borbones; Gran Bretaña, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio se alinearon con los Habsburgo. La guerra se alargó de 1701 a 1714 y convirtió cada travesía atlántica en una operación militar.

La de 1706 tenía además un valor simbólico: era la primera flota de Tierra Firme que partía hacia América en más de una década. Un convoy tan cargado y tan esperado era, para cualquier marino enemigo, una oportunidad irrepetible.

Conviene recordar qué era aquella flota. No se trataba de un puñado de barcos mercantes que coincidían por azar en el Caribe, sino de un sistema calendarizado: salida escoltada, feria con plazo tasado, regreso en conserva. Cada eslabón dependía del anterior, y cualquier retraso en Portobelo obligaba a recalcular el viaje entero. El San José navegaba en cabeza de ese mecanismo, y esa posición de privilegio lo convertía también en el primer blanco.

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La mañana del 8 de junio de 1708

El comodoro Charles Wager, de la Marina Real inglesa, llevaba tiempo aguardando ese momento. Al mando del Expedition, un navío de 70 cañones, persiguió a los barcos españoles por el Caribe hasta darles alcance frente a la costa de Cartagena. La historiadora Carla Rahn Phillips, autora de The Treasure of the San José: Death at Sea in the War of the Spanish Succession, resume la lógica de la operación: el objetivo de Wager «era interceptar y, si era posible, capturar los galeones españoles y los barcos mercantes que regresaban de la feria de Portobelo». Y añade una frase que explica toda la jornada: «El momento lo era todo».

El combate terminó con el galeón en el fondo y con casi la totalidad de las cerca de 600 personas que iban a bordo. Las explicaciones de la época discreparon, como era previsible, según la bandera. Los españoles sostuvieron que el casco hacía agua y necesitaba calafateo urgente, y que el retroceso y las vibraciones de los disparos acabaron de abrirlo. Los ingleses atribuyeron el hundimiento a una gran explosión provocada por la pólvora del propio barco.

Wager se labró con aquella campaña una reputación que lo llevó con los años al almirantazgo, y su nombre quedó incrustado en la geografía del Caribe por escrito y con equis. Del otro lado, el desastre obligó a la Corona española a un ejercicio de administración doliente: certificar la pérdida, instruir al gobernador de La Habana y tratar de reconstruir, con testimonios dispersos, qué se había ido al agua y cuánto valía.

Un cubano en el Archivo de Indias

La historia del descubrimiento no empieza en el mar, sino en una sala de Sevilla. En julio de 1984, Roger Dooley, arqueólogo cubanoamericano, trabajaba en el Archivo General de Indias como jefe de arqueología de Carisub, la organización estatal cubana, y lo hacía por orden del presidente Fidel Castro: quería localizar barcos históricos hundidos en aguas de la isla y recuperar sus riquezas. Dooley soñaba con ser el primero en excavar un galeón español en el Caribe cubano.

El encargo llevaba implícito un conflicto. Castro pretendía incautar los objetos recuperados para sanear las finanzas del país, un plan que chocaba de frente con el propósito de la arqueología subacuática, que es conservar y documentar lo que yace bajo el agua. Dooley aceptó el trato y se puso a buscar.

Su primera pista fue el Nuestra Señora de las Mercedes, buque viceinsignia de la flota de Tierra Firme, hundido cerca de La Habana el 13 de marzo de 1698. La pesquisa exigía una obstinación fuera de lo común, porque el archivo no tenía catálogo ni índice general. «No es que haya una sección de naufragios», explicó años después a Sancton. «Podrías pasar veinte años allí y no encontrar lo que buscas».

Dooley no los pasó, pero estuvo cerca. Revisando un libro de registro de unos quince centímetros de grosor, seis pulgadas, se topó con un legajo de cartas. Las palabras le saltaron a la vista: «galeones», «batalla», «navíos ingleses», «oro», «plata», «tesoro de Su Majestad», «todos ahogados». Eran los informes que habían salido de Cartagena en 1708 burlando el bloqueo inglés, a bordo de una pequeña balandra rumbo a Cuba, con instrucciones para que el gobernador de La Habana comunicara a Felipe V la pérdida de su buque insignia y de su cargamento. «Ahí me enamoré», contó Dooley.

El hallazgo documental tenía un mérito añadido: convertía una leyenda en un problema topográfico. Si las cartas decían dónde había ocurrido, quizá pudiera deducirse dónde estaba el barco. Dooley pasó años traduciendo esa intuición en coordenadas, primero en los legajos, después en los mapas, siempre con la misma desventaja: nadie había pensado nunca que aquel naufragio fuera a buscarse.

Cuatro equis bajo las islas del Rosario

pecio San José

La obsesión le costó a Dooley reputación, dinero y salud a lo largo de tres décadas. En el año 2000, ya con el San José instalado en la cabeza, su investigación lo llevó a la Biblioteca del Congreso, en Washington. Allí encontró una carta náutica de 1729 del litoral de Cartagena. Bajo las islas del Rosario, en el mapa, había cuatro equis diminutas y una anotación manuscrita: «Bajo del Almirante». Dooley interpretó que la referencia era a Wager, el comodoro inglés que llegó a almirante, y que las equis señalaban el punto exacto del naufragio.

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El proyecto tardó en arrancar. En 2013 llegó el dinero: Anthony Clake, ejecutivo de un fondo de inversión inglés, creó la sociedad Maritime Archaeology Consultants para pilotar la operación. En 2014, Dooley convenció al entonces presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, para que autorizara oficialmente la búsqueda. Se jugaba algo más que la financiación: «Si no lo encuentro, me corto la cabeza», le dijo al ministro de Cultura del país.

En 2015, la empresa y el Gobierno colombiano, en colaboración con la Institución Oceanográfica Woods Hole, con sede en Massachusetts, barrieron dos veces las aguas de Cartagena con un vehículo autónomo sumergible de última generación. En la segunda campaña, el aparato detectó «unas motas de luz en la pantalla que parecían migas de pan sobre un mantel liso de color amarillo herrumbroso», según la descripción de Sancton. El indicio fue lo bastante prometedor como para atornillar una cámara al vehículo y disparar decenas de miles de fotografías del yacimiento.

Los delfines de bronce

La confirmación llegó por la vía de la metalurgia. Dooley sabía que el artesano Enrique Habet había fundido más de sesenta cañones de bronce para el San José, todos decorados con cascabeles en forma de delfín, el remate ornamental de la culata. Sabía también que, cuando el hijo de Habet heredó el taller, sustituyó el delfín por un pomo redondo y liso. En las fotografías no había duda: todas las piezas lucían cascabeles de delfín. El pecio estaba donde Dooley había dicho que estaría, junto al Bajo del Almirante que señalaba la carta de 1729.

Dooley iba a cumplir 71 años, la misma edad que tenía el comandante del galeón cuando se hundió con él, y no tuvo que cumplir su amenaza. En mayo de 2016, dos robots teledirigidos peinaron el yacimiento centímetro a centímetro y registraron el estado de cada resto.

Lo que escondía la bodega

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Los calderos de cobre delataron la cocina. Aparecieron cientos de tazas de porcelana azul y blanca que nadie había declarado en el manifiesto: mercancía china de contrabando. Y cajas de jeringas de peltre, un cargamento clandestino más, destinado probablemente a miembros de la alta sociedad española, convencidos de que los enemas mejoraban la tez y les devolvían un aire juvenil. En la popa, donde estuvieron los aposentos del comandante, los robots localizaron escudos de oro, lingotes de oro y bolsas de monedas de plata.

Los hallazgos «apuntaban a la enormidad del tesoro enterrado debajo y daban motivos para creer las estimaciones más extravagantes sobre la riqueza del galeón», escribe Sancton.

El inventario tiene un valor que trasciende el mercado. Una cocina, un cargamento de loza y un alijo de jeringas dibujan la vida cotidiana de un barco del siglo XVIII mejor que cualquier manifiesto oficial: lo que se declaraba, lo que se escondía, lo que se esperaba encontrar al otro lado del Atlántico. La arqueología subacuática no persigue el cofre, persigue el contexto, y el contexto del San José está intacto precisamente porque nadie pudo tocarlo durante trescientos años.

El tesoro como arma política

En diciembre de 2015, Santos anunció al país el hallazgo. Lo que siguió fue un relato edulcorado: el galeón se presentó como un logro colombiano, una historia de orgullo nacional con protagonistas nacionales. Roger Dooley, el hombre que había pasado treinta años siguiendo el rastro de unas cartas en Sevilla, quedó al margen. De él se supo entonces, sobre todo, que era un señor de barba blanca con un parecido asombroso con Ernest Hemingway. Una fotografía de 1976 lo muestra junto a objetos de naufragio confiscados a pescadores cubanos; esa era casi toda la biografía pública que acompañaba al hallazgo.

El descubrimiento, sin embargo, no había salido de la nada ni de un despacho oficial. Detrás estaban dos figuras incómodas para cualquier relato patriótico: un gestor de fondos de inversión inglés que había puesto el capital y un arqueólogo que durante años había trabajado por encargo de un dictador. El silencio que rodeó los detalles de la operación en 2015 se explica en parte por esa incomodidad, y también por el temor razonable a que la coordenada exacta se filtrara antes de que hubiera un régimen jurídico capaz de protegerla.

El Gobierno colombiano llama al pecio «el mayor tesoro de la historia de la humanidad». España considera que el San José es un buque de Estado y que su cargamento no es un botín disponible. Colombia lo inscribe en su patrimonio cultural sumergido y lo trata como parte de su identidad. [PENDIENTE: detalle de la reclamación formal española y del litigio con la empresa cazatesoros Sea Search Armada] Entre ambas posiciones, el barco acumula años sin excavarse, convertido en pieza de negociación.

Sancton sostiene que la relevancia del San José desborda el litigio. «Fue el último de los grandes galeones, el último representante de este sistema transatlántico, un vector fundamental de la globalización, de la transformación del hemisferio occidental», explica. Como símbolo, añade, «es increíblemente poderoso».

Ahí está la paradoja: el objeto de la disputa no es solo el oro. Es la prueba material de una maquinaria —flotas, ferias, archivos, contrabando, guerras dinásticas— que durante dos siglos conectó dos continentes y que se apagó con la misma lentitud con la que se había montado. El último galeón que la representó sigue bajo el agua, y quienes discuten por él discuten, en realidad, por quién tiene derecho a contarla.

En el fondo, a 600 metros, el casco espera. Arriba, en los despachos y en los juzgados, se libra una batalla que tiene menos de arqueología que de soberanía. Entre una cosa y otra quedan las cartas que en 1708 salieron de Cartagena de Indias de noche, esquivando navíos ingleses, para contar que el barco más rico del imperio se había hundido. Más de trescientos años después, esas palabras siguen siendo lo único que nadie ha conseguido reclamar.